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Es importante comprender la verdadera y real naturaleza, lo mismo que las consecuencias y secuelas, del Impuesto Sobre la Renta (ISR). Todos los gastos, prestaciones e impuestos de las empresas lo pagan los clientes al comprar sus productos, pues para que exista la empresa necesariamente los dueños se tendrán que resarcir del coste de electricidad, mano de obra y sus prestaciones, otros materiales consumidos, del coste de capital y también de los impuestos. Todo ello, con excepción de los impuestos, a precios establecidos por el mercado. Al fin de cuentas, el empresario es un intermediario entre los clientes y los dueños de los recursos, los trabajadores y el Estado.
Tengamos también presente que como todos los impuestos se pagan a sacrificio del consumo, por la simple razón de que toda la producción está destinada a él, resulta que quienes pagan el impuesto ven mermada su capacidad de consumo. La pregunta es ¿el consumo de quién? Quienes ganan poco están exentos del ISR. Quienes ganan más pero no tienen capacidad de ahorro, lo pagan sacrificando su consumo, como si fuese un IVA. Y quienes ganan lo suficiente para ahorrar, generalmente lo pagan a sacrificio de sus ahorros o inversiones. Así, el ISR resulta ser un impuesto al ahorro y a la capitalización del país, de la cual depende la demanda de trabajo y la consiguiente alza de salarios. Todo ello merma la capacidad de consumo de los más pobres, por lo que en efecto resulta que ellos son quienes pagan el ISR.
Comparado con un impuesto al consumo (IVA), el ISR es mucho más costoso de cobrar y muchísimo más caro de pagar, pues dada su complejidad, para minimizar su impacto en las empresas éstas emplean mucho personal y expertos que estarían mejor ocupados en actividades productivas para la sociedad. El ISR invade la privacidad. El ISR incentiva la corrupción y, por último, el ISR fomenta el terrorismo fiscal. El IVA no es perfecto, pero no adolece de los vicios inherentes del ISR.
El ISR constituye una fuerte carga al rendimiento y productividad del capital y, por tanto, desincentiva la inversión. Para colmo, se aplica mayor tasa a los ingresos con más probabilidad de ser invertidos. Conviene reiterar que solamente las inversiones productivas aumentan el empleo, suben los salarios y los ingresos fiscales. Entonces, ¿no es absurdo expropiar los ingresos más susceptibles a ser invertidos? ¿No es cruel impedir la creación de plazas de trabajo? ¿No es ilógico impedir la creación de fuentes de ingresos?
Además, un impuesto progresivo es inmoral porque utiliza el poder coercitivo del Estado para confiscar a unos para favorecer a otros, logrando así menos desigualdad de riqueza. Es inmoral aunque sea práctica común en todo el mundo y lo recomienden el Banco Mundial y el Departamento de Estado porque el despojo por la fuerza de lo legítimamente adquirido por unos con objeto de favorecer a otros es verdaderamente inmoral. Se trata de confiscar ingresos adquiridos legítimamente, y no de lo adquirido violando derechos de otros, con violencia o fraude, lo cual compete al Código Penal. Precisamente es el honrado proceso de adquisición lo que da legitimidad al derecho de propiedad, a los ingresos de las personas y, por lo tanto, utilizar tasas discriminatorias para confiscarlos a posteriori con objeto de enriquecer a otros es claramente inmoral.
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