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Columna publicada el 06-07-2004
El informe del ministerio del Interior francés es aplastante. Realizado por la Direction Centrale des Renseignements Généraux (DCRG), ese informe sobre la “involución comunitarista” en Francia constata un hecho desolador y, más que probablemente, irreversible: las comunidades emigrantes en Francia, y muy en especial la islámica, han pasado a configurarse internamente como ghettos. No en sentido metafórico. En el literal, que hace que buena parte de ellas sean hoy, de facto, territorios sustraídos al imperio de la legalidad republicana. Pequeños enclaves musulmanes donde impera la sharía y donde la igualdad política y legal de las mujeres se ha extinguido.
Le Monde, tan poco dado habitualmente a presentar batalla a esa islamización progresiva, daba ayer muestra de su estupefacción en el aplastante resumen de las conclusiones del documento:
“Ocho criterios han sido retenidos por la DCRG para determinar si un barrio sensible, seguido en razón de su exposición a las violencias urbanas, está marcado por un repliegue comunitario: un número importante de familias de origen inmigrado que, a veces, practican la poligamia; un tejido asociativo comunitario; la presencia de comercios étnicos; la multiplicación de los lugares de culto musulmán; el uso de prendas orientales y religiosas; los grafitis antisemitas y antioccidentales; la existencia, en el seno de las escuelas, de clases que reagrupen a los recién llegados que no hablan francés; la dificultad para mantener una presencia francesa de origen”.
Las conclusiones del informe son devastadoras. Como ya venían sugiriendo los sindicatos policiales desde hace años, zonas enteras de las periferias urbanas han escapado al control del Estado, la policía se considera incapaz de entrar en esos ghettos, en los cuales no existe más control real que el de las autoridades islámicas. La intimidación entre la población femenina es de tal orden que salir sin velo en esos barrios es, sin más, exponerse al linchamiento. Los ulemas y predicadores wahabbitas, cada vez más influyentes entre la juventud marginal, llaman a una guerra santa, en la cual Bin Laden toma dimensiones de profeta.
Todo eso en la vieja Francia republicana. En la patria de las garantías ciudadanas y de la rigurosa laicidad del Estado. Parece mala ficción. Y es tan sólo presente.
Aquí, en España, futuro.

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