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Trump y la guerra de Afganistán

Es tarea de Trump informarse antes de tomar decisiones que van a tener peligrosas consecuencias para la seguridad estadounidense.

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El presidente Trump hace bien en preocuparse por la situación en Afganistán, donde, pese a los casi 16 años de guerra, los talibanes siguen ganando terreno. Pero su modo de formular cambios de rumbo genera poca confianza.

The Wall Street Journal había informado previamente de que en la Casa Blanca son cada vez más los que están a favor de una retirada total de las fuerzas estadounidenses. Por otro lado, hay un interés concomitante por la idea –promovida por el fundador de Blackwater, Erik Prince– de sustituir las tropas estadounidenses con contratistas. En un artículo anterior señalé que no hay motivos para pensar que los contratistas vayan a tener más éxito, por decirlo suavemente.

Ahora, la NBC ha dado detalles de una reunión del Consejo de Seguridad Nacional sobre Afganistán que, de ser ciertos, deberían levantar muchas cejas:

En la reunión del 19 de julio, Trump planteó varias veces que el secretario de Defensa, James Mattis, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, Joseph Dunford, relevaran al general John Nicholson, comandante de las fuerzas estadounidenses en Afganistán, porque no está ganando la guerra, dijeron unos funcionarios.

Ahora hay rumores de que Trump podría despedir a Nicholson, nombrar en su lugar al asesor sobre Seguridad Nacional y teniente general H. R. McMaster y fichar al director de la CIA, Mike Pompeo, para sustituir a McMaster como consejero de Seguridad Nacional.

Al parecer, el presidente también comparó la situación en Afganistán con la remodelación, en 1987, de su restaurante favorito, el 21 Club de Manhattan. Afirmó que un consultor externo había recomendado reformar la cocina, "un pésimo consejo [que] le costó al propietario un año de pérdidas, y que si éste hubiese hablado con los camareros del restaurante habría logrado un mejor resultado. También dijo que hay una tendencia a asumir que si alguien no es un general de tres estrellas no sabe de lo que habla, y que, en su experiencia como hombre de negocios, hablar con trabajadores de rango inferior siempre le ha dado mejores resultados".

¿Cómo debemos interpretar estos comentarios, si es que se ajustan a la realidad?

En primer lugar, el general Mick Nicholson no es el problema en Afganistán. Sabe tanto de ese país como cualquier otro mando, ya que pasó tres años y medio allí antes de asumir la comandancia, a principios de 2016, incluidos 16 meses en los que sirvió como comandante de brigada en la peligrosa zona oriental del país. Nicholson es universalmente respetado dentro del Ejército por ser un oficial inteligente y muy cualificado. Pero ni siquiera Patton o MacArthur –los generales favoritos de Trump– podrían vencer con los penosos recursos de que dispone Nicholson: comanda a menos de 10.000 soldados, y la mayoría de ellos son asesores, no están en el combate directo. Esto es fruto de la excesivamente rauda retirada dictada por el presidente Obama. Si Trump quiere echar la culpa a alguien por el deterioro de las condiciones en aquel país, debería cargar contra su predecesor, no contra el comandante sobre el terreno.

De hecho, Nicholson ha reclamado refuerzos. Harían bien en aconsejar a Trump que le concediera esas tropas adicionales, como al parecer recomendó McMaster, en vez de despedirlo y enviar a McMaster a sustituirlo. McMaster es, sin duda, un general muy competente, uno de los mejores. Merece las cuatro estrellas y un puesto elevado tras su extenuante e ingrato paso por la Casa Blanca. Pero Trump se engaña a sí mismo si cree que McMaster puede vencer allí donde Nicholson no ha podido si no se le conceden más recursos.

En segundo lugar, Trump sueña si cree que EEUU podría llegar a sacar algún provecho en Afganistán. Sí, hay estudios que indican que hay riqueza mineral por valor de un billón de dólares en su territorio, pero no se está explotando eficazmente por la tremenda inseguridad jurídica del país. El objetivo de EEUU no debería ser quedarse con la riqueza mineral de Afganistán, e intentarlo le costaría mucho más de lo que le generaría en un futuro cercano. También alimentaría un violento resentimiento entre los afganos. Los talibanes no dejan de decir a la población que los soldados estadounidenses están allí para robarles todo lo que tienen. Trump no debería confirmar esa peligrosa malinterpretación.

EEUU está en Afganistán para evitar que el país caiga una vez más bajo el control de yihadistas violentos, lo que no sólo sería una amenaza directa para EEUU (Afganistán fue, después de todo, la plataforma del 11-S), también podría sacudir a toda la región y al mundo entero. Una victoria de los talibanes podría desestabilizar al vecino Pakistán, que posee armas nucleares. La catástrofe que se desencadenaría tras una victoria de los talibanes sería mucho más onerosa que los esfuerzos que está haciendo ahora EEUU para evitarlo reforzando al prooccidental Ashraf Gani, presidente democráticamente elegido.

Y en tercer y último lugar: es evidente que Trump no sabe nada sobre Afganistán o sobre la guerra. En lugar de intentar hacer patéticas analogías con lo que sí conoce –el sector inmobiliario y los restaurantes de Manhattan–, tal vez debería ir a Afganistán, un país que jamás ha visitado. Dice que es mejor escuchar a los soldados rasos (los camareros, en su analogía del 21 Club) que a los generales (los consultores caros). En realidad, un presidente sensato escucharía a los dos. Pero Trump no ha hablado con los unos ni con los otros. De hecho, nunca ha hablado con el general Nicholson, de cuyo despido habla ahora con displicencia.

Es tarea de Trump informarse antes de tomar decisiones que van a tener peligrosas consecuencias para la seguridad estadounidense.

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