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La serpiente de Moisés

¿Es que ya se nos ha olvidado que este mismo PP estuvo a cinco minutos de acabar en el infierno de la oposición?

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El PP tiene que agradecerle a un señor de Cuenca su osadía de haberse atrevido a defender en la Caja Mágica, sin trueques transaccionales, la llamada enmienda anti-Cospedal. Suscitó un debate más vivo de lo esperado y, lo que aún es mejor, dio lugar a una votación muy reñida. A los tipos del aparato les asomó al rostro la lividez de los muertos cuando vieron que la sala se poblaba de cartulinas amarillas en señal de apoyo a la enmienda. El conteo se hizo a ojo, apresuradamente, sin las suficientes garantías, y cuando la presidencia la dio por rechazada un clamor de abucheos, sazonado con imprecaciones de tongo, se apoderó del local. Los periodistas, avisados de lo que había ocurrido a puerta cerrada, llevaron el suceso al campo abierto de las portadas. Si no llega a ser por eso, la crónica de la primera jornada del Congreso de los populares sólo hubiera merecido un humilde faldón en las tediosas páginas interiores de los periódicos.

Un perfil tan bajo sólo es propio de los partidos que pintan poco en la vida política, o de aquellos que van como un tiro y no precisan de ajustes internos para mejorar su rendimiento. Es evidente que el PP no pertenece a la primera clase. Y también lo es que se comportó como si perteneciera a la segunda. No hay que deducirlo. Fue explícito. Rajoy justificó su decisión de no introducir cambios ni en la dirección del partido ni en la bodega ideológica de su programa con el argumento de que sería una solemne estupidez modificar lo que funciona bien. Y todos aplaudieron a rabiar. La foto de hoy es la de un líder henchido de gozo, arropado por los mismos que le hubieran acuchillado si a Pablo Iglesias no le hubiera dado la ventolera de impedir la investidura de Pedro Sánchez. ¿O es que ya se nos ha olvidado que este mismo PP, el que ha hecho las cosas de maravilla, estuvo a cinco minutos de acabar en el infierno de la oposición por hacer las cosas rematadamente mal?

¿Qué habría pasado en la Caja Mágica si la incapacidad de la izquierda para llegar a acuerdos no se hubiera mostrado tan pertinaz? ¿No hubiera tenido el PP que inclinarse sobre su trayectoria para analizar los errores que la jalonaron? Lo mismo que ha vendido Rajoy estos días como la demostración de su éxito, exactamente lo mismo, hubiera sido vendido por sus detractores como la explicación de su fracaso. Más de uno hubiera leído en voz alta el pliego de cargos que los electores tuvieron en cuenta a la hora de confiarle la fuerza parlamentaria más exigua desde los tiempos de Fraga: desnutrición ideológica, incumplimiento electoral, esclerosis organizativa, inacción anti independentista, corrupción a granel. ¿En serio cree Rajoy que ese rastro merece el aplauso búlgaro de un partido obligado por él a rendirle pleitesía? ¿De verdad cree que haber conseguido 137 escaños, la galvanización del electorado y la rentabilización del miedo le da derecho a convertirse en la serpiente de bronce de Moisés?

Es un hecho históricamente demostrable que a la derecha casi siempre le ciega la arrogancia. Aznar aún cree que el PP perdió las elecciones de 2004 por el único efecto devastador del 11-M. Lo cierto sin embargo, y ahí están los datos demoscópicos para quien quiera escrutarlos, es que la altivez que exhibió durante su segundo mandato, el endiosamiento del que hizo gala a la hora de gestionar lo público y lo privado -el Gobierno y el partido- ya habían colocado al PP al borde del abismo. La victoria fácil del 2000 ante una izquierda hecha trizas se convirtió en una derrota in extremis cuando la izquierda levantó cabeza. No hay gran diferencia entre aquel Aznar y este Rajoy. Como encarnaciones faraónicas que son, se dan el gustazo de hacer lo que quieren y cuando quieren, con maneras despóticas impropias de líderes democráticos, aprovechándose de la debilidad del enemigo y de la mansedumbre del amigo.

El día que el PSOE salga de la sima y Podemos deje de meterle el miedo a los votantes moderados (¡qué gran noticia para el PP el vapuleo de Iglesias a Errejón!), Rajoy se dará cuenta de su error. Pero entonces, me temo, ya será demasiado tarde.

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