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¿Qué hará Trump en Afganistán?

Por desgracia, parece que el nuevo presidente de EEUU no va a separarse demasiado de lo que hizo Obama.

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Donald Trump y Barack Obama | Cordon Press

Siete meses después de que llegara el poder (2009), Barack Obama recibió un desalentador informe del comandante de las tropas estadounidenses en Afganistán, el general Stanley McChrystal, en el que se advertía de que hacían falta más efectivos para evitar que la misión fracasara. A Obama no le gustó esa recomendación, pero sentía que el Ejército no le dejaba otra salida y a regañadientes acabó triplicando el número de soldados, hasta los 100.000, a la vez que imponía una estricta fecha límite de retirada. En el momento en que Obama dejó el cargo, el mes pasado, el número de soldados estadounidenses en Afganistán era de unos 8.400. (Los aliados contribuyen con otros 4.000).

El general John Mick Nicholson, actual jefe militar de EEUU en Kabul, dijo en el Senado la semana pasada que necesita varios miles de soldados más para poner fin a la situación de atasco actual en el sur del país. El senador John McCain sugirió que, en vez de conformarse con el estancamiento –por jugar a no perder–, EEUU adoptara una estrategia más agresiva para repeler y derrotar a los talibanes.

Se admiten apuestas respecto a qué decidirá el presidente Trump sobre la petición del general Nicholson, ya que, entre la infinidad de palabras que el presidente ha dedicado a otros temas (incluida la decisión de Nordstrom de dejar de vender la línea de productos de su hija), no le ha parecido necesario decir gran cosa sobre el futuro de Afganistán, a pesar de que este país sigue representando uno de los dos mayores despliegues de soldados estadounidenses en combate. Si tuviese que aventurar una respuesta, diría que la Casa Blanca, a instancias del general Michael Flynn, consejero de Seguridad Nacional que previamente se desempeñó como J-2 (oficial de inteligencia) en Afganistán, aprobará la petición de Nicholson, pero no irá mucho más allá.[NOTA de El Medio: este artículo fue escrito antes de la dimisión de Flynn, el pasado martes 14].

Eso no permitiría a Nicholson seguir la estrategia que McCain propone, de tratar de derrotar a los talibanes. El problema de intentar hacerlo es que exigiría otro importante aumento del número de soldados, similar al de 2009-2010, que sería difícil de explicar a la ciudadanía americana, que, comprensiblemente, se preguntaría por qué el último aumento no produjo resultados más duraderos.

La respuesta es: por la contraproducente fecha límite impuesta por Obama, que obligó a las tropas estadounidenses a abandonar prematuramente a las fuerzas afganas en territorios por los que habían luchado duramente y en los que éstas eran incapaces de asegurar las victorias previas. Al echar todo por la borda con su estrategia de salida, excesivamente precipitada, Obama permitió que los talibanes recuperasen terreno en buena parte del sur de Afganistán. Para volver a desalojarlos hará falta volver a la casilla de salida, algo que colmará la paciencia de la mayoría de los estadounidenses.

Así que, con toda probabilidad, la Administración Trump seguirá apañándoselas tratando de no perder, en vez de asegurar una victoria. Puede que no sea muy satisfactorio, pero, dadas las circunstancias, quizá sea lo mejor a lo que podamos aspirar. Permitir que Afganistán caiga en manos de los talibanes sería una derrota desoladora a manos de lo que Trump llama "terroristas islámicos radicales"; pero tratar de derrotar a esos insurgentes de manera definitiva podría requerir más recursos de los que estamos dispuestos a comprometer, especialmente cuando los talibanes siguen disfrutando del apoyo transfronterizo de Pakistán.

Se dice comúnmente –y erróneamente– que, en una insurgencia, lo único que tienen que hacer los insurgentes es evitar perder. En realidad es más bien al contrario, ya que el Gobierno sigue en el poder mientras no pierda, y los insurgentes suelen verse confinados –como sucede en Afganistán– en zonas remotas del país. Sólo si los talibanes siguen ganando poder representarán una amenaza existencial para el Estado; el compromiso de mandar más asesores estadounidenses a trabajar codo con codo con el Ejército afgano y la adopción de unas normas más permisivas sobre el uso del poderío aérea americano, ya aprobadas por Obama, debería bastar para impedir que eso ocurra.

El coste de esta estrategia es, por supuesto, que las tropas estadounidenses puedan acabar pasando décadas en Afganistán. Sin duda es una coyuntura no deseable, pero sí preferible a la alternativa, que sería ver a los talibanes y sus amigos de Al Qaeda y Haqani de vuelta al poder en Kabul.

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