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EL FUTURO DE LA POLÍTICA EXTERIOR NORTEAMERICANA

Y después de Bush, ¿qué?

Durante su primera visita a China, y para romper el hielo, Kissinger optó en un principio por evitar los temas de actualidad delicados y preguntar al primer ministro Chu Enlai, que había estudiado en el Hexágono, por la Revolución Francesa. Enlai, entonces, le respondió muy serio: "Es demasiado pronto para poder hacer una valoración histórica". ¡Y habían pasado casi doscientos años!

De seguir el criterio del mandatario chino, nadie en su sano juicio se atrevería a juzgar, a día de hoy, los dos mandatos de George W. Bush con un mínimo de rigor. Pero el caso es que ya hay quien lo está haciendo. De hecho, el desempeño de George W. Bush, o Bush 43, ha sido puesto en cuestión desde el mismo momento en que ganó las elecciones de 2000, es decir, antes de que desarrollara política alguna. Los demócratas, por ejemplo, nunca le han perdonado que se hiciera en aquel entonces con la Presidencia sin contar con la mayoría de los votos populares; sí tenía la mayoría en el Colegio Electoral, pero eso, al parecer, no les importa.
 
La gestión de Bush hijo ha contado, pues, con numerosos detractores: la izquierda americana y mundial, deseosa de explicar el mundo en términos de grandes y secretas conspiraciones imperialistas; la derecha americana paleoconservadora o tradicionalista, que hubiera preferido un nivel inferior de intervención en el exterior y superior de independencia del mundo; y la Vieja Europa –en maravillosa descripción rumsfeldiana–, obsesionada con poner fin a la hegemonía de América y promover un mundo multipolar con países como Francia desempeñando un papel estelar.
 
Aliados, el aún presidente de los Estados Unidos ha tenido más bien pocos. Los neoconservadores, a quienes tanto se acusa de todos los males del mundo y de estar detrás de las políticas de Bush, nunca se han sentido del todo cómodos con la Administración de éste, demasiado vacilante en algunos temas (Irán, Corea del Norte, la ONU…), muy dividida (Cheney por un lado, Powell por otro –en el primer mandato–, Rice, Gates…) y con un Comandante en Jefe excesivamente lento a la hora de corregir errores (Irak). Leyendo el Weekly Standard o los trabajos del American Enterprise Institute, las dos mecas del neconservadurismo, se verá claramente que los neoconservadores han sufrido una suerte de esquizofrenia que les ha llevado a alentar los objetivos y ambiciones estratégicas de Bush y a criticar muchos de sus métodos y tácticas.
 
Ahora nos llega una obra de dos profesores británicos, sesudos y de reconocido prestigio en el ámbito universitario, que nos plantean un discurso sobre George W. Bush más desapasionado y alejado de los avatares de la política americana y del día a día o el corto plazo. Se titula After Bush, y va a marcar un antes y un después: a partir de ahora, quien no lo tenga en cuenta cuando exponga sus juicios sobre Bush se arriesga a hacer el ridículo.
 
Timothy Lynch y Robert Sing nos plantean una doble tesis. En primer lugar, y siguiendo el sentido común de los historiadores –aunque sin llegar a los extremos de Chu Enlai–, sostienen que estamos demasiado cerca de los hechos como para poder ensayar un juicio que no sea presa de las circunstancias. Sólo con el tiempo podremos ver en su integridad y con mayor claridad los aciertos y los errores de la presidencia de Bush hijo. Así y todo, y guiados por su experiencia y por su conocimiento de la historia presidencial americana, Lynch y Sing están convencidos de que el juicio que hará la Historia del actual inquilino de la Casa Blanca será positivo. Si se toma como referencia el caso de Harry Truman, uno tiene que concluir por fuerza que la aprobación pública del momento no es siempre el mejor indicador de la efectividad de un presidente. Hay otros elementos mucho más importantes, por duraderos. Lynch y Sing apuestan a que, en términos de potencia y seguridad, es decir, en lo relacionado con el papel de EEUU en el mundo, Bush saldrá bien parado.
 
Es verdad que la izquierda universal, incluida la norteamericana, achaca a Bush todos los problemas y males de este mundo. Pero esa es una acusación que no se sostiene. Sabemos al detalle cómo Ben Laden preparaba los ataques del 11-S cuando EEUU estaba gobernado por un Clinton obsesionado con quedar bien ante el mundo. Es más, los preparaba mientras Clinton guerreaba en defensa de una minoría musulmana contra una Serbia cristiana. Pero eso no fue bastante para complacer a los yihadistas: hagan lo que hagan los presidentes americanos, el radicalismo islámico estará contra ellos.
 
En cualquier caso, como bien se analiza en estas páginas, no es lo mismo servir como presidente en situaciones normales, en las que las preocupaciones más acuciantes tienen que ver, por ejemplo, con la revolución tecnológica y la globalización (Presidencia Clinton), que hacerlo cuando el orden mundial está siendo puesto en cuestión y hay sobre el tapete enemigos poderosos y fuerzas nunca antes vistas. Por decirlo más directamente: no es lo mismo gestionar el mundo antes que después del 11-S. Y resulta que a Bush le tocó después, y que esa ingrata circunstancia es lo que definirá todo su mandato. Pues bien, los autores de este libro no tienen dudas: en sus ocho años, Bush Jr. ha puesto en marcha políticas que han logrado evitar un nuevo atentado de Al Qaeda en suelo americano, así como debilitar a dicha organización e impedir una debacle estratégica en Irak.
 
Ronald Reagan.After Bush fue escrito antes de que el sector financiero entrara en crisis, pero no creo equivocarme al decir que los autores, con toda seguridad, se alinearían con el plan de rescate impulsado por Bush, aunque sólo fuese por considerarlo un mal menor ante el escenario de un formidable crack económico nacional.
 
La segunda tesis de Lynch y Sing, de mayor envergadura intelectual, afirma que no importa quién se siente en el Despacho Oval, porque, aunque siempre puede haber un Carter de por medio, ya saldrá un Reagan a enderezar sus entuertos. O sea, que la política americana está más determinada por factores objetivos que por la personalidad de los sucesivos presidentes. Así ha sido hasta ahora y así cabe conjeturar seguirá siendo en el futuro, con independencia de que el nuevo mandatario sea Obama o McCain. Para nuestros autores, la línea está bien clara: "Será la continuidad de la amenaza lo que determinará la continuidad de la estrategia americana". Ningún presidente se atreverá a actuar sin tener esto presente.
 
Estoy básicamente de acuerdo con la lógica de Lynch y Sing, pero, con la experiencia española bien presente, tendría que ser un tanto escéptico sobre eso de que Obama no puede marcar una gran diferencia. Y para peor. Es verdad que el papel de España en el mundo es irrisorio comparado con el de los Estados Unidos, pero nadie puede negarme que las circunstancias estratégicas que rodearon a los gobiernos de Aznar variaron sustancialmente bajo Rodríguez Zapatero. Y que las respuestas de ambos han sido radicalmente opuestas.
 
No obstante, hay que reconocer que Lynch y Sing se refieren siempre al medio y al largo plazo, y que saben diferenciar entre Carter y Reagan. Pero tal vez su optimismo sobre la continuidad de la política americana les ciegue ante un hecho implacable: bastaría con un error estratégico por parte de cualquier presidente para que el mundo se volviese un lugar ingobernable y muy complicado para los americanos. Dos ejemplos: si Obama permite a Ahmadineyad, por obra y gracia del diálogo, hacerse con una bomba nuclear y la contención y la disuasión fracasan, en Oriente Medio podría desencadenarse una guerra nuclear que nos afectaría a todos por igual; si Al Qaeda ataca de nuevo territorio americano, pero esta vez con armas de destrucción masiva, el caos que puede generar acabaría con la sociedad americana tal y como la conocemos. En ese sentido, hay que reconocer que el temor de George W. Bush, ser víctima de las tres T (terrorismo, tiranía y tecnología), eleva el peligro exponencialmente.
 
Si los autores están en lo cierto, ningún presidente en su sano juicio se permitirá sucumbir ante tales amenazas ni, dada la naturaleza de las mismas, se negará a luchar por eliminarlas, ya sea mediante la disuasión, la prevención o la anticipación. Por eso la columna vertebral de la Doctrina Bush quedará relativamente a salvo, aunque políticamente no se quiera reconocer. Es más, si los autores están en lo cierto, la sorpresa y la frustración de los europeos serán morrocotudas en caso de victoria demócrata, porque en lugar del Obama con el que sueñan se toparán con un Barack Obush. En cuanto a su rival republicano, todo el mundo sabe que sería George McCain.
 
 
TIMOTHY J. LYNCH Y ROBERT S. SINGH: AFTER BUSH. THE CASE FOR CONTINUITY IN AMERICAN FOREIGN POLICY. Cambridge University Press (Londres), 2008, 382 páginas.

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