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LA VIRTUD DEL EGOÍSMO

Una vacuna contra el socialismo

Toda la vida le han enseñado que cultivar la mente o preocuparse por el propio desarrollo personal era cosa de egoístas, y que cuando se liberara de la tiranía del interés propio se convertiría en un ciudadano "concienciado" y "comprometido" (sic).

Gorka Echevarría Zubeldia
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La victoria del socialismo ha consistido en convencer a la sociedad de que el bien colectivo es el único al que se debe aspirar y de que los fines personales son perversos, porque el individuo actúa moralmente sólo cuando se le fuerza o no pretende obtener beneficio alguno.
 
Si escucha atentamente a un progresista, comprenderá que le molesta la felicidad ajena porque vive siempre pendiente del sufrimiento. Al ver a un rico piensa en el pobre harapiento que nada tiene que llevarse a la boca; la culpa, como es de suponer, es de la vil obsesión del millonario, que sólo piensa en sí mismo.
 
La novelista Ayn Rand (1905-1982), autora de libros como El manantial y La rebelión de Atlas, vio con claridad que la izquierda odiaba el individualismo porque sabía que si la gente se respetaba a sí misma y procuraba su bienestar personal nunca aceptaría someterse. Pero desde el momento en que se introduce el sentimiento de culpa en la mente del hombre, desde que se le insulta por llegar lejos, se entroniza el vicio como ética.
 
"Si los trabajadores luchan por unos sueldos mayores –escribe/denuncia Rand–, éstos se presentan como beneficios sociales; si los empresarios luchan por unos beneficios mayores, se les tacha de avaros egoístas".
 
Ayn Rand.A Rand, de origen ruso, tras haber padecido los estragos del comunismo soviético le quedó muy claro que la libertad corre peligro cuando se acepta directa o indirectamente la filosofía tribal de la izquierda.
 
Como explicaba cierto pensador socialista, el ideal del progresismo es conseguir "la igualdad en la práctica radical de la democracia" (sic), para lo cual hay que luchar contra "la sociedad fundada en el egoísmo, el lucro y la alienación del ser humano".
 
En La virtud del egoísmo Rand puso en tela de juicio visiones como la comentada, y tuvo muchísimo éxito, como con el resto de sus libros, que han sido leídos por más de 22 millones de personas en todo el mundo. En sus páginas se plantea una ética individualista denominada "objetivismo" porque parte del reconocimiento de que la realidad es un absoluto que no puede desvirtuarse por los deseos de nadie y sólo es accesible a través de la razón.
 
Según esta filosofía, el mundo nos enseña que el hombre está desprovisto de instintos y sólo puede sobrevivir con su razón. Para ello, necesita que sus acciones no se vean interferidas por hordas o saqueadores que le priven de los frutos de su esfuerzo. Él y sólo él es el único soberano de su existencia, quien sabe lo que quiere y cómo lo quiere, por eso nadie tiene derecho a decidir en su lugar.
 
La suya no es una ética del capricho, o un subjetivismo a lo Nietzsche, sino un corpus de normas que exige al hombre que lleve a término sus potencialidades, como recomendaba el único filósofo a quien Rand reconocía como inspirador, Aristóteles.
 
"El principio social básico de la ética objetivista es que, así como la vida es un fin en sí misma –escribe Rand–, así todo ser humano es un fin en sí mismo, y no el medio para el fin o el bienestar de los demás (…) Vivir para el propio provecho significa que el propósito moral más elevado del ser humano es la obtención de su propia felicidad".
 
La sociedad que se deriva de este individualismo no es esa jungla que tanto sacerdotes como intelectuales han intentado vendernos como algo malo o perverso. La única sociedad que se basa en una ética como la que procura Rand es la de los comerciantes, que viven en paz e intercambian bienes por bienes, valor por valor; que se fían de la palabra dada, que trabajan duro para seguir adelante y que no se dedican a la extorsión o a la criminalidad, porque respetan que cada cual aspire a llevar la vida que quiera.
 
No parece que esta sociedad sea una selva; más bien es lo contrario: un lugar donde las personas son tratadas como tales y el Estado se limita a proteger los derechos individuales.
 
En una de sus citas más famosas, Rand señaló que los derechos individuales son "los medios de subordinación de la sociedad a la ley moral". En este sentido, reconoció que los únicos derechos son el derecho a la vida y su corolario, el de propiedad. Sin propiedad, explicó, las personas no son dueñas de su propio esfuerzo, pues no pueden adquirir los medios de sustento. Y llega a afirmar: "El hombre que produce mientras otros disponen del producto de su esfuerzo es un esclavo".
 
Frases tan drásticas como éstas le han valido a Rand el desprecio de muchos amantes de la libertad. Quizás hasta tengan algo de razón al calificar su filosofía de extrema, pero hoy por hoy nos hallamos ante un dilema crucial. Si aceptamos que servir al prójimo y sacrificarnos por la sociedad es un axioma, como actualmente sucede, ¿cómo podremos impedir que cualquier Gobierno establezca impuestos confiscatorios, encarcele a inocentes, libere a criminales y expropie a propietarios?
 
Llegado ese momento, probablemente sólo quede apelar a la ineficiencia del socialismo como única explicación de su fracaso. Si esa es la filosofía que manejamos, el utilitarismo, podemos empezar a escribir nuestro epitafio.
Aún estamos a tiempo de evitar que el tsunami socialista nos arrase. Pero sólo podremos triunfar si adoptamos una filosofía clara que explique por qué tenemos derechos y por qué son inalienables.
 
Dada la atrofia intelectual de la izquierda, demostrar que el emperador está desnudo y que sus ideas pueden refutarse con sólo exponerlas a la luz de la lógica no es tan difícil como parece.
 
La virtud del egoísmo puede ser el combustible que haga funcionar ese motor que Aristóteles creía que movía el mundo, y que no es otro que el ser humano.
 
 
Ayn Rand: La virtud del egoísmo. Grito Sagrado (Buenos Aires), 2006; 208 páginas.
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