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Rosa Díez

Los violentos no acallaron ni la libertad ni la palabra

Pero lo intentaron. ¡Y de qué forma!

Rosa Díez tenía programada una conferencia en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Autónoma de Barcelona. Un centenar largo de jóvenes radicales, voceros del pensamiento único y políticamente correcto y gritadores de "¡Independencia!", "¡Ni Francia, ni España; Países Catalanes!". Quisieron impedirlo. Intentaron con violencia acallar la palabra en el Templo de la Libertad de Expresión. No lo consiguieron. El grito más repetido con solfa e intención de insulto fue: "¡Facha, fascista! ¡Fora, feixistes, de la universitat!". Contra Rosa y una cuarentena de seguidores.

Les gritaban "¡Fuera, fascistas!". Precisamente ellos, intolerantes, vociferantes y al más puro estilo del matón anónimo refugiado en el rebaño y con la sola, pura y dura fuerza del empujón. Pretender comulgar con la paradoja es intragable, comprender tan burda contradicción produce indigestión racional.

La sala en que Rosa había de dictar su conferencia estaba ocupada por los jóvenes del alboroto desde antes de la 12. La Sala de Actos y su puerta de acceso. Dominada la puerta, dominaban la admisión. La evidencia de juventud y su silencio permitió la entrada, sin dificultad, a algunos jóvenes cuya intención, manifestada después en los pasillos, era escuchar, enterarse y hacer preguntas. Los de alguna edad sufrimos dificultades añadidas: obstaculizar el paso, empujones (alguno dio en el suelo al ofrecer resistencia) y el reiteradamente agresivo insulto: "¡Facha, fascista! ¡Fuera de la Universidad, fuera de Cataluña!" (Detentadores ellos y sólo ellos de los derechos del territorio y de la historia).

El griterío fascistoide y el empujón excluyente se prologó por más de una hora. Y la patata caliente estaba en manos del decano quien, subido a la mesa de presidencia (los jóvenes del alboroto no estaban sentados sino pisoteando y a saltos sobre los asientos de la sala) intentó poner orden apelando a la libertad de expresión que la Universidad debe garantizar. Los vociferantes acallaron su voz y, con eficacia simple, cortaron la megafonía.

El decano entonces se dirigió al despacho donde esperaba la iputada de UPyD acompañado de Antonio Robles que una vez más le exigía arrestos para llamar a los mozos de escuadra y garantizar la seguridad de la diputada y la libertad de expresión en la universidad. "Si yo te contara... lo de los mozos de escuadra". Él mismo parecía ser víctima del complejo antipolicial heredado de la universidad franquista. O la universidad toda, vete tú a saber.

En su despacho esperaban pacientes, Rosa Díez, Carlos M.Gorriarán, Paco Pimentel, Nacho Prendes y el catedrático que había organizado la conferencia, Quin Molins. Salvador Cardús se dirigió a Rosa y le comunicó la imposibilidad de dar la conferencia.

Era evidente que no había dispuesto medios para garantizarla, lo que pretendía el decano era suspender el acto con la complicidad de Rosa Díez, pero se encontró con la determinación de una mujer sólidamente democrática que exigió el derecho a dar la conferencia. Rosa había venido a dictar una conferencia y la dictaría y si el decano no se la podía garantizar debía visibilizarse, que se constatase qué universidad tenemos No era cuestión de ser más o menos valiente, sino de ejercer la libertad de expresión en la universidad o dejar que se apoderasen de ella los violentos. El catedrático Molins la apoyó con vehemencia. Robles me relataría más tarde que la intervención dignísima del profesor Molins defendiendo el derecho de la diputada a dar su conferencia no la había visto en la universidad desde los años de resistencia del franquismo. El decano se arrugó ante el coraje de esa mujer menuda y la determinación del profesor y emprendieron el recorrido hasta el salón de actos.

El momento en que Rosa accedió a él, fue de tensión máxima. Los gritos e insultos tronaron. Un cordón de protección la rodeaba, pero no pudo alcanzar la mesa. Los ánimos exaltados, el ruido ensordecedor. La calma imposible. Reconducir la situación en vía muerta.

El decano ofreció un aula, la nº 12. De boca a oreja, y como en secreto, corrió la voz. Rosa entró seguida de algunos de entre los que querían escucharla. Pero también llegaron los violentos. El decano no les dejó entrar. Aporrearon la puerta, golpearon el tabique del aula con la contundencia de quien parece querer derribarlo, arrojaron un bote de pintura roja. Entre otros, impactó en el rostro y cuerpo del decano. A mi lado estaba el amigo Sadurní; a él, como a mí misma, nos llovió impacto y lluvia roja. Las manchas en el chaquetón tienen arreglo, pero ¿quién nos restaura el derecho democrático robado?

Los agresores vociferantes no entraron. Y con ellos, sin poder tampoco entrar por la fuerza del alboroto, tuvimos que soportar pasillo un buen número de los que habíamos ido a escuchar; entre ellos algunos jóvenes interesados por varios aspectos del programa de UPyD: igualdad de derechos de todos los españoles con independencia de su lugar de residencia, ¿quién es el sujeto de derechos, las personas o los territorios?, ¿quién tiene derecho, la persona o la lengua?, ¿la protección del catalán para evitar su desaparición, puede justificar la desaparición oficial del castellano? Este fue el nudo gordiano, esta fue la cuestión: el sujeto de derechos, ¿es la historia, es el territorio, es la lengua o lo es la persona?

Y en aquel largo pasillo, y a pesar del vocerío, hubo diálogo y polémica y animada discusión; hubo decir y escuchar; hubo racionalidad. La racionalidad de la que carecían los que sólo gritaban, forcejeaban, insultaban.

Rosa terminó su conferencia y, cuando ya saliendo, bajaba las escaleras mal protegida por un paraguas, le arrojaron desde arriba cuanto tenían en las manos en simbiosis con la saña que pudre en el corazón los sentimientos nobles. Sobre Rosa caían impactos de ira, de rabia, de un tristísimo rencor que es primavera del odio, que es antesala, si sus manos hubieran tenido objetos sólidos y contundentes, de una desgracia, de una tragedia de consecuencias irreparables.

Y más tarde, Rosa ya dentro del coche, golpes en los cristales, patadones en las puertas, puñetazos en el capó, zarandeo, abolladuras. Y la sensación indescriptible de ¡éstos vienen por nosotros!

En el templo de la libertad de expresión, los violentos quisieron acabar con la palabra, pero la puesta en escena de su fuerza bruta semejaba querer acabar con las personas.

Habían sido concitados con las apasionadas consignas, los preconceptos simplistas, las emociones que emanan de un cerebelo primitivo y bárbaro. En sus gritos ninguna herencia de la europea tradición racional e ilustrada. En su orquestada ceremonia de la confusión, la liturgia de la intolerancia, en su visceral intransigencia, en su rechazo monocorde al otro... se parapetaron, diluida su responsabilidad personal en la irresponsabilidad anónima de la masa, tras la pancarta, ajena al espíritu del lugar universitario, de ¡quien más vocea es el más catalán y el más independentista... y el más chulo y el más guapo!

A estos cachorros del pensamiento único, de la falacia argumental de la verdad exclusiva y excluyente, la sola presencia del diferente, la palabra que genera pluralidad, les produce sensación de arenas movedizas bajo los pies, inseguridad incontrolable, pánico ancestral.

Y a sus ojos vidriados por el rencor y encendidos por la ira, advientos del odio; y a sus gritos preñados de intenciones inconfesables y gestantes de groseros insultos; y a su agresiva gestualidad corporal... solo les falló la vestimenta: iban de calle, de aparentes ciudadanos normales. Pero en sus ojos se reflejaban todos los uniformes del fascismo de los años treinta.

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