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Columna publicada el 24-06-2003
Emergida la realidad de la Federación socialista madrileña, la de un campo de batalla entre diversos gangs inmobiliarios, alguien ya, a estas alturas, ha perdido: José Luis Rodríguez Zapatero. Todo lo demás queda en el aire aún. Zapatero está muerto. Cuanto más tarden sus conmilitones en enterrarlo, mayor será el castigo que su electorado hará pagar a un partido que todos sabían corrupto hasta la médula, pero al que casi todos suponían la bastante profesionalidad para mantener esa corrupción en el fondo de las tinieblas inextricables, cuya navegación es lo propio del sórdido oficio de político. Un político puede ser corrupto. No exhibirlo.
Y, sin embargo, había precedentes. González se fue al garete por no cuidarse bien de seguir pagando con escrúpulo el silencio de Amedo y de Domínguez. Y el crimen de Estado lo salpicó todo de estiércol, y un ministro del Interior acabó en la cárcel, nada más que por la tosca mezquindad de ahorrarse unas pocas pesetillas. Lo de ahora no eran unas pocas pesetillas: alguna mollar consejería negociada antes de las elecciones.
Simancas quiere ser Presidente. Es la ocasión de su vida; no tendrá otra. Llamazares e IU lo desean aún más: al fin el momento de tocar cacho, a imagen del colega Madrazo con el PNV. Pero trincar la parte propia, en una situación como ésta, no existe posibilidad alguna de que salga gratis. Alguien va a pagar la cuenta.
José Luis Rodríguez Zapatero fue aupado a la secretaría general del PSOE, pasando por encima de la cabeza de Bono, merced al clan inmobiliario de Balbás y Tamayo, quien fue custodio oficial de sus apoyos.
José Luis Rodríguez Zapatero –y, a su través González– pudo imponer a la sobrina de Jiménez Villarejo como candidata al ayuntamiento de Madrid merced al clan inmobiliario de Balbás y Tamayo (el cual, hasta cargó personalmente con el importe de las cuotas impagadas por la olvidadiza elegible).
José Luis Rodríguez Zapatero ha perdido la ocasión de su vida: disolver la monumental sentina que es la FSM, aprovechando el escándalo de Blanco, Balbás, Simancas, Tamayo y Sáez. De haberlo hecho, hubiera podido abrir en el PSOE el proceso de desgonzalización jamás ejecutado; el único después del cual las siglas socialistas podrían aspirar a recuperar una respetabilidad de la cual fueron despojadas por años de crimen y robo de Estado.
José Luis Rodríguez Zapatero ha exhibido lo más imperdonable en un político: incapacidad de controlar a los suyos: en Madrid como en Navarra o en San Sebastián. José Luis Rodríguez Zapatero es un cadáver.
Pase lo que pase ya con la Presidencia de la Autonomía Madrileña, el PSOE acaba de perder las elecciones generales del año 2004. Lo saben todos. Hasta el pobre Zapatero.

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