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VIAJE CON VENUS

Una herida sin cerrar

La adolescencia es una especie de "herida sin cerrar". Y el adolescente vive su adolescencia como un secreto único, como una promesa de vida: "Pues la calma aparente de la noche ocultaba una multitud de vidas llenas de ansiedad". Se vive como un drama que no puede compartirse, como la tragedia individual del que asiste al absurdo del mundo sin que nadie a su alrededor parezca darse cuenta ("¿No es hostil el Universo?").

Esa esquirla atópica, clavada en espacio o dimensión indefinida, constituye el motor de ese viaje con y contra Venus de Glaukos, el protagonista de Viaje con Venus, deliciosa novela del clásico griego Ánguelos Terzakis (Nauplia, 1907 - Atenas, 1979), impecablemente traducida al español por Francesc Pasanni, a quien no se agradecerá lo suficiente que nos brinde la oportunidad de conocer a este autor, en cuidada edición de la editorial Rey Lear, con la mediación del Proyecto Seléucida.

La novela transcurre durante un verano, en un rincón del Mediterráneo propicio para la delicada salud del joven protagonista. Es un periodo iniciático. De descubrimiento y de desengaño. Verdad en griego (aletheia) significa desvelamiento, y ese ir apartando velos en busca de algo que no acaba de encontrarse nunca marca el perfil angustiado del joven insatisfecho, que no se encuentra a sí mismo porque no hay nada que encontrar ("¡Nunca la había poseído del todo, nunca! Algo se le escapaba dentro de ella, algo insumiso o incluso codiciosamente oculto"). La pantalla contra la que choca el joven Glaukos es una ninfa transformada en real y bella muchacha de nombre Danái, encerrada, como Dánae, por su padre y, en parte, por sí misma. Glaukos se debate entre esa pantalla o velo ("Tenía los ojos vacíos, y en ellos veía lo desconocido"), amour fou, sin futuro, amor en estado puro, envuelto por la torpeza y el enigma de la primera vez, por el desengaño y la decepción que la verdad hace inevitables, y la suerte de espejo traicionero (como todo espejo, al fin y al cabo) que es el amigo innominado, el único amigo, el salvavidas provisional (como todo salvavidas) que le mantiene a este lado de la estupidez y de la rutina ("Evito mirarla, porque si la veo así, con los labios flácidos colgando de lado mientras gotean saliva, la odiaré"), el amigo invisible, oculto tras los recuerdos, con el que mantiene viva la amistad vía epistolar (acaso la veta más interesante de la obra), cartas sin firmar que van marcando el ritmo del argumento y que suponen el alimento espiritual para Glaukos, la dosis de lucidez precisa para no sucumbir ante el tedio hasta la aparición de la ninfa, en todo momento abrumado por la sabiduría y la frialdad de su interlocutor, a quien ve como alguien distinto, tal vez superior ("Se conocía la vida del derecho y del revés [...]. Era rico por algo que no tenían todos los chicos...").

Ánguelos Terzakis.De modo que la novela se estructura en base a dos planos narrativos no enteramente paralelos, dos planos que acaban por interferir: la chica que desea desaparecer a su través ("La chica se entregaba con los ojos cerrados, ofreciendo su cuerpo no a él, sino a la inexistencia"); el amigo que busca en él el complemento necesario a su insatisfacción, a su búsqueda tempestuosa del placer, de la verdad. O incluso podría leerse este recurso como síntoma del desdoblamiento del protagonista, pues las cartas sin firmar animan a sospechar un anonimato y una transparencia bajo las cuales el yo, ese impostor, ese constructo esclavizador, corre peligro, el peligro de desaparecer a golpes de inteligencia: "Permanece impasible y olvídate de ti mismo tanto cuanto puedas". Y es que es la ausencia, inasible, misteriosa, pero con una presencia innegable, inquietante (el poder de lo ausente, podríamos decir, campo conceptual recurrente en la poética del gran Pessoa), lo que da contenido y confiere potencia a esta tragedia minimalista, pormenorizada y cuidadosamente urdida capítulo a capítulo.

La novela, por la temática, puede recordar a El guardián entre el centeno, a El lobo estepario, pero está dotada de un estilo muy característico, casi delicado y al mismo tiempo de gran fuerza, con latigazos de una lucidez despiadada en medio de un mar de estilo sedoso en calma aparente, minucioso en la descripción del ambiente que en cada momento se respira, en una sutil mezcla de elementos atmosféricos y psicológicos. A ello se une el aroma a misterio que envuelve la trama, al torpe encanto de las supersticiones de un pequeño pueblo del Mediterráneo.

El viaje es en espiral. Se sale de él siendo otro: "Un viaje con Venus, más allá de la vida, tanto que pierdas de vista su límite". Un viaje con Héspero, el lucero del alba y del atardecer, el inicio y el fin del niño, el rito de iniciación que lo transforma en esa cosa triste, engañada o desengañada, que no deja de ser un adulto. Los restos de la travesía quedan pegados a las palabras. La metamorfosis se ha consumado, se consuma a cada instante, recordando al que se atreve a asomarse cuál es la condición de lo humano: lo efímero. O cómo afrontar el crepúsculo inexorable, su belleza y su vacío ("Páramo y silencio").

La destreza de Terzakis permite conservar la torpeza del adolescente ingenuo y hosco sin perder la grandeza estética del joven diferente que murmura para sí pequeñas verdades, humildes hallazgos literarios que permanecen en el terreno de los sueños, o en las líneas de estas páginas mitad melancólicas y mitad voraces de una vida siempre en el horizonte:
No obstante, antes de volver los ojos hacia otra parte, le pareció ver, por un momento, que una sombra ondulante pasaba por su interior, como si se la llevara el viento.

ÁNGUELOS TERZAKIS: VIAJE CON VENUS. Rey Lear (Barcelona), 2008, 197 páginas.

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