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Columna publicada el 06-01-2004
Cuando, allá por el final de los sesenta, la OLP inventó el secuestro de aviones como arma política, la aviación comercial era un territorio indefenso. Nadie había contado seriamente con la posibilidad de gentes tan dementes como para chantajear a un Gobierno a costa de la vida de cientos de anónimos ciudadanos ajenos al conflicto.
Fue altamente rentable en sus primeros tiempos. Luego, los más vulnerables a aquel tipo de acciones, los israelíes, se blindaron. De objetivo prioritario de los hombres de Arafat o de aquellas sucursales locales del KGB que fueron el FPLP y el FDPLP, El Al pasó a convertirse en fortaleza casi inexpugnable. Y el aeropuerto de Tel-Aviv, tras la demencial matanza de civiles ejecutada por los arafatistas japoneses del Ejército Rojo, se impermeabilizó.
No tiene maldita la gracia, es cierto. Ni lo de saber que en tu avión viajan camuflados agentes especiales, ni lo de que antes de salir del aeropuerto Ben Gurión debas pasar un largo y desazonador trámite de interrogatorio y, en su caso, registro. Pero menos gracia tiene que tu avión se desintegre. Mientras gentes como Arafat o como Laden existan, el estricto control de los aviones es un deber de Estado. Y, en eso, los sindicatos de pilotos y las compañías aéreas no tienen que decir nada. Literalmente, nada. O aceptan o dejan de volar. La seguridad ciudadana es una obligación del Estado para con sus contribuyentes. Nadie puede interferir en eso.
Vivimos tiempos de guerra. Conviene no olvidarlo. Ni el 11 de septiembre fue una acción aislada, ni las campañas de Afganistán e Irak, aun triunfantes, pueden dar por solventado el conflicto. Una fuente financiera casi inagotable, Arabia Saudí y los Emiratos, mantiene en pie la red militar clandestina más operativa en la historia reciente del terrorismo, con soporte operativo en los servicios de inteligencia de diversas dictaduras islámicas. Si alguien piensa que a una fuerza irregular de ese tipo van a detenerla los escrúpulos ante la matanza de inocentes, es que no se ha enterado de en qué mundo vivimos. Sólo un control militar riguroso podrá devolver a los aviones de pasajeros —hoy, objetivo prioritario del islamismo— la mínima seguridad sin la cual la aviación civil no levantará jamás cabeza.
A todos nos gustaría vivir en paz y sin controles. Pero estamos en la guerra; la guerra santa, que una fracción relevante del Islam declaró a la modernidad capitalista el 11 de septiembre de 2001. Y, en la guerra, los objetivos militares deben ser protegidos. Más aún, si esos objetivos militares son —y tal es la peculiaridad de este conflicto— población civil. La protección total de los aviones de pasajeros no es, hoy, conveniente. Es necesaria. Inaplazable, pues.

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