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La serpiente peluda

Mitos de la España rural

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Son muchos quienes dicen haberla visto: una gran serpiente peluda, desde luego tan grande como las grandes pitones o anacondas de los documentales, arrastrándose por el pastizal en plena campiña española. La leyenda de la serpiente con pelo está muy extendida en el medio rural del sur de España.

No es sencillo tratar de introducirse en las leyendas populares tratando de desmentir patrañas o de introducir conocimientos científicos en el acervo cultural de los habitantes del campo. Siempre es bueno hacerlo con respeto, y la leyenda de la serpiente peluda así lo demuestra.

Quienes dicen haber visto al monstruo se ofenden profundamente si se les toma a broma o si se les trata de aplastar con las clasificaciones científicas o con argumentos como "sólo los mamíferos tiene pelo", o "no hay ningún reptil peludo en el mundo". Todo es inútil, ellos "la han visto", y a veces en repetidas ocasiones.

Hay que reconocer que no mienten, y por eso se ofenden tanto. Han visto arrastrarse por el pastizal seco a una criatura serpentiforme, muy peluda y que avanza con rapidez con movimientos ondulantes. Extremadura y la Baja Andalucía son las zonas en que son especialmente frecuentes estas apariciones.

Vamos a aclarar el misterio. Los campesinos dicen la verdad, pero lo que se arrastra entre la vegetación es un hembra de meloncillo seguida por su prole, que sigue a la madre formando una fila india. Realmente esta curiosa familia parece una gran serpiente peluda.

En consecuencia conviene escuchar y tomar buena nota de los conocimientos empíricos de los habitantes del campo. Más de un estudiante de biología ha tenido que rendirse ante ellos, como por ejemplo al intentar identificar sonidos de la naturaleza o reconocer animales por sus rastros o sus señales olfativas.

Pero también existen leyendas que es necesario rebatir con toda la energía necesaria. Nos referimos a aquéllas que acusan a los medios naturalistas de liberar animales nocivos en pleno campo para atender a sus "caprichos conservacionistas". Las plagas de topillos han dado frecuente pie a tales acusaciones. "Los sueltan los ecolojetas para que alimenten a sus queridas rapaces".

Las culebras ibéricas del género Coronela suelen protegerse de los rigores invernales agrupándose bajo piedras o cortezas a veces en número notable. Se trata de colonias invernantes cuyos numerosos miembros crean un microclima protector gracias al gran número de individuos que las forman.

No hace muchos años alguien localizó una de estas colonias, y cerca de ella algunas cajas de cartón abandonadas. El mito estaba servido: los insensatos "ecolojetas" habían llevado al campo cajas repletas de serpientes para que no se extinguieran las especies. Absurdo, pero muy dañino para la opinión rural sobre la actuación de los naturalistas.

Es cierto que los habitantes de la gran ciudad mitifican muchas veces el campo y que no pocos de quienes se llaman a sí mismos naturalistas no distinguen una tórtola común de otra turca o un guion de codornices de una codorniz, por no citar más que un par de ejemplos, pero también conviene reconocer que el en el medio rural se dan numerosos casos de despilfarro de unos recursos que allí se consideran inagotables.

Así como los verdaderos cazadores tienen que pagar un fuerte tributo de desprestigio a causa de la actuación de los furtivos infiltrados entre sus filas, que desde luego no son pocos, también los naturalistas tienen que cargar frecuentemente con las culpas de algunos colectivos insensatos que hace años campaban por sus respetos amparándose en el pabellón ecologista, como quienes liberaban visones americanos en las arruinadas granjas de animales de peletería de los años ochenta.

El peor efecto de estas acusaciones contra los naturalistas es que impide reflexionar sobre las verdaderas causas de los problemas ambientales. Como tuve ocasión de debatir con algunos amables lectores de mi anterior artículo en esta publicación, que versaba sobre las plagas de topillos, no busquemos su origen en ecologistas descerebrados, sino en causas mucho más complejas, alguna relacionada con la explotación agrícola.

El topillo campesino (Microtus arvalis), que es la especie causante de las plagas de las última décadas tiene su hábitat en ambientes húmedos de colinas y prados de media montaña, es decir, en ambientes húmedos. Si se mantienen barreras de secarral entre estos medios y los cultivos de secano, los topillos se mantendrán alejados de éstos sencillamente porque no llegarán a descubrirlos.

No se podía imaginar que la extensión de los regadíos hasta el borde mismo de los montes húmedos fuera a traer como consecuencia la llamada a los topillos a conquistar este medio. En estos linderos entre monte húmedo y cultivos de regadío es donde habría que profundizar en las defensas contra la plaga.

De manera que es necesario reivindicar la labor de los ecólogos, que no ecologistas, y de los naturalistas aficionados que se acercan al campo con las mejores intenciones y a veces con logros de verdadero valor. Englobar a todos los defensores de la naturaleza con una calificación despectiva no sólo es equivocado, también profundamente injusto.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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