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Columna publicada el 08-06-2004
Maquiavelo era un sabio. Y una de las más pasmosas inteligencias políticas de un tiempo y una geografía sobresaturados de diplomáticos deslumbrantes. Él, que de política lo supo todo, cifra el arte de ese milagro florentino, en una conmovedora carta al, antaño poderoso, Piero Soderini, después de la caída de ambos: “aquel que fuese lo bastante sabio para conocer los tiempos y las circunstancias y ajustarse a ellos, tendría siempre a la fortuna de su lado, se hallaría siempre al abrigo de la desdicha, y haría verdadero el dicho de que el sabio impone su mando a las estrellas y a los hechos”.
En política, ignorar plazos y circunstancias es ser, sin más, un necio.
Moratinos no es ciertamente un sabio. De ahí a la estupidez total, hay, sin embargo, un trecho. Porque hasta la tontez más exuberante puede ser camuflada con un poquitín de discreción. El silencio es, las más de las veces, virtud mayor de los profesionales de la cosa diplomática.
Pero a Moratinos le pirra eso de hablar. Aunque sea para exhibir la propia incompetencia. Ejemplo, ayer. Francia acababa de sellar su acuerdo con británicos y estadounidenses para la aprobación de una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU favorable a la participación internacional en la consolidación de la democracia en Irak. Justo lo que el tan insensato Zapatero proclamó metafísicamente imposible. Era el momento de guardar silencio y de ir preparando una discreta rectificación del disparate cometido. Después de las elecciones europeas, por supuesto, para evitar la fuga del precioso voto antiamericano que llevó a los de Rubalcaba hasta la Moncloa. Ni tiempos ni circunstancias fueron bien medidos, en la ridícula retirada española. La tarea diplomática debiera, pues, ajustarse a desdibujar la pifia.
Pero está claro que Moratinos no es Maquiavelo. Ni siquiera un pequeño funcionario florentino de quinta fila. “Nos adelantamos en el tiempo, al retirar las tropas”, reivindicaba ayer, como un mérito, sin darse cuenta de que no hay mayor desastre que el de una política internacional desajustada en sus plazos. A Moratinos alguien –tal vez, el tan amado colega Arafat – ha debido contarle eso tan inteligente de que, cuando la realidad no se ajusta a tus designios, no hay más que borrar la realidad. Y, con la mayor frescura, repetía ayer ese casi clínico delirio, conforme al cual “la evaluación socialista de los contactos informales de antes de tomar posesión demuestran que la ONU no se hace con la plena responsabilidad política y militar del proceso de transición”. ¡Pues menos mal que lo “demuestran”! Ahora, justo ahora, cuando todos se han puesto de acuerdo en pactar esas responsabilidades. Y cuando el carcajeante patrón de Moratinos se ha quedado tirado en medio de la pajolera calle.
En la Florencia de inicio del siglo XVI, lo hubieran tomado por un descerebrado. En la España de Bono y sus conmovedores retoños, a lo mejor hasta lo condecoran.

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