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Columna publicada el 18-12-2001
Marruecos cometió un error el mes pasado. Siempre es error desencadenar un acto de fuerza cuando se es el más débil.
En lo estratégico como en lo táctico. La aplicación que Mao hacía del viejísimo Sun-Tsé es tan implacable en lo político como en lo militar. Tanto, por lo menos. Entre arte político y arte de la guerra la frontera es muy tenue, si es que de frontera puede hablarse. Hagamos pues arqueología, desempolvemos el pasaje de Mao y de Sun-Tsé, aquellos dos enormes señores de la guerra: “Si en lo estratégico tu inferioridad es de mil a uno, de mil a uno habrá de ser tu superioridad táctica para entablar combate”.
Lo de Marruecos y España es quizá más cosa de siquiatras que de estrategas. El tópico podrido de la “relación privilegiada”, al cual, una y otra vez, se remiten nuestros políticos —cuyas limitaciones léxicas están acordes con las propias de un alumno medianito de la maldita LOGSE—, remite a una realidad bastante sórdida: la de un intercambio abismáticamente desigual en lo económico y una masiva caridad española que el terrible entorno real alauí se traga hasta el último céntimo. El tópico podrido del divino parentesco (“mi hermano”, “mi primo”...) entre los titulares de las respectivas coronas, difícilmente ocultará la mugre y la sangre, la barbarie, la tortura, el asesinato, el sufrimiento colectivo sobre los cuales ha asentado el sultanato de Marruecos su teocrático poder.
Nada debe España al régimen marroquí. Salvo la vergüenza —que comparte con buena parte de Europa— de haber sostenido, a cualquier coste, al más cavernícola de los despotismos de la orilla Sur del Meditarráneo. De haberle, incluso, regalado humillantemente el Sahara, contraviniendo, de modo explícito, el mandato de la ONU.
Mala política acariciar la testuz de un can rabioso. Te expones a que te muerda. Es lo que hizo el hijo de Hassan, cuando se le antojó la grosería de retirar su embajador en Madrid, sin siquiera exhibir un argumento (bien es cierto que pedir argumentos a gentes de tal caletre es esperar un milagro). En buena lógica material (económica como política), a España eso debería traerle al fresco. Si alguien tiene que perder en este asunto, ese alguien es el país comercialmente dependiente: Marruecos. Y, si a alguien (país, sultán o quien diablos sea) se le antoja suicidarse, es gran necedad romperse la crisma para evitarlo.
Porque la crisma es lo que se rompe literalmente Zapatero al aceptar el humillante papel de chambelán real (ni siquiera el Altísimo Mohamed aceptó retrasar un día su excursión de esquí para honrarse en recibir a su nuevo súbdito). Traerse de Marruecos al embajador descerebradamente retirado es prestar un servicio altísimo a la corona. A la alauita, por supuesto. En el momento en que ésta, además de en el ridículo, se había encerrado en un fatal callejón sin salida. La suma de inferioridad estratégica más inferioridad táctica sólo puede augurar derrota catastrófica. Ni siquiera hace falta ser Sun-Tsé o Mao para saberlo.
Como chivo expiatorio, Zapatero carga ahora con el ridículo (para un político, mucho más mortífero que el odio) que al sultán correspondía. También carga con su política derrota. Ha hecho el trabajo sucio. Imposible salir limpio de eso. Se ha sacrificado. ¿En beneficio de quién? ¿Del señor X?
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