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Columna publicada el 13-08-2003
Deben de ser manías mías, no lo oculto: con el paso de los años, las manías acaban por ser lo único irrenunciable de nuestras vidas. Manías, pues. Séanme tomadas con benevolencia. No se nace en vano cuando yo nací y no soporta uno la mitad de su vida bajo las mitologías impuestas del franquismo sin salir malherido en sus neuronas.
Manías. Pero el caso es que, el otro día, mientras miraba, en el televisor sin sonido de un bar, las imágenes de Otegi, la manifestación extrañamente autorizada del domingo, la bandera ardiendo (el chiste tontorrón no lo oí, pero lo había leído ya en la prensa, nunca estuve dotado para los chistes), nada de aquello me afectó demasiado: lo de siempre, lo de cada verano, lo de casi cada día en esta locura vasca que empieza a perderse ya en las sombras de mis años jóvenes. Había una rareza, sí: la de los jueces; pero, después de Bacigalupo, nada ni nadie puede resultar ya raro en la magistratura española.
Luego vino lo otro. Y ahí, sí, algo indefinido me dejó literalmente sin aliento. Una enorme bandera cuatribarrada (que fue emblema de partido del PNV antes de ser impuesta como universal del País Vasco) ondeaba en horizontal, sostenida, a modo de sudario, por un numeroso grupo de impecables jovencitas. Vestían impolutos trajes de campesina de diseño, que realzaban, casi irónicamente, su más que obvia condición urbana.
No hube de pensar mucho para reconocer el origen de mi malestar: son los coros y danzas, me dije. Y todas las siniestreces neofolclóricas con que el franquismo prolongara los delirios más perseverantes de los fascismos europeos, los que soñaban inventar identidades bien enraizadas en la tierra a cualquier coste, se me vinieron encima. La angustia se me hizo insoportable. Pero ya sé, ya sé que eso son tan sólo obsesiones mías. Nada.

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