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Doñana, en eterno peligro

El monte mediterráneo de Doñana cuenta con importante riqueza ecológica; con el lince a la cabeza, o el águila imperial.

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rescoldos todavía humeantes en el espacio protegido de Doñana tras el incendio | EFE

Tres ecosistemas bien diferenciados configuran Doñana y su entorno: el monte y matorral mediterráneo, las dunas móviles y la marisma.

Cada uno de estos componentes de lo que hoy constituye el Parque Nacional y su entorno presenta por sí mismo un altísimo valor científico y en particular ecológico, pero la marisma es un verdadero santuario de la naturaleza, un santuario eternamente amenazado.

Las fuerzas naturales juegan en contra del futuro de este gran humedal formado por la interacción del agua marina y los aportes fluviales y de aluviones del Padre Guadalquivir.

Hace apenas 2.000 años el geógrafo e historiador Estrabón, nacido en la actual Turquía y acompañante científico de las legiones romanas, describió un gran lago en el estuario de la desembocadura del Guadalquivir, al que llamó Lacus ligustinus, y que posteriormente fue conocido como Lago Ligur. Han bastado veinte siglos para que el río haya colmatado y rellenado aquel lago, convirtiéndolo en lo que es en la actualidad, una gran marisma.

Es cuestión de siglos que este estuario marismeño se rellene completamente de sedimentos, pero de momento la marisma del Guadalquivir, base geográfica del Parque Nacional de Doñana es uno de los humedales más importantes de Europa, y probablemente del mundo.

La importancia biológica de la marisma estriba en servir de lugar de reposo invernal para multitud de especies de aves, que alcanzan esta latitud procedentes de lejanos cuarteles nórdicos, incluso de Siberia. También es residencia de otra gran corte de aves que crían aquí y pasan primavera y verano en los ambientes marismeños.

Hace poco tiempo que la Ciencia advirtió la importancia ecológica de los humedales y en particular de las marismas. Durante el pasado siglo veinte se desató una verdadera fiebre de intentos de desecar humedales, considerados "zonas de malaria". De hecho el paludismo y sus estragos en las poblaciones mediterráneas justificaba en parte esa actitud, sin tener en cuenta que las marismas son las áreas de mayor productividad de vida de todos los ecosistemas de nuestro planeta.

Las marismas del Tiber, el legendario y maldito Ponto euxino de los romanos, fue de secado por el Gobierno de Mussolini con la idea de convertirlo en un inmenso arrozal, pero éste y todos los demás intentos de acabar con las zonas húmedas de los países civilizados constituyeron un inmenso fracaso: la tierra no tardaba en salinizarse y volverse estéril y ya no había vuelta atrás, la Naturaleza había sido derrotada sin beneficio económico alguno.

A mediados del pasado siglo, Doñana era un cazadero que en tiempos había sido no sólo de la nobleza, sino cazadero real. Goya pintó allí a la Duquesa de Alba junto a una planta muy común en la zona, el Jaguarzo blanco. En los pueblos limítrofes la marisma y su entorno eran conocidas como "la cacería", pero Doñana, que sabía sobrevivir a cazadores legales y a furtivos, no hubiera sobrevivido a lo que la esperaba.

Porque su destino oficial era la desecación y la conversión en una gran plantación de eucaliptos dedicada a la industria maderera, era mucho más de lo que podían soportar dos insignes biólogos españoles, los profesores Bernis y Valverde, que comprendían que, de perderse Doñana, se habría perdido un reducto vital para la supervivencia de centenares de especies de aves de toda Europa.

La iniciativa de ambos ornitólogos fue verdaderamente drástica: escribieron al entonces Jefe del Estado, Francisco Franco, y apelaron nada menos que a su patriotismo, para exigir que se detuviera el proyecto demoledor. Debieron de tocar algún resorte muy especial del mandatario, porque encargó una investigación y, como consecuencia de ella, la plantación y la desecación cesaron y Doñana se salvó por el momento.

Después vino un laborioso camino de consecución de fondos internacionales para adquirir las primeras hectáreas del futuro Parque Nacional. Costó mucho conseguir lo que de cuando en cuando nos proporciona grandes inquietudes a causa de las eternas amenazas que sufre su entorno.

La marisma de Doñana no es sólo patrimonio español, lo es de toda la humanidad que pueda considerarse mínimamente sensible o culta. Sin la marisma da miedo pensar en la cadena de pérdidas de poblaciones e incluso de especies de aves de todo el continente al que pertenecemos. Bernis y Valverde son hoy recordados con veneración por los científicos y en particular por los ornitólogos, no sólo españoles sino de todo el mundo.

La marisma es un ecosistema frágil, susceptible de sufrir grandes alteraciones por cualquier contaminación; su entorno, tanto los cursos fluviales como las manchas de monte y matorral o las zonas de cultivo, está permanentemente amenazado por actividades humanas ilegales o producto de falta de sensibilidad en su regulación y gestión, por añadidura no faltan proyectos como un gran almacén de gas bajo el subsuelo, algo verdaderamente terrorífico desde el punto de vista ambiental.

Y ahora, el fuego; ese incendio que ha afectado a zonas de monte y matorral del entorno de Doñana. Se investiga la posible presencia de manos criminales, pero parece que, en caso de tratarse de maniobras de especulación para conseguir recalificaciones de terrenos, al menos esta vez los delincuentes ambientales no encontrarán eco en la Administración, al menos así lo promete la Presidenta de la Junta de Andalucía.

El monte mediterráneo de Doñana cuenta con importante riqueza ecológica; con el lince a la cabeza, el felino más amenazado del mundo, o el águila imperial, afortunadamente en vías de recuperación después de haber estado al borde mismo de la extinción; por no hacer la lista interminable citaremos también al meloncillo, la única mangosta europea, al ciervo y jabalí, y a puntas de ganado, equino y bovino de remotísimo origen genético.

No olvidemos una especie clave en este y en cualquier otro entorno: el hombre. Si en cualquier Parque, sea Natural o Nacional, la población humana que lo soporta no está conforme con su gestión, o no lo considera como algo propio, el desastre está servido.

En el entorno de Doñana se han planificado algunos cultivos inteligentes, como los arrozales gestionados por Seo Bird Life, pero hay que seguir trabajando para que algunas zonas cercanas al Parque, antaño muy deprimidas, puedan prosperar no ya a pesar del Parque, sino precisamente gracias al mismo.

Sirva este nuevo aviso para que, entre todos, tomemos conciencia del valor de santuario ecológico que tiene sin duda alguna el entorno marismeño, los montes de pino y sabinar, y las incomparables dunas móviles del más frágil de nuestros Parques Nacionales.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

En Tecnociencia

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