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Batacazo a la vista

Rajoy cree que el efecto Ciudadanos es coyuntural en el tiempo y en el espacio -hoy y en Cataluña- y que se desvanecerá como un espejismo cuando haya que votar.

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Pedro Sánchez y Mariano Rajoy | EFE

A veces llamo de oficio a los pocos amigos que aún se me ponen al teléfono en el PP y les pregunto con rutinario desinterés cómo ven las cosas en su partido. Las respuestas suelen ser de dos clases. Primero están las que siguen el guión del argumentario. Suelen ser conversaciones aburridas: generalidades autoexculpatorias, predicciones buenistas y razonamientos poco aristotélicos. Hay algunos, no sé si incapaces de pensar por sí mismos o temerosos de hacerlo para no caer en depresión, que se creen lo que dicen y porfían durante las réplicas como esforzados proselitistas del buen juicio de Rajoy, a quien Dios debe guardar muchos años por el bien de España. Otros cumplen el trámite sin ningún convencimiento movidos por el interés superior de no meterse en líos, tan propio del estilo de la casa.

La segunda clase de respuestas, minoritarias pero con tendencia a crecer exponencialmente desde la debacle catalana, proceden de criterios personales críticos con los mensajes que destilan los alquimistas del pensamiento oficial. La mayoría de esa gente está horrorizada. El futuro les aterra. Dan por segura la catástrofe electoral y no descartan que el futuro les confine en la irrelevancia. Es gente lúcida, pero resignada. A la pregunta de por qué no se animan a abrir un debate interno que pueda promover soluciones cautelares la respuesta es demoledora.

Mi último interlocutor me dijo que Rajoy fulmina a los pesimistas y que no hay nadie en su sano juicio que quiera inmolarse por una causa imposible. "Ni conseguiría abrir el debate, porque hay una ley no escrita en este partido que los prohíbe bajo amenaza de ostracismo, ni tendría la más mínima posibilidad de torcer la voluntad de Rajoy. Aquí todo el mundo dice amén a lo que dice el de arriba". Le miré con ganas de darle el pésame y él, agradecido por el gesto caritativo, me regaló el rumor de que se estaba preparando un cambio de ministros para los próximos días. "Parece ser -me aclaró en tono confidencial- que le han convencido para que anuncie en la Junta Directiva del lunes la incorporación al Gobierno de algunos pesos pesados de la estructura territorial del partido. Necesitamos un impulso. O despertamos o nos vamos a la mierda".

La hipótesis de la mierda no es descartable, desde luego. La encuesta de Metroscopia que conocimos el viernes marca ese camino. Y la del ABC que acabamos de conocer, también. Y la de El Español de hace unos días, lo mismo. Me contó mi amigo que hasta Pedro Arriola maneja datos, en su laboratorio de probetas demoscópicas de doctor Bacterio, que ponen los pelos como escarpias. Ante ese cúmulo de predicciones catastróficas no cabe duda de que Rajoy debería atender la demanda de darle a la acción del Gobierno un nuevo impulso político. En ese razonamiento se basan los más optimistas para pronosticar la crisis ministerial. Sin embargo, yo no creo que la haga.

En primer lugar porque a Rajoy el Gobierno siempre le ha parecido una institución, como todas las colegiadas, manifiestamente irrelevante. En segundo lugar porque no se me ocurre -más allá del socorrido nombre de Núñez Feijoo- ningún recambio que pueda darle al banco azul la solvencia política que se le reclama. El PP es un partido que renunció hace mucho a la excelencia de sus líderes. Y en tercer lugar porque el presidente del Gobierno no cree, en el fondo, que haya ninguna necesidad de impulsar políticas renovadas. Lo suyo es el trantrán, la resistencia y las debilidades ajenas.

Él sabe, porque tonto no es, que si sigue en el poder no es por su capacidad de ilusionar a los votantes, sino por el miedo que despierta en un amplio sector de la sociedad la alternativa sociocomunista de Iglesias y Sánchez. Cree que le basta con sacudir ese espantajo para ahuyentar a los descontentos de la tentación de dejar de votarle. A su juicio no se trata tanto de sumar nuevos apoyos a su proyecto político, sino de evitar que los sume el adversario. Por eso lo ha fiado casi todo a promover el voto del miedo favoreciendo a Podemos.

Lo que me cuentan mis espías paraguayos es que Rajoy sigue convencido de que la estrategia que le ha traído hasta aquí sigue siendo válida y que sería un error cambiarla por otra. Cree que el efecto Ciudadanos es coyuntural en el tiempo y en el espacio -hoy y en Cataluña- y que se desvanecerá como un espejismo cuando que haya que votar en los municipios y las comunidades autónomas del resto de España. Sin embargo, yo creo que se equivoca.

Si leyera de otra forma los datos electorales -tanto los que se han verificado en Cataluña como los que barajan las encuestas que se están publicando estos días- se daría cuenta de que los españoles están muy descontentos con el modelo bipartidista que ha imperado hasta ahora en la política española y que el núcleo duro del electorado del PP, el de los fieles pensionistas de la España rural, ha comenzado a migrar al partido de Rivera.

El PSC no se benefició en Cataluña del bajón de Podemos, lo que significa que las ganancias que obtuvo por ese lado no compensaron las pérdidas que cosechó por el otro. No es solo el PP quien se está quedando sin votantes moderados. Al PSOE le pasa lo mismo. Por eso el bipartidismo está seriamente amenazado. Los problemas actuales no se perciben como la consecuencia directa de la gestión de populares o socialistas, sino como resultado de la sucesión de alternancias que se han producido desde el 77 hasta ahora. Ni unos ni otros han sido capaces de resolver los problemas estructurales a los que nos enfrentamos. Ha llegado el momento de cambiar de apuesta. Las anteriores apenas dejan sitio para la esperanza.

Rivera no era percibido hasta ahora como un recambio razonable porque su base electoral, urbana, joven y culta, aun no había logrado romper lo que los expertos llaman la barrera digital -la de las nuevas tecnologías- y extenderse entre los ciudadanos de más edad y menos estudios, agrupados en poblaciones pequeñas, que dan y quitan las mayorías parlamentarias. Pero eso ha empezado a cambiar. Una lectura medianamente atenta de las últimas encuestas así lo demuestra. El PP se está quedando sin la tarima del suelo que le ha sostenido en los momentos difíciles.

¿Será capaz Rajoy de darse cuenta a tiempo para evitar el batacazo que se avista? Para eso sería necesario que aprendiera a escuchar. A escuchar a todos. Incluso a los pesimistas. Y que éstos, por supuesto, le perdieran el miedo a decir lo que piensan. Vamos, que sería necesario un partido democrático y un líder autocrítico. ¡Casi ná! Rivera puede dormir tranquilo.

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