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Columna publicada el 18-03-2001
Hasta anteayer cabía una esperanza. Para los delincuentes Barrionuevo y Vera. Se acabó. La sentencia del Constitucional cierra el ciclo de los posibles recursos. Y los aniquila, justo en la instancia acerca de la cual el patrón González les había hecho concebir las más altas certidumbres.
Hasta anteayer valía la pena guardar la dura ley del silencio. Al firmar como abogado el recurso de los dos secuestradores, Felipe González estaba mandándoles un mensaje mucho más que subliminal: todo mi peso, toda mi influencia, que en un tribunal formado en buena parte por gentes a las que yo nombré es mucha, será desplegada para que el Constitucional anule la sentencia del Supremo; no tenéis más que callar y esperar; no es mucho.
No era mucho, en efecto. Al fin, apenas tres meses de cárcel y ni siquiera la expulsión de sus cargos funcionariales sería todo lo que dos sujetos responsables de secuestro y maltrato de un aterrorizado anciano iban a pagar. De risa. De risa, para todos salvo para un tal Segundo Marey, sujeto pasivo de uno de los calvarios más estúpidamente malvados del último cuarto de siglo.
No era mucho. Valía la pena mantener contento al jefe. Que el padrino moviera sus omnipotentes hilos. Y que, en algún lugar de nombre exótico, inaprensibles cuentas multimillonarias aguardasen la misteriosa mano de su dueño cuando todo anduviera un poco más calmado.
No era mucho. No.
Ahora, se acabó. Delincuentes y punto. Y seguido. Porque incluso el indulto que les impidió graciosamente pasar 13 años a la sombra como el común de los chorizos tiene una grieta vulnerable. Todo indulto queda automáticamente anulado por una condena posterior. Y a Barrionuevo y Vera les queda aún un calvario de procedimientos penales. El primero es el que más duele al Secretario de Seguridad de Felipe González: el robo de fondos reservados. Los mensajes de Rafael Vera han sido en estos años transparentes: cargará con todos los cadáveres que le toquen en cuenta; uno sólo de sus duros rozado desencadenaría la hecatombe.
¿Vale ahora la pena seguir callando? No es otra la pregunta que gira en las cabezas de Barrionuevo y Vera.

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