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Columna publicada el 27-01-2004
Maragall cambia de cartera a Carod; el tripartito sigue. Y a eso se reduce la fulminación de ERC exigida ayer por Zapatero. Nadie lo dude, el secretario general del PSOE tragará eso. Como lo ha ido tragando todo en los últimos dos años.
Se pudo interpretar la política del Partido Socialista de Zapatero, inicialmente, como una puerta abierta a la voladura del Estado. Siempre pensé que, de serlo, lo sería a través de una voladura previa: la del partido. Nada hay de extraño en eso: los partidos son maquetas, a escala, del Estado en función de cuya apropiación trazan su red organizativa e institucional. Los sucesivos pasos, después del fracaso de la apuesta de desplazar al PNV en las autonómicas vascas de hace un par de años, no dejaban lugar a equívoco: el PSOE avanzaba, a toda máquina, hacia su disolución como partido nacional y su progresivo desplazamiento por una red de partidos locales, de corte y funcionamiento manifiestamente caciquil.
El anacronismo de ese modelo era tal, que hasta sus más explícitos adversarios pasaron a juzgar esa palpable tendencia a la pulverización como un riesgo colectivo, cuando no una tragedia. Pero lamentar, en política, no conduce a gran cosa. Y la tendencia material, desencadenada por la incompetente dirección de Zapatero, no deja equívoco. Luego de la defenestración de Redondo y del inicio de la apertura de ventanas hacia el horizonte de Ibarreche, vino el Prestige, y la complacida insensatez de buscar cargar sobre la administración española el manifiesto delito de la mafia rusa. A continuación, el mayor disparate cometido por un partido “de orden” español en los últimos decenios: la carga en tromba contra un Gobierno nacional envuelto en el envite de derrocar a una de las dictaduras más sangrientas del planeta. Si alguien esperaba sacar de eso rentabilidad electoral, estaba perfectamente loco. La ofensiva contra el Estado, cuando éste se halla confrontado a conflictos en los que se juega la identidad nacional, puede mover espectaculares acciones de calle; pero genera un repliegue, entre temeroso y escandalizado, por parte de los electores, que ven a la oposición asumir un riesgo, moral como materialmente, inaceptable.
A parir de ahí, el horizonte electoral del PSOE, quedaba bloqueado; verosímilmente, para un período largo. Y el bloqueo de un partido tiene consecuencias laborales funestas para sus funcionarios. Un sencillísimo cálculo llevó a franjas enteras de ese funcionariado a hacerse un mapa de la situación bastante realista: el control de la administración –y, ante todo, el de los presupuestos–seguía estando blindado en tres autonomías (Castilla-La Mancha, Andalucía y Extremadura), y era alcanzable, mediante pactos que, al final, se han revelado letales, en Cataluña. El precio a pagar era el partido. Se pagaba. Y punto.
Demasiadas veces, a lo largo de los últimos dos años, se ha repetido el lamento por el drama que supondría la desaparición del PSOE como partido nacional. De poco sirven los lamentos en política. Y lo que ya sucedió, no cambiará por negarlo. Hace tiempo que vengo analizando aquí hasta qué punto ya no hay PSOE. La esgrima de Maragall y Zapatero, con un alucinado Carod al fondo, ratifica lo consumado. Se acabó. Alcemos acta. Todo es efímero. También los partidos políticos. Aunque sus dirigentes nunca acepten que algo así pueda llegar a sucederles a ellos.

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