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Parece que los pueblos prefieren elegir como gobernantes a hombres y mujeres que se comportan como artistas de cine o cantantes pop. Jóvenes, “entradores”, sensuales y “sexys”; para muestra, Nicolas Sarkozy. El presidente de Francia ejerce una inmensa fascinación entre sus conciudadanos. En una librería de París encontré 36 libros escritos recientemente sobre él, con títulos tan insinuantes como: El rey está desnudo (Joffin), Psicoanálisis de un presidente (Ramboua), El liquidador (Moscovitz), Sarkonomics (Hoan Ngoc). Y, naturalmente, varios referentes a su vida sentimental: como el polémico libro de la escritora Yasmina Reza El alba, la tarde o la noche.
La verdad es que sus aventuras sentimentales, comenzando por la separación, reconciliación y divorcio de su segunda esposa durante la campaña presidencial y primeros meses como presidente, fueron un novelón de primera. Una vez divorciado, Sarkozy deleitó a su audiencia con múltiples noviazgos y un rápido enamoramiento y tercer matrimonio con la cantante y modelo Carla Bruni. Todo esto mantiene hipnotizados a los franceses, aunque su influencia e imagen política haya disminuido, sus políticas económicas estén fracasando y la vida esté cada vez más cara en Francia.
Algo así está pasando con Obama en la campaña presidencial estadounidense. Los votantes, especialmente los jóvenes, están encantados con el carisma, la energía, el don de gentes y la simpatía del candidato demócrata. De nada valió que Hillary Clinton demostrara que Obama carece de la experiencia política e internacional necesaria para gobernar. El pueblo desestima sus carencias y prefiere su dimensión de artista mediático, que los “hace vibrar”.
En nuestro continente sucede lo mismo. Algunos, como Chávez, son expertos en la utilización de los medios para llamar la atención, no importa lo que tengan que hacer para lograrlo, ya sea repartiendo insultos, amenazas, acusaciones o besos y canciones. Esto ha dado tan buen resultado al presidente venezolano que ya lo copian algunos como Correa, en Ecuador, quien ha añadido el toque popular de las camisas con bordado indígena que le dan un aire muy artístico. Valga la verdad, el uso de vestimentas autóctonas atrae mucho al pueblo y vende imagen. Aconsejaría a Uribe que usara más el carriel y la ruana en su eventual tercera campaña presidencial, pero ya ha demostrado no necesitar de esos trucos para mantener su popularidad por encima del 80%. Cómo lo envidian los otros.
En fin, parece que lo que prefieren hoy los pueblos como gobernantes es una mezcla entre estadista y artista de cine, lo que en Europa se conoce como líderes bling, bling.
© AIPE
María Clara Ospina es analista colombiana.
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