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Biología del heroísmo

A Miguel Ángel, Ignacio y tantos otros héroes, conocidos y desconocidos.

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Homenajes a Blanco e Ignacio Echeverría | EFE

Los estudios de Sociobiología distan de ser realmente una ciencia exacta, pero a título de aproximación aceptemos la tesis según la cual, ante una situación de grave peligro, un sesenta por ciento de la población de cualquier país civilizado muestra un comportamiento intermedio entre la serenidad y el pánico, un treinta por ciento reacciona con cobardía y otro treinta por ciento con lo que podemos llamar valor. El diez por ciento restante se comporta, para el bien o para el mal, de manera atípica o extremada.

Uno de los extremos de la reacción ante el peligro, en este caso nos referimos al colectivo, es el comportamiento heroico, entendiendo como tal el de los ciudadanos capaces de arriesgar, o incluso de dar su vida en beneficio de la colectividad o de algún semejante en peligro.

Con toda la singularidad que supone el hombre dentro de la escala animal, es interesante la comparación de este tipo de conductas con las más o menos aproximadamente homólogas de otras especies sociales. En muchas de ellas hay patrones de comportamiento altruista que en ocasiones llegan a imponerse al mismísimo instinto de supervivencia.

Hay una ocasión en la que es lógico, y si se me permite el término darwiniano, arriesgar o sacrificar la vida del individuo: cuando se trata con ello de poner a salvo la vida de la descendencia. Muchos pájaros adoptan conductas de exhibición casi suicidas para tratar de alejar a posibles enemigos del nido en el que se esconde la hembra con las crías. Este ejemplo es de una lógica aplastante.

La entrada en combate de los individuos de castas guerreras en especies sociales, tanto de vertebrados, como los babuinos, o de invertebrados como las hormigas y los termes, es tan habitual como lógica: mueren algunos individuos, pero la colectividad resulta favorecida y la evolución lo recompensa.

El gran salto al ejemplo en nuestra especie

Lo que reflexionamos a continuación es sumamente delicado ya que está claro que no es homologable la conducta humana con la de los animales sociales.

Son diferentes nuestra capacidad de reflexión y decisión, y la consecuencia del carácter voluntario de gran parte de nuestros patrones de comportamiento. La conducta animal está "programada" y en muchas ocasiones es dirigida por patrones casi de automatismo, pero algo hay en común: ¿Premia la evolución la cobardía o el valor extremo?

El premio a que nos referimos es la supervivencia del individuo y la posibilidad de transmitir sus genes a las generaciones siguientes. La naturaleza es implacable y favorece la supervivencia, y por tanto la capacidad de reproducirse, a los individuos moderadamente valerosos, y castiga con una mayor tasa de mortalidad a los cobardes y a los más exageradamente arrojados, es decir, a los que tienen más probabilidades de convertirse en héroes.

Parece que nos encontramos ante una triste paradoja evolutiva que demostraría que los mejores individuos de una población van siendo eliminados en beneficio de los comportamientos prudentes, y así es en efecto, lo cual no quiere decir que la selección haya perdido su lógica.

Los comportamientos heroicos pueden implicar ejemplos para los demás que mejoren las posibilidades evolutivas de la colectividad al erigirse en modelos altamente positivos: esto es especialmente cierto en nuestra especie.

En los dos casos de heroísmo que estos días nos conmueven a los españoles de bien, uno por reciente, el de Ignacio Echeverría, el héroe del patinete de Londres, y otro por cumplirse su vigésimo aniversario, el del llorado Miguel Ángel Blanco, todos tenemos mucho que aprender ante su impresionante ejemplo, ambos perdieron la vida, pero su ejemplo ha sido muy beneficioso.

Son dos tipos muy diferentes de conducta altruista con pérdida de la vida, es decir de heroísmo: el de Ignacio es un nobilísimo arranque de valor al tratar de defender a un semejante en peligro, pero no despreciemos la valentía de Miguel Ángel al aceptar trabajar como Concejal al servicio de sus vecinos, sabiendo que en ese momento tal cargo le colocaba en la diana del terrorismo más abyecto.

Nuestra sociedad ha perdido a dos miembros de extraordinaria valía, pero no podemos consentir que su ejemplo, es decir, su sacrificio resulte inútil, y el héroe es útil para su colectividad en tanto su acción se recuerde.

Pocos madrileños recuerdan a estas alturas que el simpático y carismático actor Manolo Zarzo, de los gloriosos tiempos del cine español de comienzos de los sesenta, salvó la vida a varias personas al interponer su cuerpo en la caída de algunos que se lanzaban al vacío en un pavoroso incendio ocurrido en la madrileña calle de Carretas, pues bien estos actos nunca deberían ser olvidados.

Resultan por tanto imprescindibles los actos de homenaje a los héroes, los monumentos en su memoria, las jornadas de conmemoración de sus actos y en definitiva todo lo que contribuya al mantenimiento vivo de su memoria: sólo así la sociedad puede beneficiarse de manera colectiva de la gran tragedia de su pérdida.

Ni en el hombre ni en la escala de los animales sociales puede evitarse que el cobarde desprecie o ignore el ejemplo del héroe: en el mundo del toro bravo se conocen como "abochornados" los machos derrotados en la pelea con otros ejemplares y que buscan la ocasión de resarcirse. También hay humanos "abochornados" ante las conductas heroicas.

Pero cuando en una sociedad como la nuestra actual, amenazada por la lacra del terrorismo se olvida, o se es poco generoso en el recuerdo y el homenaje a los héroes, algo muy grave está pasando, y ese "algo" es además extraordinariamente triste.

En Tecnociencia

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