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Obituario

Lévi-Strauss, el último

Tenía 101 años y era el último. De su generación de grandes profesores, de escritores enormes, de hombres arrogantemente superlativos: fue amigo –y guasón crítico– de Jacques Lacan, compartió mesa con André Breton y la tribu surrealista, se sentó en el restringido club de los inmortales que componen la Académie Française, dictó sus cursos en el más alto Olimpo académico, el Collège de France, en donde deslumbró a cuantos tuvimos la rara fortuna de escucharlo, tuvo una vida larga y fastuosa, que hubiera quedado prematuramente quebrada en Buchenwald o en Auschwitz, si no hubiera tenido la prudencia de huir de la Francia petainista menos de un año antes de la aniquilación judía.

Cuando yo lo conocí era el único que podía hablar en cualquier aula sin que nadie en su presencia osara interrumpir el fluir solemne de su sabiduría: no era común eso en el inicio de los años setenta. Algo lo hacía diferente de los demás; aun de los más grandes. Quizá una infranqueable distancia: la del hombre que ha vivido siempre en otro sitio, en el confín de un mundo casi inaccesible que él aprendió a entender con el frío rigor y la belleza que sólo dan las matemáticas. "A lo largo de veinte años, despertándome al alba, borracho de mitos, he vivido realmente en otro mundo".

Claude Lévi-Strauss, chamán investido en formas de dandy, nunca fue de éste. Y lo sabía. Cultivó su diferencia, hasta construir el más bello personaje de la Francia del siglo pasado. Aquellos que escucharon su voz en el aula sabían que algo irrepetible se había producido. Y que ese algo era más del orden del rito que del de la sola enseñanza. Porque el chamán no enseña; trueca en otro a quien lo escucha.

Y es que el gran escritor –uno de los más grandes de la lengua francesa en la segunda mitad del siglo veinte– era una voz, ante todo. De sus largas estancias en tierras de magos, Lévi-Strauss trajo consigo la condición del chamán, su lírica construcción de los relatos orales, su percepción mágica del sonido. Y, ante quienes lo escuchábamos, el narrador de historias sencillas y misteriosas investía todas las voces sacerdotales a través de las cuales había metódicamente transitado. Era la suya la voz pausada y grave que exige la sacralidad del pensamiento salvaje, pues que sus relatos eran –no se hubieran tolerado no ser– transcripción fidelísima de aquello anotados con mimo, desde los primeros viajes, desde el enamoramiento de tribus aún en plena vida cuando él las estudió y, mucho antes de que él mismo desapareciera, desaparecidas. Y aquel anciano –lo era ya en los setenta–, hablando en el corazón del Olimpo académico parisino con palabras de hombres y símbolos que no existían ya más que en su memoria y en sus cuadernos de viaje, perpetuaba así, ante los jóvenes que lo escuchaban, que lo escuchábamos, presos aún más del placer del cuento que de la admiración por su sabio desguace, una liturgia iniciática que empezaba muy lejos, en los laberintos geométricos que tatúan la faz de los bororo, en la extraña combinatoria de las felices comunidades que ningún lazo establecen entre generación y cópula. Alzado sobre la tarima de la gran aula ante la pizarra, Claude Lévi-Strauss era todos los chamanes. Los demás, sólo aprendices.

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