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Columna publicada el 17-02-2004
África se muere. No es nuevo. La muerte y África perseveran en una cita de siglos. Mas nada tiene que ver, ésta de ahora, con la mortandad de los peores años esclavistas. Ni siquiera aquel bárbaro monarca belga que fuera propietario, en el Congo, de tierras y animales humanos, logró niveles de exterminio comparables a éstos que arrasan, hoy, el continente.
El sida devora África de costa o costa. No bastaba el hambre, la miseria; no bastaba que al despotismo colonial haya seguido, en sus forma más primitivas y más brutales, el retorno de tribalismos sin otro objetivo que el de exterminar a los del tótem enemigo; no bastaba la destrucción de hasta la última infraestructura moderna legada por las potencias coloniales; no bastaba haber hecho, en escasas décadas, de las independencias instrumentos de regresión a economías precapitalistas y consiguientes hambrunas. Era preciso consumar el último paso. Y enterrar, junto al odiado hombre blanco, todas y cada una de sus herencias: la medicina, también. Y la farmacopea.
Es el retorno de los brujos. Siempre estuvieron ahí, desde luego. Pero los hospitales, bien que mal funcionaban, y eran tolerados los antibióticos. Sudáfrica, hasta hace bien poco monstruosa amalgama hiperracismo e hipermodernidad, poseía una red hospitalaria a años luz de lo que es convención llamar tercer mundo; su medicina era prestigiosa y sus hospitales bastante equiparables a los europeos. Al menos, para los privilegiados que tenían acceso a ellos. El privilegio se ha roto. Hoy, la igualdad es perfecta. Y la Sudáfrica de las modélicas transiciones, liberada de usos médicos foráneos, es sólo tierra de brujos. Y sobre cinco millones censados de seropositivos, 15.000 en tratamiento.
Hace unos pocos días, la ministra de salud sudafricana, Manto Tshabalala-Msimang, expresaba su malhumor frente a los insolentes enfermos de sida que solicitaban fármacos similares a esos que, en todo el mundo, han logrado, al menos, si no curar, sí conceder una vida aceptable a los infectados. Es difícil dar datos rigurosos, pero todo parece confirmar cifras de más del 40% de seropositividad en el África negra. Y la ministra, Manto Thabala-Msimang, juzga insufrible que a esos cinco millones de ciudadanos suyos se les antoje el capricho de consumir decadentes fármacos racistas para blancos. Esos fármacos que sólo favorecen la imperialista imagen de superioridad de los viejos colonialistas, y que buscan sangrar económicamente a un país caído desde la opulencia a la ruina en el vertiginoso curso de una pluscuamperfecta transición política.
Y el gobierno sudafricano ha dictado la salvaguardia de las culturas locales. ¿Los antiretrovirales? –Engaños racistas. El sida sólo viene del acomplejado abandono de la buena cocina tradicional africana. Un complot en suma de la industria farmacéutica mundial. La cura del sida está garantizada por la receta chamánica de la ministra Manto Thabala-Msimang: ajo, mucho ajo. “El ajo es crítico para la nutrición”, proclama su campaña contra la pandemia. “Una cucharada de aceite de oliva, limón lavado y con la piel entera. Remolacha además, porque es muy importante para el sistema inmunitario”. Y se acabó la plaga. Si es que existió alguna vez. Como todo el mundo sabe, y la ministra Thabala-Msimang enseña —con el respaldo entusiasta del Presidente Thabo Mbeki—, el sida no ha sido más que un invento de los imperialistas blancos.
Ajo, mucho ajo. Y agua. Más una pizca de limón y remolacha. El paraíso. Ahora.

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