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El Estado del Bienestar y la crisis

Todos entendieron que el Estado del Bienestar se había transformado en su peor enemigo. Se debía poner fin a su desmesura y devolver al sector privado y a la sociedad civil su papel clave en el desarrollo del país.

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Hace unos veinte años se derrumbó el célebre Estado del Bienestar sueco. Tres decenios de expansión estatal sin precedentes habían conducido a un Megaestado que gastaba casi dos terceras partes del PIB. Una enorme economía planificada había colocado al sector privado y a la sociedad civil a una situación cada vez más precaria. Los elevadísimos impuestos y los generosos subsidios habían reducido el incentivo al trabajo. Los ciudadanos se habían visto transformados en súbditos de un poderoso Estado que se había asignado la misión de planificarles la vida. En suma, el programa socialdemócrata clásico se había realizado de manera plena y el país terminó derrumbándose: era insostenible tanto económica como moralmente.

Ningún otro Estado democrático había alcanzado un tamaño y un poder semejantes. Por eso Suecia vivió a principios de los años 90 situaciones por las que atravesaron otros países un par de décadas después. La raíz de la crisis europea actual, con su epicentro en el sur del continente, es la misma: un Estado populista que durante los años de expansión promete el oro y el moro a la ciudadanía y que en cuanto cambia la coyuntura económica pone rumbo a la quiebra.

En la Europa meridional todo ocurrió con una rapidez y un desenfreno notables, y las consecuencias están a la vista. Un auge económico artificial –con base en el crédito barato y abundante de la época de euforia que siguió a la adopción del euro– dio pie a una fuerte expansión de los Estados del Bienestar. Se trataba de alcanzar rápidamente los países del norte del continente mediante la erección de grandes sociedades de los derechos que pronto se harían tan barrocamente fastuosas como lo fueron las inversiones en infraestructuras o el consumo privado. El carrusel de inversiones públicas y reformas sociales no parecía tener fin. El Estado parecía disponer de una varita mágica capaz de asegurar el eterno bienestar a unos ciudadanos cada vez más encantados con la situación. Fueron unos años de ensueño en los que el temperamento latino sin duda puso lo suyo para que en pocos años se cometieran los excesos que tardaron décadas en cometer los norteños.

Para salir del atolladero, Suecia debió emprender una serie de reformas notables que redujeron el tamaño del Estado y cambiaron profundamente su estructura. Con decisión, los suecos se pusieron a la tarea de desmontar el vasto sistema de economía planificada por el Estado que estaba asfixiándolos. Austeridad, rebaja de impuestos (sobre todo al trabajo), desregulación, colaboración público-privada, competencia, libertad de elección: estas fueron las claves del nuevo modelo sueco, cuyo éxito ha sido extraordinario: Suecia dejó atrás la profunda crisis de los 90 y ahora es uno de los países estrella de la Europa desarrollada: sin déficit público, su crecimiento en el segundo trimestre de 2012 cuadruplicó al de Alemania.

Todo esto requirió de un gran realismo y la consecución de acuerdos nacionales que aseguraran la continuidad del cambio. Fue un gran mérito tanto de la socialdemocracia como de los partidos del centroderecha. Pero también de los sindicatos y la patronal. Todos entendieron que el Estado del Bienestar se había transformado en su peor enemigo. Se debía poner fin a su desmesura y devolver al sector privado y a la sociedad civil su papel clave en el desarrollo del país. Por eso el nivel de conflictividad social ha sido llamativamente bajo durante estas dos décadas de profundas reformas. Suecia se unió, apretó los dientes y se puso a buscar soluciones. En otras palabras: la crisis se superó de una manera muy sueca. De su historia, caracterizada por la búsqueda del diálogo y la paz social, pero también por un pragmatismo que tanto debe a esos inviernos tan duros, que no perdonan, surgió ese espíritu de comunidad y realismo que salvó al país de caer en la negación de la realidad, la autodestrucción y la lucha de todos contra todos en defensa de los privilegios de cada cual, tan frecuentes en países como Grecia o España.

El capital cultural no es algo baladí; de hecho, es lo que en gran medida decide qué tipo de reflejos culturales se manifiestan en situaciones de crisis. El capital cultural debe desempeñar un papel central en la lucha por salir de la profunda crisis económica y moral a que nos ha llevado el Estado del Bienestar, con sus fallos estructurales, sus excesos y su ilusionismo político. Para pueblos menos realistas que el sueco será incomparablemente más difícil despertar del sueño populista del Estado del Bienestar y las sociedades de los derechos. Esos pueblos, de hecho, corren el riesgo cierto de acabar sumidos en una interminable pesadilla.

Mauricio Rojas, exparlamentario sueco

bibliotecademauriciorojas.wordpress.com

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