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Columna publicada el 25-02-2003
Maurice Blanchot ha muerto. Me llama mi amigo J. L. Rodríguez, que ha sido su mejor lector en España, para decírmelo. Me sorprende esta extraña certeza con que el nombre de algunos –muy pocos– escritores pone, con su sola resonancia, la intemporalidad. Nunca se me ha pasado por la cabeza que Maurice Blanchot pudiera seguir vivo. No es asunto de edad: de otros de su generación, no me sucede. Es la difusa fascinación que pone en una firma la barrera inhumana del clasicismo desde la primera de las líneas suyas que leímos. Desde la primera línea, en mi caso, de aquel Lautreamont et Sade que, leído a los tan toscos diecisiete años, forjó en mí la certeza de que sólo por escribir vale la pena seguir vivo.
Sólo tienen relevancia las biografías de los escritores ínfimos. Cuando el que escribe de verdad escribe, entonces eso que queda ahí es infinitamente ajeno a individuo alguno, está infinitamente por encima de la repetitiva condición humana. El escritor verdaderamente grande no existe; existe sólo su obra. Blanchot fue nadie. Todo. Fue una escritura de inteligencia deslumbrante, desplegada por todos los parajes, por cada vericueto de esa tan trabajosa maestría: en narración como en ensayo, nada tan riguroso –tan depurado, pues– ha producido el francés del siglo XX.
Recuerdo mi estupor, hace unos años, cuando caí sobre la bellísima edición en Fata Morgana del brevísimo texto suyo que lleva como título L’instant de ma mort, el instante de mi muerte. Sin una sola nota aclaratoria, el lector puede leer eso como autobiografía brevísima (apenas 17 páginas) de un instante decisivo. O como relato. ¿Qué importa? Importa sólo el instante, su dimensión absoluta, su fascinación indecible, que es preciso decir: el instante, el único, el instante de la muerte. Decir lo indecible: lo sabemos desde Epicuro. Ante el pelotón de fusilamiento que va a disparar, un hombre. A eso se reduce todo. El texto es bello y angustioso. Es inteligente. Y está escrito en tercera persona, porque sólo la tercera persona puede evocar un lirismo que, en primera, sería retórica, calderilla: los más grandes han sabido eso en todos los géneros; Chandler, en novela negra, lo aplicó con virtuosismo prodigioso.
Sólo las cuatro líneas que lo cierran certifican, para quien sepa leerlas, que el relato habla de algo sucedido. Y lo hacen evocando –astucia suprema– el nombre de otro. La desazón del lector es infinita.
Ha muerto Marice Blanchot. Puede que fuera el más sabio de los hombres de letras de su generación. Para mí no existió. Fue escritura.

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