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Desaladoras ante la gran sequía

Cómo puede compaginarse su viejo proyecto de supresión del Plan Hidrológico Nacional para sustituirlo por la proliferación de desaladoras con dicha "Nación de Naciones".

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Desaladora | acuamed.es

Nada más llegar a poder el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero con Cristina Narbona al frente del Ministerio Medioambiental, fue derogado el Plan Hidrológico Nacional que el Partido Popular estaba a punto de poner en marcha. La construcción a toda máquina de nuevas desaladoras era la solución propuesta como alternativa.

"Que fluya el agua del Ebro sin restarle cauce hasta su desembocadura" era una de las máximas ecologistas que se presentaban en la época. Vamos a desalar el Mediterráneo todo lo que haga falta para evitar la disminución del caudal de los grandes ríos españoles en su tramo de desembocadura.

Y se acabó el Plan Hidrológico para potenciar la fabricación de plantas desaladoras en la costa mediterránea. Preguntamos ¿y ahora qué? Ha llegado el momento de pedir explicaciones muy claras, porque España se enfrenta a la primera gran sequía desde que sobrevino aquella polémica. Muchos pantanos están alarmantemente bajos. La Naturaleza tiene reglas y ciclos inexorables.

Ni la España Peninsular ni la Insular pueden permitirse prescindir de las plantas desaladoras, de aquí a que éstas se constituyan en panacea capaz de servir las necesidades hidrológica a nivel general media un verdadero abismo.

La España Canaria debe mucho a las desaladoras: la primera se instaló en Lanzarote en 1964 y hoy funcionan en el archipiélago un total de 281. En la actualidad Fuerteventura y Lanzarote se surten exclusivamente de agua desalada, de manera que no hay nada que objetar en nuestras queridas Islas Afortunadas.

Pero en la Península, la historia es muy diferente. Las desaladoras pueden ser un magnífico complemento en determinados puntos al agua aportada por los ríos, pero nunca sustituirán por completo el aporte fluvial, al menos desde el punto de vista global y no solamente desde el local. Así de sencillo.

Las costas del Mare Nostrum están en la actualidad sembradas de desaladoras, si bien muchos de los países desérticos o semidesérticos que las disfrutan son extraordinariamente ricos en recursos energéticos: hablamos de los paraísos petrolíferos, que no tienen que hacer demasiadas cuentas sobre si la energía consumida en la desalación es compensada por los recursos agrícolas generados. Pero nosotros no somos energéticamente solventes. Este es el problema.

Si se trata de garantizar la bebida a las poblaciones humanas costeras q ue se surten de agua desalada no hay que oponer la más mínima objeción, y es éste el caso de algunas de las zonas de Canarias, pero para cultivar es siempre preferible el agua aportada por los ríos, y este aporte, en nuestra Península Ibérica, necesita ser regulado.

Recordemos aquello de los famosos cuadrantes peninsulares, unos ricos en cursos fluviales y otros deficitarios. El reparto del agua basado en los trasvases requiere auténtica solidaridad entre las diferentes zonas, de manera que no hay quien se niegue a ceder parte de su caudal a zonas de mayor potencial de suelo fértil pero eternamente sedientas.

Ya la España de las Autonomías tiene que superar la prueba del reparto solidario de los recursos hidráulicos, pero la supuesta España de la "Nación de Naciones", que algunos proponen, sencillamente quiebra ante esta prueba a que la somete la madre naturaleza a través de sus grandes ríos. .

Cuando Doña Cristina Narbona se muestra tan entusiasta al apoyar este concepto que propone Don Pedro Sánchez, es necesario preguntarle cómo puede compaginarse su viejo proyecto de supresión del Plan Hidrológico Nacional para sustituirlo por la proliferación de desaladoras con dicha "Nación de Naciones". Será necesario reconocer que se estaría enriqueciendo de manera extraordinaria a las "Naciones" costeras en perjuicio a las "naciones" interiores de secano. ¿No es inobjetable?

Las viejas políticas de embalses y trasvases con el consiguiente manejo inteligente del agua vuelven a la actualidad cuando España debe hacer frente a la primera gran sequía desde aquellos juegos florales.

Como bien advierte el antropólogo norteamericano Marvin Harris, desde los primeros asentamientos humanos junto a los grandes ríos, como ocurrió con las civilizaciones egipcia y mesopotámica, los buenos gobernantes se juegan buena parte de su prestigio ante el problema del reparto hidráulico. En la "trampa hidráulica", como él denomina a este problema, han caído a lo largo de la Historia no sólo Gobiernos, sino también Estados completos.

También la supuesta España de la "Nación de Naciones", por no emplear el término ya conocido y experimentado de la "España Cantonal" de la Primera República podría tener ante el reparto hidráulico su verdadera prueba, afortunadamente imposible de superar.

De todas formas la izquierda española viene siendo maestra en quitarle la merienda a la derecha en los terrenos de la comunicación y la publicidad, de manera que no ha surgido, ni probablemente surgirá una petición de explicaciones sobre cuáles son los balances, económico y ecológico, de la sustitución del vejo PHN por las desaladoras de Doña Cristina que tanto entusiasmaron en su momento a los intocables del ecologismo.

No perdemos la esperanza de que la función integradora de los grandes ríos ibéricos fecunde no sólo las tierras, sino también las conciencias y las inteligencias de los gobernantes. Es muy urgente.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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