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Género de terror

Los cadáveres que yacen en el suelo son los de quienes habían puesto sus intereses personales por encima de todo lo demás.

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Pedro Sánchez anuncia su dimisión | EFE

Gritos, caos, insultos, llantos, empujones… La crónica del día más amargo de la historia del PSOE tras la restauración democrática no ahorró ninguna de las emociones fuertes propias de los berrinches barriobajeros. El PSOE está roto. Se ha partido en dos. Ha saltado por los aires. Será un necio quien se alegre del desastre. Es tan denso el humo que rodea el campo de batalla que no es posible calibrar todavía con precisión la magnitud de la catástrofe. Se impone la necesidad de tomar distancia y analizar lo que está ocurriendo -esto aún no ha terminado en absoluto- pasando por encima de los detalles más grotescos de navajeo en el West Side de la izquierda española.

Ni Tarantino se hubiera atrevido a escribir el guión de la película que vimos el sábado: blasfemias contra el dios Felipe González, amenazas contra los baluartes que guardan los últimos residuos del poder territorial de un partido deshecho, imprecaciones contra las vacas sagradas de la que todavía es primera fuerza de la oposición. A pesar de sus muchas sombras, el PSOE ha sido, durante los últimos 40 años de su historia, uno de los pilares donde se ha sustentado la estabilidad democrática española. Ahora, las imágenes votivas de casi todos los líderes que lo hicieron posible están siendo profanadas por muchos de sus antiguos feligreses. El legado de Guerra, Solana, Bono, Rubalcaba, Almunia, incluso el del hombre que lo jodió todo, Rodríguez Zapatero, heredero legítimo -y pródigo- de sus egregios antecesores, está siendo apedreado, zarandeado, derribado y pateado por los instigadores de una militancia a la que el déficit institucional del partido ha conferido poderes asamblearios.

Esa es una de las cosas que está en juego, sin duda: la pervivencia de la estructura representativa de la democracia. La nueva izquierda clama por masificar las tareas directivas de la política. Rejón de muerte a teoría de la minoría selecta. Barra libre a lo que Ortega denominaba "la democracia morbosa". Con esa bandera en ristre se abrió paso Podemos entre la ruinas de la ramplona "aparatocracia" de la vida pública. La "casta", al paredón. El problema es que ese discurso era un vil engaño. En cuanto Pablo Iglesias alcanzó su objetivo de hacerse un hueco de postín en el tablero político comenzó a desandar el camino recorrido y a instaurar en su estructura organizativa todos los rigores canónicos de las viejas cúpulas partisanas. El pablismo es, corregido y aumentado, lo que fue el felipismo, o el zapaterismo, o el aznarismo, o el rajoyismo.

Sánchez pretendía recorrer el camino inverso: ir de la verticalidad institucional de los órganos del partido, sin corregir sus defectos de funcionamiento, a la horizontalidad asamblearia del clamor bélico de las bases. Pero no para transferirles el poder de decisión -eso era una patraña-, sino para recibir de ellas una suerte de legitimidad omnímoda que le permitiera regresar después, al más puro estilo podemita, al control férrero, monárquico, caudillista, de la fortaleza conquistada. Su grito de guerra para arengar a la militancia era "o yo o un gobierno de Rajoy". Y ahí radica precisamente, me parece a mí, la madre del cordero.

Lo que estaba en juego en el Comité Federal del sábado no era otra cosa que una pura batalla de poder. De poder a cualquier precio. Sánchez sabía, como todo hijo de vecino, que unas terceras elecciones iban a ser apocalípticas para su partido, ya pulverizado electoralmente en las dos anteriores, y en consecuencia también para su propio liderazgo. No creo que la idea de tener que abandonar el escenario político por la puerta de atrás, como un difunto de tercera que ha convertido el PSOE en un camposanto sin hálito de vida, le hiciera ninguna gracia. Sus planes no pasaban por ese suicidio cutre, sin grandeza alguna, propio de un loco que ha llevado a los suyos al abismo. Estoy convencido de que, en el telar de la rebotica, ya tenía tejida una mayoría parlamentaria con Podemos y los partidos soberanistas catalanes. Iceta lo confesó en público. Esa coalición a lo Frankenstein no sólo hubiera evitado la repetición electoral, sino que además le hubiera abierto las puertas del Gobierno y le hubiera aherrojado durante el resto de la legislatura a la secretaría general de su partido.

Para consumar el plan necesitaba, además del concurso de los socios independentistas, la liquidación de la resistencia interna que le impedía avanzar en esa fatídica dirección. Y de eso iba el Comité Federal. Sólo de eso. De ganar el duelo al sol que le enfrentaba a Susana Díaz, la aduanera de las famosas líneas rojas que ella misma había impuesto envuelta en la bandera nacional, y a los barones territoriales que la respaldaban. Desde ese punto de vista, la derrota de Sánchez es una buena noticia. Pensando en los intereses razonables de la mayoría, y dado que era inevitable que hubiera muertos y supervivientes, el saldo del tiroteo sabatino es el más razonable de los posibles. Los cadáveres que yacen en el suelo son los de quienes habían puesto sus intereses personales por encima de todo lo demás.

A partir de ahora, el camino a una salida pactada se despeja. Sería absurdo que la catarsis sangrienta de Ferraz no ayudara a desbloquear el atasco político que vive España desde hace casi un año. La batalla socialista la han perdido los apóstoles del único gobierno alternativo posible y ahora sólo quedan en pie dos opciones excluyentes: o PP con la abstención del PSOE o terceras elecciones. Si el Comité Federal que tiene que deshojar esa margarita el próximo sábado mantuviera el "no es no" de Pedro Sánchez, el partido estaría abocado a quemar a otro candidato en una batalla electoral abiertamente suicida. Lo razonable es pensar que, a estas alturas, algún José Enrique Serrano de la nueva situación haya comenzado a negociar con el PP, entre bambalinas, alguna contrapartida a la abstención que les permita salvar la cara ante su militancia atribulada. El problema, para ellos, es que no pueden situarse por encima del mercado. Al PP no le importa demasiado una tercera consulta a las urnas, casi al contrario, y no pagará por evitarla un precio demasiado alto. Veremos en qué acaba el regateo. Entre el gratis total y la cabeza de Rajoy deberían encontrar un punto intermedio para poder avanzar hasta la siguiente casilla: el fin del impasse. Lo que nos aguarda allí ya es otra historia, aunque mucho me temo que del mismo género de terror

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