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Columna publicada el 21-02-2001
Con el tiempo, dice Ovidio que uno aprende lo más triste. A saber que, casi siempre, todas las cosas basculan hacia su lado pésimo. Todas las convenidas retóricas que fingen al tiempo función sanatoria tratan en vano de ocultarnos eso: no hay cosa, en este mundo, que el tiempo no empeore. ¿Qué es el tiempo, al fin, sino la aritmética convención con que el humano da cifra a la muerte?
El tiempo, a cuya incuria ha sido abandonado, fijó ya para el triste País Vasco un horizonte mortífero. Nada dará marcha atrás a eso. Muchas son ya las décadas de abandono al solo consolador verbalismo de la identidad patria. La identidad, enseñaba el maestro Freud, no es sino el nombre metafórico y sosegado de la pulsión de muerte. ¿Qué es decirme idéntico sino afirmar que nada tengo de común al otro? Nada que, por supuesto, no sea su amenaza: el acoso al cual el otro –celoso de esta plenitud mía— me somete. Todo otro es enemigo mortal del patriota.
Una nación es eso. Trágica herencia del romanticismo, que los muy jóvenes Hölderlin, Schelling, Hegel de 1795 llaman una Mitología de la razón. Una red de leyendas que a sí misma se encubre de supuesta y blindada lógica. Y que, en su intratable blindaje, da fe para morir como la da para hacer que muera el otro, el enemigo. Nacionalismo homicida: redundancia.
Pero esa identidad, acerada en el mito nacional, es al final más dura que razón cualquiera. Se antepone a cualquier lógica, a cualquier análisis preciso. Las Vascongadas son prueba de cuán hondamente el mito nacionalista atraviesa aún a sus adversarios. Las elecciones de marzo serán una prueba de laboratorio. Si el PSE-PSOE acaba por formar gobierno con el PNV –yo estoy convencido de ello— será, al fin, el síntoma de que toda esperanza se ha perdido. También, cualquier razón. Y habrán servido, al menos, para no engañarnos.

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