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Columna publicada el 02-04-2002
Arzallus siempre engaña. El hombre que mejor reivindica el vascuence con acento de Vallecas posee –y nadie como él lo despliega en la política española— el arte refinadísimo del contralenguaje. Lenguaraz hasta el hastío, allá donde calla todo. Silente en los hechos. Sabedor de que nada oculta tan impermeablemente lo real como un buen muro de palabras.
La entrevista de ayer en la Televisión local del PNV (Euskal Telebista, con k y con b, creo que se llama) es una pieza maestra de ese arte de enmascarar en el festivo envoltorio de un campechano delirio lo más grave: una estrategia política tan bien trabada cuanto mortífera.
El PNV, dijo, “avanza” hacia la autodeterminación y “si sigue la tendencia, si ETA sigue haciendo el ridículo y se le va más gente, y llegamos a los 800.000 votos, estaremos ya muy cerca de muchas cosas democráticamente, salvo que nos vengan por la fuerza”. La fuerza, ya se sabe, es la pintoresca tesis desarrollada el fin de semana pasado y conforme a la cual en caso de desaparición de ETA el ejército español ocuparía las provincias vascongadas.
Avanza, aclara Arzallus, conforme a un progresión fatal. 1) El presidente autónomo vasco (ese señor de vocación translúcida llamado Ibarreche) tiene “un programa muy claro”, en el cual “la autodeterminación está clarísima”. 2) El presidente autónomo vasco (ese señor que hace en silencio lo que su mentor bocazas proclama en Telebista) “tiene en la cabeza alguna forma de consulta” sobre la autodeterminación. 3) Como el mentor y su chico de confianza son la mar de listillos y saben que “el cómo y el cuándo” lo deciden todo, el tal referéndum sólo se convocará en el momento en que los alegres aizkolaris tengan perfecta certeza de controlar al cien por cien las urnas: “Ibarreche es lo suficientemente inteligente y práctico para saber que nada se convoca para perder”.
En efecto, perder es cosa de tontos. Una posibilidad que sólo aceptan los demócratas y otros antinacionalistas de diverso cuño. O aquel Borges tan necio que proclamó alguna vez la superioridad estética del vencido.
El discurso de Arzallus es delirante. Conforme. Nadie piense, sin embargo, que Arzallus lo es. No. Formular un disparate –y formularlo como disparate— es poner las condiciones retóricas de la normalización de lo analíticamente inaceptable. Y hacer que resulte “gracioso” –siempre hay esa tentación de reír las mayores majaderías en la boca de un loco— antes de pasar a consagrarlas como evidencia.
Sometido a análisis, todo es un disparate. Ni la “auto-determinación” es cosa de derecho (de serlo, sería “auto-nomía”, a poco que las palabras signifiquen algo) sino de fuerza (determinatio), ni un presidente autonómico tiene potestad para convocar referéndum de secesión alguno, ni existe proceso secesionista unilateral que no pase a través de la puesta en marcha de dispositivos militares adecuados. Tras ese disparate, late, sin embargo, una estrategia soberanamente inteligente: dar por sentada la inevitabilidad de algo es, de algún modo, hacerlo inevitable.
Cuidado con la risa. No es un loco el que habla.

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