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¿De verdad sexo débil?

Si le hubiera tocado vivir la época de la sociedad humana cazadora-recolectora, su madre le hubiera tenido que salvar del ataque de una manada de lobos.

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La mujer, ¿el sexo débil? | Pixabay/CC/RyanMcGuire

El eurodiputado de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, sino que no consigo memorizar ni merece la pena gastar mucho esfuerzo para hacerlo, ha destapado la caja de los truenos con sus declaraciones sobre las facultades físicas y mentales de la mujer. A veces merece la pena retroceder al pasado remoto para encontrar explicaciones plausibles de las realidades biológicas.

Remontémonos pues a los tiempos de la llamada sociedad cazadora-recolectora propia de tantas colectividades humanas primitivas: los hombres salían en grupo a cazar mientras las mujeres recolectaban alimentos en recipientes que ellas mismas habían fabricado. El modelo realmente funcionaba.

Prueba de tal funcionalidad es la amplia difusión de este tipo de especialización que se ha encontrado en colectividades humanas muy separadas tanto geográfica como históricamente. Tal extensión de una forma de supervivencia ha asombrado a tantos antropólogos, que no pueden explicar la coincidencia de etnias y localizaciones al adoptarla.

En una visión superficial este tipo de sociedad puede ofrecer una interpretación en la que la condición masculina se muestre como superior, o al menos más arriesgada: no hablamos sólo de caza de antílopes u otros herbívoros inofensivos, sino incluso de animales voluminosos o feroces. La partida de cazadores parece más "épica" que la de mujeres cogiendo frutos o semillas, pero ¿implica tal reparto de tareas superioridad masculina?

La visión cambia radicalmente cuando se repara en que las mujeres recolectoras solían trabajar acompañadas de su prole, a la que tenían que defender en un entorno hostil, muchas veces poblado de predadores ávidos de arrebatarles a sus pequeños. La mujer con un lactante pegado al pecho y varios pequeños corriendo a su lado y buscando su amparo ante cualquier asomo de peligro adquiere rápidamente tintes heroicos.

Son innumerables las madres de las más variadas especies animales que tienen en la actualidad que representar semejante papel en plena naturaleza. En las hembras de los herbívoros de las estepas africanas, el recental será depredado a los pocos minutos de nacer si la madre no es capaz de defenderlo con riesgo de su propia vida.

Por si los ejemplos de la sociedad cazadora-recolectora no arrojan suficiente luz para desbancar definitivamente la presunta superioridad masculina humana desde el punto de vista ecológico y ancestral, las pruebas de tipo médico y funcional vuelven a abonar la teoría contraria. Baste recordar la superior longevidad femenina en la práctica totalidad de nuestras sociedades y cultura.

La especie humana no posee un verdadero dimorfismo sexual, ya que las diferencias morfológicas entre hombres y mujeres se desarrollan en su mayor parte en función de la acción de las hormonas sexuales: el hombre suele alcanzar mayor tamaño y peso que la mujer, y en general mayor volumen y fuerza muscular. La voz masculina se hace más grave a causa de la deformación de la laringe que provocan las hormonas masculinas…y poco más, desde el punto de vista anatómico.

Con referencia a la tipología femenina, se da en nuestra especie, si bien de forma muy atenuada, el fenómeno de la neotenia consistente en que la hembra conserva durante toda su vida caracteres con los que pasó su infancia, como la ausencia de barba o la voz más parecida a la del niño. Digámoslo sólo como una curiosidad más de las diferencias secundarias entre los sexos.

Además de las hormonas sexuales que se producen en las gónadas (glándulas mixtas que también forman los gametos), hay otras hormonas complementarias, como algunos corticoides, llamados así porque se generan en la superficie de las glándulas suprarrenales, que imitan y complementan el desarrollo sexual e inician una pre-sexualidad infantil que, aunque de manera suave e incipiente, diferencia a niños y niñas antes de la llegada de la pubertad.

Reparemos finalmente en el hecho ecológico de que las hembras, en nuestro caso las mujeres, resultan mucho más valiosas que los machos para el crecimiento de las poblaciones, lo que las convierte en importantísimas cuando se trata de evitar que una colectividad decaiga o se extinga. Quien delimita los índices de crecimiento no son los machos, sino las hembras: así de sencillo.

Desde luego no merece la pena entrar en las descalificaciones al sexo femenino humano ¡realizadas por un eurodiputado! pero si fuera capaz de entenderlo, se le podría decir que si le hubiera tocado vivir la época de la sociedad humana cazadora-recolectora, es muy posible que su madre le hubiera tenido que intentar salvar del ataque de una manada de lobos en más de una ocasión, y que seguramente lo habría conseguido.

En este caso concreto ¿habría merecido la pena tanto riesgo para la heroica, aunque pequeña mamá recolectora?

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

En Tecnociencia

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