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Columna publicada el 29-06-2004
El cine salvó a la gente de mi edad del peor de los mundos: el sórdido corralón que era la España de los años cincuenta. Y, ya que no en lo demás, fuimos en esto muy afortunados. Sin el cine, todo aquello habría sido invivible.
La cotidianidad de la España de los años cincuenta era tétrica. Yo, al menos, así la recuerdo: mi infancia se la regalo a quien la quiera; nada recuerdo de ella que valga la pena. Sólo el cine.
El cine. Que era, entonces, la peli de vaqueros de cada fin de semana. El extravío en aquel infinito narrativo que ponía la sala a oscuras, la enorme pantalla donde era siempre posible lo imposible. La irrupción épica, de la cual estaban tan exentas nuestras vidas.
Día llegaría – casi un par de décadas luego – en que, ya creciditos y pedantes, aprenderíamos en los Cahiers du Cinéma que aquello que vimos en las salas de barrio de perdidas ciudades de provincia, se llamaba John Ford, se llamaba Howard Hawks, se llamaba Sam Fuller…, se llamaba cine, en el más absoluto dominio de su arte. O de su artesanía, mejor: a un genio como Ford le daría la risa tonta si le llamaran artista; él “hacía pelis de vaqueros”.
No había cuotas, no había protecciones al tan estúpidamente pretencioso cine europeo, en aquel tiempo. Eso vendría luego, estragando la formación cinematográfica de generaciones más jóvenes.
A lo largo de los años setenta, me he tragado de todo en cine. Bodrios inimaginablemente autocomplacidos en su dimensión artística. Avalanchas de metraje innecesario, de las cuales no quedará memoria. Al final, como todos los de mi edad, he comprendido que lo único de veras memorable eran aquellas pelis de vaqueros; aquellas pelis que no pretendían nada, salvo narrar bien una historia, y no exceder jamás los noventa minutos de metraje: Ford, Hawks, Ray, Fuller…
Nada de esa felicidad hubiera sido posible, si esta necedad proteccionista de ahora hubiera estado en marcha. Hace falta ser imbécil para no comprenderlo.

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