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COMANDANTE DURÁN

Un héroe de cartón piedra

Hace unos años, un librero de viejo, ya fallecido, tras verme hurgar repetidas veces en los estantes de la Guerra Civil, me ofreció su ayuda como testigo (había estado de niño haciendo recados en el cuartel del Quinto Regimiento, decía) y experto (lo tenía casi todo, creía). Entonces le pregunté por Gustavo Durán.

"Ese era pianista, comunista y marica", dijo. Se contaba que, siendo jefe, siempre llevaba consigo un piano, con el que se relajaba entre combate y maniobra. Abstraído en la interpretación, le interrumpió en una ocasión un ayudante contándole algo al oído. Salió de su ensimismamiento para ordenar: ¡que los fusilen! Y volvió a concentrarse en las teclas. No me dio mucha más información útil.   

Para quienes saben algo de él, Gustavo Durán es sinónimo de vida novelesca. Sobre todo desde 1997, por El soldado de porcelana, un tocho de casi mil páginas en su edición de bolsillo donde Horacio Vázquez Rial (HVR) concentró la búsqueda apasionada de datos y papeles a la que dedicó varios años de su vida, cuando internet apenas existía. El empeño en comprender la vida de Gustavo Durán le dio a HVR para otro libro sobre la Guerra Civil, y ahí arranca su deriva ideológica posterior. Pero esa es otra historia. La biografía de GD que publica ahora Javier Juárez (JJ) viene a reivindicar primero la tarea investigadora y documental de HVR, ya que trabaja prácticamente con los mismos materiales que éste encontró y publicó.

Las fuentes fundamentales de ambos fueron miembros de la familia de Durán. A algunos de ellos la novela de HVR no les gustó nada, empezando por el título, por la importancia que concedía a algunos aspectos de su personalidad y por cómo los abordaba. La biografía de JJ parece haberles satisfecho, pues las hijas hablaron en la presentación del libro en la Residencia de Estudiantes, donde se guarda lo que queda del archivo personal de Durán y a la que se quiere vincular su memoria. El Durán de HVR es un héroe problemático y el de Juárez, positivo. En otras palabras, Comandante Durán es una reducción a escala políticamente correcta de El soldado de porcelana. Su punto de vista es académico, progre y convencional. Relega a un segundo plano los abundantes asuntos dignos de controversia. JJ nos da a entender que los conoce, incluso los menciona, pero pasa por ellos de puntillas. Esto ocurre también en libros anteriores de Juárez sobre tipos curiosos (Juan Pujol, el espía que derrotó a Hitler o Patria, una española en el KGB), que nos dejan la sensación de respeto excesivo y de escaso espíritu crítico.

Lorca.Como corresponde a un español nacido en 1906 y fallecido en 1969, el relato de la vida de Durán tiene tres capítulos. El primero y el último abarcan 30 años; el central, lo que duró la Guerra Civil. Lo más relevante de su infancia es la novela familiar: su padre metió en el manicomio a su madre y vivió el resto de su vida con su amante en la casa familiar. Gustavo estudió poco, y mientras estaba matriculado en el conservatorio creyó que quería ser compositor, a lo Ernesto Halffter. Cuando irrumpe en los ambientes culturales madrileños, un muchacho de dieciséis años guapo, rubio con ojos azules, y simpático, llama la atención de dos personajes. Federico García Lorca, vive en la Residencia, anda mediada la veintena y destaca como poeta y personaje con carisma: menciona a Gustavo en una carta de 1923 ("No quiere separarse de mí ni medio minuto"). El segundo, Néstor Martín Fernández de la Torre, le lleva veinte años y es un pintor de prestigio consolidado, algo demodé. Fueron pareja de hecho los diez años siguientes. Durán compuso su pieza mayor en 1927, un ballet con decorados y vestuario de Néstor, todo a la medida de La Argentina, estrella de una gira europea montada por el autor del libreto, Cipriano Rivas Cheriff. Poco después se instaló en París con Néstor.

En 1934 regresa a Madrid, solo y abandonado por la inspiración, para trabajar como técnico de doblaje cinematográfico. Se politiza e interviene en la campaña del Frente Popular con Alberti y algunos compañeros de viaje. Aunque sólo pasara por allí de visita, Juárez incrusta a Durán en una Residencia de Estudiantes mitificada, estereotipada, empalagosa.

La benevolencia de su enfoque queda patente en párrafos como este: "El espíritu de superación constituyó otro de sus rasgos más característicos. Apremiado por la propia conciencia de su talento, siempre quiso destacar en cuantas facetas emprendió, ya fueran estas la música, la carrera militar o la diplomacia". Un punto de vista menos hagiográfico vería en su carácter una mezcla de audacia, ambición y oportunismo.

Su momento de gloria lo alcanza con la guerra. Sin ningún tipo de preparación, de miliciano raso pasa en dos meses a comandante del Quinto Regimiento. Su peripecia en los primeros meses de la guerra la novela Malraux en La esperanza. La clave de su carrera, además de su valor y sus aptitudes para el mando, es su adhesión al Partido Comunista. También le favorece al comienzo hablar bien francés e inglés. Su año estelar fue 1937: interviene al frente de su brigada y de su división en varias de las batallas más sonadas (Jarama, Segovia, Guadalajara, Brunete), participa en el Congreso de Intelectuales, donde es aclamado como héroe; poco después, durante un mes se encarga de la jefatura en Madrid del SIM (policía militar a imagen de la soviética). Indalecio Prieto, ministro de la Guerra, lo nombra, lo destituye por haber nombrado a demasiados comunistas y luego lo cuenta en uno de sus escritos exculpatorios.

Hemingway.Se reincorpora a su división y termina el año camino de Teruel. Llega a mandar un cuerpo –agrupación de varias divisiones– del Ejército de Levante. Su jefe, Menéndez, se coloca al lado de Miaja y Casado y evita la última batalla interna. Con suerte, logra abandonar España en el último barco que sale de Denia y se instala en Londres.

Su vida, y su novela, adquiere un nuevo impulso cuando por azar conoce a una americana de buena familia, Bonte Crompton, con la que se casa días después. Con ella viaja a los Estados Unidos, donde residirá, trabajando a salto de mata, hasta que se incorpora en 1942 a la embajada de Estados Unidos en La Habana, siendo ya ciudadano norteamericano. Un caso insólito, gracias a su familia política. Fue recomendado por Hemingway (EH), que así rendía tributo a la admiración que le profesaba. Vivió en Finca Vigía, hasta que ambos se pelearon meses después por culpa de Martha Gellhorn –por aquel entonces la mujer de EH–, el alcohol y las malas compañías, comunistas, por supuesto. Sus antiguos camaradas no perdonaron a Durán su desafección. Lo cuenta Santiago Álvarez en su diario, que no ha leído Juárez, al parecer.

Con su embajador, Braden, cambia en 1945 de destino: Buenos Aires. Justo para las primeras elecciones de Perón. La embajada maquina contra él, pero el marido de Evita gana y se toma la revancha. Ahí arranca el declive de la carrera de Durán como funcionario del Departamento de Estado, para el que sigue trabajando en Washington hasta 1946, cuando publica documentos que acusan a Argentina y a España de connivencia con los nazis. Su notoriedad atrae los focos. No pasa la primera investigación sobre la lealtad de funcionarios con pasado sospechoso y abandona el Departamento. Ese mismo año comienza a trabajar en las recién creadas Naciones Unidas, de las que, como mal menor, queda excluida España. La policía española elabora y publicita un dossier lleno de insidias y medias verdades. Ahí se le asocia el alias de el Porcelana, que González Ruano en sus diarios asocia a otro personaje. El dossier llega a manos de McCarthy, que considera el de Durán uno de sus pocos casos indubitables. El acoso deteriora su carácter, pero sale de él sin mayor perjuicio en 1954.

Vive en Chile unos años al frente de la Cepal. En 1960, nuevo capítulo novelesco, pasa un año al frente de la misión civil de la ONU en el Congo, uno de los capítulos más sombríos del siglo XX. Todavía sigue allí cuando se estrella la avioneta del secretario Hammarskjold, a quien representa. Seguirá vinculado al tema cuando sufre su primer infarto. Su siguiente destino es Atenas, adonde acude como delegado. Allí le visita un joven amigo español, Jaime Gil de Biedma, que busca alivio a su depresión. Juárez ni se refiere a ni cita la biografía del poeta de Miguel Dalmau. Tampoco alude a que la mayor parte de la correspondencia entre ambos sigue inédita. Se reproducen los infartos hasta que uno acaba con él en 1969, en un remoto pueblo de Creta, cuando pensaba que al jubilarse podría regresar a España.

El clásico se compadecía de aquellos a quienes toca vivir años interesantes. A Durán le correspondieron muchos, incluso tuvo protagonismo en varios momentos estelares de la humanidad. Estos ingredientes que acabamos de resumir, y que se ramifican por tantos vericuetos como personajes y situaciones memorables y conflictivos aparecen en ellos, y son muchos, dan para una biografía apasionante, desmesurada, como la que hizo Vázquez Rial contrapesando con recursos narrativos los puntos más inciertos y problemáticos de la vida de Durán. La obra de Juárez es informativa, pero plana, lastrada por el empeño en diseñarle una peana irreprochable para hacerle sitio en los lugares comunes de la historia cultural reciente: la música y la Residencia durante la dictadura, París años 30, el Frente Popular, la Guerra Civil, Malraux, Hemingway, Graham Greene, la ONU, la Guerra Fría, el macartismo, etcétera. Todo lo enfoca Juárez con un didactismo convencional y previsible. Si la intención del autor era esa, nada habría que objetar. Quien ya conozca la novela de HVR, poco nuevo encontrará.


JAVIER JUÁREZ: COMANDANTE DURÁN. Debate (Madrid), 2009, 452 páginas.

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