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Columna publicada el 21-05-2002
Hay un enigma, primero. Después, otros.
De veras desazonador es el que pone el orden de las palabras mismas. La huelga, toda huelga (y mucho más la que, al ser adjetivada se trastrueca en otra cosa: general), es ejercicio de fuerza. No cosa de derecho. Operación estratégica, para ser precisos, a cuyo través la confrontación material de dos sujetos autodeterminativos accede a su pasaje crítico. Punto, pues, sin retorno, en cuya resolución se decide o bien reconfiguración total de las reglas de juego o bien blindaje de las ya existentes. Al no conocer derecho, nada sabe tampoco de solución pactada. Una huelga se gana o se pierde. Y, en una u otra alternativa, sólo la composición de tres factores cuenta: las respectivas potencias de los sujetos en conflicto, lo insoportable de las condiciones materiales sobre las cuales el conflicto se despliega, la densidad del consenso social que permita universalizar como bien común lo reclamado.
La simbolicidad de huelga y de huelga general está fechada: forma bloque con la constitución de la clase obrera europea como sujeto autónomo en el siglo XIX; y con las formas organizativas que definen su identidad en guerra contra burguesía y Estado: sindicato y partido. Y, si la huelga es afirmación frente a la potencia dirigente de la fábrica, huelga general define el asalto contra la fortaleza del poder político, el asalto al Estado. De Marx a Lenin, de Kropotkin a Rosa Luxemburgo, no hay huelga general que no sea, desde su mismo proyecto, huelga general revolucionaria. Y en la cual se juegue otro proyecto que no sea el de la alternativa entre revolución o aniquilamiento. La huelga fabril es guerra al patrón. La huelga general, guerra al Estado.
Pero la lógica insurreccional tiene –tenía, debo decir tal vez— sus reglas. La de la autonomía organizativa de clase es la primera. Y, corolario suyo, la autofinanciación completa de las organizaciones que deben asumir, hasta sus últimas consecuencias y riesgos, la planificación (“como un arte”, decían los clásicos) de la insurrección. La revolución sólo es abordable cuando su sujeto agente en nada está endeudado con aquello de lo cual jura hacer tabla rasa. Una huelga convocada por un sindicato al cual financia el patrón de la fábrica sería –en el mejor de los casos— un delirio. Una huelga general desencadenada por sindicatos a sueldo del Estado es algo infinitamente más vidrioso. Enigma. Cuando menos.
Fue la tesis clásica. Aquella sobre la cual se estructuró el movimiento obrero en la Europa de mediado el siglo XIX. Siguió siéndolo hasta el final de los 31 años de guerra civil y guerra de clases que hacen añicos Europa entre 1914 y 1945. Luego, todo fue otra cosa. Los sindicatos, primero. De subversivas formas de autoorganización para el combate, los aparatos sindicales bascularon, a partir del final de los años cuarenta, a departamentos ministeriales específicos para la aplicación del welfare state, y sus instituciones pasaron a ser financiadas con cargo al erario público. Los revolucionarios de otro tiempo se mutaron en funcionarios.
La retórica de la huelga general quedó, a partir de ahí, en flagrante contradictio in terminis: ¿cómo va un aparato del Estado a destruir el Estado que lo alimenta? Se conservaron los términos, pero fue otra cosa lo que esos términos designaron. Huelga general, en el argot de los sindicatos europeos posteriores a 1945 no designa nada que tenga algo que ver con el desencadenamiento revolucionario (la “chispa que enciende la pradera” en la mitología de inicio del XX). Y sí, con su desplazamiento escénico. Paso de baile que mima el combate a muerte de otro tiempo. De otro, en el cual sindicato no significaba aún cuerpo de funcionarios.
¿Qué busca el teatro? Dar una lección. A aquel del cual proviene el sueldo de los actores: al gobierno en ejercicio. Mostrar que, aun sin afiliados, aun sin capacidad de que sus miembros lo financien, sindicato preserva, en sus cuatro sílabas, un último eco solemne de la grave épica (tantas veces heroica) de hace un siglo. Y capitalizar, contante y sonante, el peso de aquel patrimonio.
Nada entonces importa que ni exista motivo grave ni deseo social. La huelga general sirve a los sindicatos para soñar que aún existen. En un mundo en el cual todos los sabemos bastante menos que una sombra.
Rara vez una huelga general así convocada lo será de verdad. Rara vez la ficción dejará de ser risible. Pero la rentabilidad teatral es de otro orden para los sindicatos: dejar constancia (aunque sea humilde) de que aún su nombre significa algo para unos cuantos. Revestir con ropaje de sueño la turbia pesadilla en cuyos giros naufragó la bella historia del viejo movimiento obrero.

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