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Columna publicada el 03-09-2002
Vivo o muerto, una inflexión quedará ya fijada al nombre de Bin Laden. La que fuerza a retrotraerse mucho antes del tiempo de las revoluciones modernas: esas que articulan sus conflictos en términos de clases sociales, las que, trenzadas en torno a la lógica de la productividad capitalista, son susceptibles –aun en sus excesos– de reducción a discurso lógico. Monstruoso con frecuencia. Pero lógico.
El ataque contra las torres gemelas proviene de otro mundo. Material y simbólico. Un mundo que nuestra ingenuidad progresista se empeñaba en ocultar, sencillamente porque nos es impensable: el mundo de antes de la Ilustración –si es que la Ilustración es, como lo quiere Kant, el acceso de la humanidad a su edad adulta. Bin Laden es el retorno a la guerra santa. Ni siquiera a un Medioevo de matriz cristiana. El retorno a la pureza del islam; a la pureza de la barbarie.
Ninguna lógica productiva rige la estrategia de Al-Qaeda; sólo la lógica de la muerte por la muerte, pues que todo aquello que no está en el islam, dice el libro del Profeta, es sólo digno de ser destruido.
Por supuesto que, para su financiación, han sido puestos en funcionamiento procedimientos de la más alta modernidad capitalista. O, al menos, parasitarios de ellos. La estúpida benevolencia internacional, que deja en manos de exhibicionistas descerebrados la explotación de la mayor fuente energética del mundo, el petróleo de Arabia y los emiratos, ha servido para financiar muy operativamente los mayores irracionalismos –y la mayor cota de crimen– de la segunda mitad del siglo veinte. Que sujetos como Fahd o cualquiera de sus indeseables colegas puedan pisar tierra civilizada sin acabar en presidio es algo que va contra cualquier criterio pensable: moral como lógico. Factor determinante en la economía mundial, la inmensa bolsa petrolífera del Golfo sólo puede ser explotada racionalmente en términos de protectorado internacional, y no al servicio de una banda de sinvergüenzas perfectamente improductivos. El petróleo es un bien común de la comunidad humana. Con mucha más razón que las jodidas selvas reivindicadas por los ecologistas.
Sujetos improductivos y perfectamente detestables hacen de eso feudo privado. Ellos han venido financiando el terrorismo internacional, a cambio de la garantía plena de salvaguardar sus tan valiosas vidas. Ellos han inventado –con el dinero neciamente pagado por el mundo infiel– el integrismo islámico. Liquidar a Bin Laden y a sus mesnadas de iluminados está bien. Acabar con el genocida Sadam Husein es estupendo. Pero, nadie se engale, mientras el petróleo del Golfo esté en manos de la casta infame de potentados medievales que hoy lo administra, nadie podrá vivir seguro en el planeta. El petróleo es la fuente del problema. Lo demás es anécdota.

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