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Columna publicada el 09-09-2003
Todo en el discurso europeo sobre el Cercano Oriente se juega sobre una ficción que oculta apenas una inmoralidad blindada. La ficción pone en escena dos entidades, supuestamente homologables, en conflicto: Israel y Palestina. Y exhibe la civilizatoria voluntad de un Viejo Continente que se esforzaría, humanitario, por tender puentes entre esas equivalentes realidades. Bajo sus formas más perversas, tan benevolente sermón viene condimentado con históricas referencias al común origen en el terrorismo de ambas naciones. Arafat no es menos terrorista de lo que lo fue Menajen Beguin o Ariel Sharon, concluyen. ¿Por qué hacer distingos? Es mentira, claro. Cualquiera que estudie un mínimo de historia lo sabe. Pero da igual. Esa mentira sirve para blindar la mayor oleada antisemita sobre Europa desde 1945. Y su eficacia es demoledora.
No, no son entidades homologables. Ni comparables siquiera. Israel es un Estado democrático perfectamente convencional. República parlamentaria a la que nada, en lo esencial, distingue de las del occidente de Europa. Un presidente electo ejerce funciones de Estado no ejecutivas. El primero ministro gobierna en función de las complejas alianzas a las que un sistema electoral extraordinariamente favorecedor de las minorías fuerza. La independencia del aparato judicial es plena, la garantía ciudadana total, el ejército está herméticamente sometido a la autoridad política, y la libertad de expresión y prensa no es ni mayor ni menor que en Europa o en los Estados Unidos.
¿Palestina? Una ojeada a lo sucedido con el mínimo intento de Mazen por normalizar la situación puede servirnos de guía. Una constelación de milicias armadas, entre las que se cuentan lo más aterrador del terrorismo internacional islámico, tejen el poder de hecho. De entre ellas, una –los mártires de Al Aqsa– es la milicia privada del Presidente Arafat, quien además detenta personalmente el control del ejército, los servicios de inteligencia militares y civiles y la casi totalidad de la policía. De garantías judiciales o libertad de expresión nadie ha oído jamás hablar por esos horizontes. La condición ciudadana es ajena al universo islámico.
Cuando Mazen aceptó formar gobierno para buscar la firma de un acuerdo de paz, sabía que una determinación era previa: la disolución y desarme de esa maraña de milicias terroristas y la toma del control militar y policial por un único poder político, con la consiguiente desposesión de las atribuciones ejecutivas del Jefe del Estado. Eso no se hace con buenas palabras. Ni se negocia. Se impone con las armas en la mano. Las armas las tenía Arafat. Mazen se ha pasado cien días suplicándole que las pusiera –al menos en parte– en manos de su responsable de Interior, Mohamed Dahlan, probablemente el hombre más odiado hoy por el rais palestino y el único dispuesto a aniquilar a Hamas, Yihad, FPLP y otras excrecencias arafatistas. Perdió la batalla.
En el año 2003, ni un milímetro se ha movido Arafat de sus hipótesis terroristas de los años setenta. Y es cierto que más de un Estado moderno ha nacido de la dinámica previa de organizaciones y acciones terroristas. Pero, para que el vuelco se consume, ha sido siempre preciso que, en un punto, el Estado se sobrepusiera a la proliferación terrorista, liquidase sus organizaciones y pasase a monopolizar legitimidad y fuerza. Sucedió en Israel como sucedió en la República de Irlanda. No ha sucedido en Palestina. Ni es verosímil que suceda mientras a Yassir Arafat le quede un aliento de vida.
Así son de verdad las cosas. Y a tal punto de desastre han llegado. Guste o no guste a Europa. Pero por culpa también de Europa.

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