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Fleming y los bárbaros

La estatua del descubridor de la penicilina no se ha salvado del ataque por parte de los antisistema que dicen defender a los animales.

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Una vez más se ha cumplido el deleznable ritual antitaurino consistente en embadurnar de pintura las figuras escultóricas que se levantan frente a la puerta grande del edificio neomudéjar de la Plaza de toros de Las Ventas. Esta vez no se salvó ni el mismísimo Fleming.

Tuve la inmensa fortuna de ser alumno en la Facultad de Biológicas de la Complutense de un científico insigne y extraordinaria persona: el profesor Florencio Bustinza, catedrático de Fisiología vegetal.

Cada año, al llegar las fechas navideñas Don Florencio nos invitaba a algunos de sus alumnos a una copita de jerez en su domicilio madrileño; se trataba de una elegante excusa para regalarnos su entrañable libro titulado "Diez años de amistad con Sir Alexander Fleming".

El profesor insigne seleccionaba y distinguía así a algunos estudiantes que intuía que nos dedicaríamos a la enseñanza, yo fui elegido entre ellos por fortuna; y nos pedía que, año tras año, divulgáramos lo que había sido la figura y la personalidad de Fleming, el descubridor de la penicilina.

Durante los treinta años que he ejercido como Catedrático de instituto así lo hecho, tanto en mis clases diarias como organizando jornadas conmemorativas anuales sobre el gran benefactor de la humanidad al que tantos debemos la vida. Recuerdo que entre las ilustraciones del precioso libro figura una mascarilla del rostro de Fleming nada más fallecer: transmite paz, serenidad, casi diría que felicidad, todo lo cual atribuía Bustinza a la limpieza de su conciencia tras los millones de vidas salvadas con su descubrimiento.

No es extraño que los toreros dedicaran a Alexander Fleming uno de los primeros monumentos que se erigieron en el mundo en homenaje a su memoria, ya que la triste relación de diestros fallecidos cae en picado desde que la penicilina consiguiera detener la mortalidad por infecciones tras las tremendas lesiones que suelen causar los pitones de los toros. En algunos museos taurinos se conservan estribos de hierro de los picadores abombados o agujereados por tales armas córneas de los bovinos bravos.

Cuando Fleming vino a España para recibir multitud de homenajes asistió a una corrida de toros, y el diestro Luis Miguel Dominguín le brindó el primero de su lote. Parece que el científico no disfrutó demasiado del espectáculo, aunque se mantuvo dignísimo y respetuoso y agradeció profundamente los gestos de los toreros.

El monumento a Fleming que se levanta a la Plaza es figurativo. Un busto ligeramente elevado del científico recibe el brindis de un torero desmonterado al efecto, y el subconsciente de algún sujeto ha aprovechado en ocasiones tal gesto para arrojar pintura sobre la cabeza del torero. Clara muestra de la cobardía de quien seguramente pretende ser ocurrente, gracioso o reivindicativo al obrar de tal modo.

Este año aún no lo he visto, pero me llegan noticias y fotografía sobre los deterioros sufridos por los monumentos de Las Ventas, entre ellos el erigido al joven diestro José Cubero "Yiyo", muerto en la Plaza de Colmenar el año 1985. También el monumento a Fleming se ha visto manchado por la pintura.

Una vez más obtenemos muestra fehaciente de que tales colectivos antitaurinos no están formados por defensores de los animales más o menos radicalizados que protestan contra la Fiesta de los Toros, sino por verdaderos antisistema que desatan su agresividad contra lo que representa unos valores de los que carecen. Me duele profundamente que intenten ultrajar el recuerdo de los toreros fallecidos, pero además a Fleming, ni lo conocen ni lo merecen.

Digo esto último porque seguramente muchos de ellos, sin Fleming, habrían sucumbido a la mortalidad infantil que suponía uno de las peores lacras de las generaciones anteriores a la nuestra: las precedentes al descubrimiento de la penicilina.

Sir Alexander Fleming había trabajado como médico militar en los escenarios más cruentos del frente durante la Conflagración europea. El sufrimiento que causaba al científico el fallecimiento de tantos soldados que se escapaban de sus manos no por las heridas recibidas, sino por la infección del postoperatorio subsiguiente, tenía preparado su cerebro y su espíritu para el descubrimiento de algo más eficaz que los antisépticos de que disponía.

Cuando una simple mota de polvo que penetró por la ventana de su laboratorio estropeó un cultivo de bacterias en que estaba trabajando, Fleming identificó la contaminación como consecuencia de la espora de un hongo contenida en la impureza traída por el viento.

El resto de la historia es bien conocida: la espora pertenecía al hongo Penicillium notatum, y el caldo procedente de su cultivo, es decir la penicilina, revolucionó los mecanismos de lucha contra las bacterias y abrió el camino de la llamada Era Antibiótica. Fleming había realizado el mayor beneficio a la humanidad que pueda imaginarse.

En general somos verdaderamente ingratos con la memoria de los científicos, pero la causa suele ser la ignorancia. Todos los escolares deberían saber que Fleming descubrió la lisozima y la penicilina, o que Waksmann descubrió la estreptomicina, otro antibiótico, que fue capaz de combatir al monstruo de la tuberculosis, asesino de tantos miles de personas, entre ellas multitud de jóvenes durante los Siglos XVIII, XIX y primera mitad del XX.

Taurinismo y antitaurinismo, como opciones personales, deben formar parte de las libertades de elección y de expresión que caracterizan a cualquier sociedad civilizada. Por el contrario este tipo de actos, desgraciadamente frecuentes y reincidentes, son signo evidente de salvajismo y degeneración.

No parece tan complicado averiguar la autoría de los autores de las pintadas y hacer caer sobre ellos el peso de la Ley. No suelen ocultarse demasiado y se muestran orgullosos de pertenecer a los colectivos que los amparan, de manera que animamos a las autoridades a terminar con este tipo de violencia descerebrada.

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