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Columna publicada el 08-07-2005
La amenaza económica del protocolo de Kioto sigue su curso: avanza inexorable en forma de penalizaciones sobre los teóricos agentes contaminantes (como si esas penalizaciones no tuvieran efectos devastadores para todo el mundo), que son, claro está, las empresas de los países más prósperos; en otras palabras, los que han desarrollado más las tecnologías sustitutivas de fuentes de energía, pues si algo está demostrado, es que los países que más han avanzado en los últimos treinta y tantos años (fecha de la primera crisis del petróleo) son los que mejor se han adaptado tecnológicamente. Ahora, incluso el G-8 coquetea con la idea del calentamiento causado por el hombre, con la esperanza, errónea, de que asumiendo los argumentos de los ecologistas conseguirán dominar los efectos en la opinión pública.
Todo esto no lleva más que a suministrar coartadas para una mayor injerencia de los poderes públicos, con devastadores efectos en el crecimiento de la economía, concepto éste totalmente en descrédito, despreciado por una opinión pública que parece haber asumido que ya hemos alcanzado un nivel de bienestar razonable, y que ahora lo que hay que hacer es compartirlo con los pobres. Los gobiernos del G-8 deberían predicar sin ambigüedades que la única solución para disminuir la contaminación es que el mercado libre señale el precio real de los recursos, y que esos precios incentiven nuevos métodos de producción y nuevas fuentes de energía. Además, dichos gobiernos deberían decir a la población mundial que el efecto invernadero está muy lejos de ser probado, y que tantos datos o más hay en contra como a favor de una tesis que se ha convertido en una fuente de producir angustia y sacar rentabilidad electoral y económica del catastrofismo.
Esto es recurrente en la historia de la humanidad: el profetismo angustiado de calamidades y milenarismos siempre ha cosechado adeptos y fanáticos, pero al menos esas profecías eran místicas, y no tenían esa pátina de racionalismo científico tan elocuente hoy para la gran mayoría, que acepta la consigna al pie de la letra sin pararse a contrastarla con opiniones contrarias tan rigurosas, al menos, como la que le están vendiendo. Podría decirse que es una nueva religión que ha venido a sustituir a la fuente de angustia tradicional, que era el miedo al infierno. Los antisistema ya no predican, parece ser, el paraíso en la tierra que propugnaba el marxismo, sino el lado negativo de la moneda falsa: la angustia de un infierno que, como no podía ser menos, es causado por el capitalismo. Lamentablemente, los gobiernos ya no hacen pedagogía, sino que se suben al carro de la consigna e intentan que se oriente a su favor
Luis Hernández Arroyo es autor del blog Cuaderno de Arena.

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