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Sabino Arana

Por una edición nacional de sus obras completas

Lo estupendo no es, desde luego que Arana, Sabino, fuera imbécil —o paranoide, o mala gente, o todo junto. Imbéciles, paranoides y canallas, das una patada en el suelo y salen varias toneladas en cualquier paraje o tiempo del planeta. Ser canalla, paranoide, imbécil es lo más natural en nuestra subespecie de orangutanes moral y neuronalmente degenerados.
 
Lo estupendo es que la desternillante grafomanía de aquel pobre descerebrado acabara constituyendo doctrina. Doctrina, en sentido propio: mucho más cerca de los usos chamánicos o de las supersticiones eclesiales que de nada que tenga demasiado que ver con una política post-ilustrada. Y que, un siglo después, la iglesia acogida a su patronazgo, bajo el nombre de PNV-EAJ, no sólo persevere en los trances delirantes del fundador visionario, sino que haya, en lo esencial, triunfado programáticamente. Ha inventado una neolengua —ese adefesio artificioso, al cual no encaja otro nombre que el de batúa y que bien poco tiene que ver con las lenguas locales que toma como referencia—; ha logrado hacer pasar por milenarios ritos, liturgias, coros y danzas, ideados por el padre fundador y sus constructores de tribu hace apenas un siglo; ha identificado hasta tal punto su propia realidad de secta con la del país inventado que ya a nadie se le pasa siquiera por la cabeza preguntarse si es normal que un supuesto país adopte como bandera la del partido de quienes lo inventan. Y, en medio de su éxito, fascina que no haya ni siquiera intentado el PNV quitarse de encima la lacra —que debería ser letal en cualquier sociedad moderna— de  un fundador loco como una cabra y obsesionado por fobias fálicas y racistas que hubieran dado vergüenza, en los años treinta, a cualquier hitleriano culto (que los hubo, sin  que ello redujera un átomo su entidad asesina).
 
La paradoja es, sin embargo, fantástica. Todos los movimientos políticos modernos viven sobre la mitificación del Padre originario. Y todos buscan dotarle de una perennidad que le vendría dada, esencialmente, por la sabiduría intemporal de sus escritos. Lenin o Stalin fueron abrumadoramente editados en todos los idiomas —aún los más inaccesibles— por las ediciones en lenguas extranjeras de Moscú. Ídem, con Mao. La Alemania nazi hizo del Mein Kampf de Hitler, no sólo el best-seller indiscutido de la lengua alemana, sino también objeto de traducciones casi tan universales como las moscovitas de los mismos años. Hasta de un analfabeto funcional como el General Franco, se ocuparon acólitos fervientes en hacer sistemáticas recopilaciones de pensamientos o discursos que, rebuscadas hoy en librerías de viejo, son gran regocijo del lector mínimamente bienhumorado. Arana —a la postre, no precisamente el menos exitoso de los chamanes de su tiempo— es la sola excepción. Ni edición completa, ni obras escogidas, ni antología siquiera hallable en el mercado. El PNV oculta hasta la última coma de lo escrito por un pobre hombre que sólo fue en su vida carne de manicomio; grafómano, por añadidura, sobre todo en sus últimos años. Y su éxito como santo laico de la nación vasca —en su momento, se buscó su canonización de veras— depende precisamente de la hermeticidad de ese ocultamiento de lo que no llega ni siquiera a la altura de una ideología nazi o racista seria; de lo que no es más que esa cosa semiexcremencial que segregan las neuronas de ciertos psicóticos.
 
Y así andamos. Y ya va siendo hora de que alguna institución benévola —ya que no lo hace el Ministerio de Cultura, que es a quien correspondería, en derecho, la tarea— ponga coto a este hilarante malentendido. Una edición accesible de las alucinaciones puestas sobre papel por Sabino Arana sería más eficaz —política, como moral, como culturalmente— que todas las aplicaciones del artículo 155 en el país vasco. La lectura de eso no la aguanta ni Ibarreche. Sin sufrir un colapso.
 

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