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Columna publicada el 17-09-2001
No soy el único de los de mi edad que entró en política bajo la sacudida de Vietnam. En el Madrid franquista como en el París del inmediato post-sesentayocho, viví aquel entusiasmo que naufragaría en desoladora dictadura. Aprendí algunas cosas de aquello. Que la frontera entre la esperanza y la catástrofe es tenue; y que una lucha justa puede acabar en la peor victoria: la que trueca a los oprimidos en déspotas.
Aprendí también –eso lo supe siempre– a no aceptar la reducción de un conflicto concreto al mítico avatar concreto de un inventado fantasma de perversidad obsesiva: el del sicótico antiamericanismo español de esos años. Vietnam fue un efecto, particularmente perverso, de la guerra fría. La URSS hizo cosas sin comparación peores.
Nadie en España parecía querer analizar eso. Desde la extrema derecha franquista hasta la extrema izquierda comunista, pasando por todo el espectro ideológico nacional, sin excepción relevante que yo conozca, los Estados Unidos eran vistos como mítica personificación del mal en sus más pintorescas modalidades. El antiamericanismo español hunde raíces muy hondas en el confín de lo siglos XIX y XX. Como si, de modo enfermo, un onánico resentimiento nacional viniera ligado a ese nacer de la España contemporánea que marca el desastre de 1898: la pérdida de Cuba y el fin de la última migaja de imperio.
Todo sigue, en lo básico, igual. El bárbaro primitivismo de tanto canalla analfabeto con palabra pública, connota, en modo casi transparente, el ataque contra Nueva York y Washington como la justa humillación que los parias de la tierra vendrían a infligir al genocida universal. Entre la diatriba del Gran Satán que los mullahs entonan y el lamento por las supuestas maldades de un Bush a la espera de hundir el universo en sádico holocausto que canturrea tanto comentarista local con pretensión de izquierda, hay una idéntica amalgama de mala fe e ignorancia.
Nadie parece recordar cosas muy elementales acerca de ese supuesto “intemporal liberticidio yanky”, que invoca tanto suicida cantor de la OLP.
Cosas muy elementales. Que, sin el ejército americano, Europa habría sido barrida por la tan modélicamente libertaria y antisionista Alemania nazi en unos pocos meses. Que, sin el ejército americano, Europa hubiera sido náufraga del tan antisionista hiperdemocratismo staliniano, en aún menos tiempo.
Al calor de la guerra fría, el integrismo islámico se constituyó en perro de guardia alternativamente utilizado por los contendientes. Hoy, el perro es un monstruo hipertrofiado por los petrodólares. Al lado de sus hazañas políticas, nazismo y stalinismo resultan fantásticamente progresistas. Durante los últimos veinte años, hemos soñado con que Israel sólo cargase con el coste de sus mordeduras. Ha sido estúpido y suicida. Mucho hace que debió ser aniquilado: cuando aún el coste era razonable. Ahora, es tarde. Habrá que hacerlo, de todos modos, en términos de vida o muerte. Y, nadie se engañe, el precio a pagar será el peor desde 1945.

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