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Ciencia e incertidumbre

La historia de la ciencia está llena de episodios curiosos que no son sino la manifestación de esa incertidumbre a la que se sujeta el trabajo de quienes la cultivan.

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En estos tiempos convulsos en los que parece que todo se diluye, también los científicos se ven sometidos a tensiones que les apartan de los principios básicos de su ética profesional y los convierten en una especie de gurús que se creen capaces de predecir lo que el futuro tal vez no conocerá nunca. Un aspecto fundamental de la actividad científica es el que se refiere a la incertidumbre de sus resultados. Los científicos se plantean problemas y tratan de resolverlos aplicando un método estricto, en el que no caben los atajos ni las creencias, sin saber nunca a dónde les conducirá su esfuerzo. Éste tal vez se vea coronado por el éxito, pero puede ocurrir que el curso de la investigación conduzca a un callejón sin salida. Y sin embargo, las presiones que reciben de los planificadores y gestores de la política científica les obligan siempre, si quieren obtener fondos para sus laboratorios, a hacer promesas sobre el futuro. Y las hacen, ¡vaya si las hacen! Por eso no es infrecuente encontrar sus declaraciones en los periódicos mostrando con contundencia lo que van a ser sus logros a plazo fijo. Por ejemplo, hace unos días se ha publicado una entrevista con el astrobiólogo de la NASA Kevin Hand en la que éste afirma sin rubor: "En veinte años sabremos si hay una civilización extraterrestre". En el mismo sentido, recuerdo que hace unos años proliferaron las declaraciones de investigadores en células madre, dentro de una campaña en la que trataban de anular las resistencias al empleo de embriones humanos para su trabajo, prometiendo la curación de las más diversas enfermedades, desde la diabetes hasta la ceguera. Por cierto que uno de ellos acabó ocupando cartera en el gobierno de Zapatero y, aunque algún cambio introdujo en la regulación de esa materia, aún no ha sanado a ningún diabético.

La historia de la ciencia está llena de episodios curiosos que no son sino la manifestación de esa incertidumbre a la que se sujeta el trabajo de quienes la cultivan. Friedrich August Kekulé, al que la ciencia debe el descubrimiento de la estructura molecular del benceno y la industria de la química orgánica uno de los principales fundamentos de su desarrollo durante el último tercio del siglo XIX, fue homenajeado por ello en Berlín, en 1890. Si su manera de investigar no hubiese sido la que, en efecto, fue, no podría haber coronado el discurso que pronunció en aquella ocasión con estas palabras: "Aprendamos a dormir, caballeros, entonces quizá encontraremos la verdad». Porque tan colosal hallazgo sólo fue posible cuando, aburrido en la redacción de un libro para sus alumnos, sintió la tentación de ponerse frente a la chimenea de su estudio y al calor de la lumbre quedarse dormido. Fue entonces cuando, en su sueño, "los átomos estaban jugueteando ante [sus] ojos (…) trenzándose y retorciéndose en un movimiento serpenteante". Por cierto que Kekulé ya tenía experiencia en esto de los sueños, porque su aportación a la formulación estructural de los alcoholes etílico y metílico también se formó en su cabeza mientras dormía en el piso superior de un autobús de Londres. Imaginemos ahora la perplejidad que, entre los gestores actuales de la política científica, produciría cualquier investigador, joven o viejo, que pretendiera una subvención para acomodar, con un hogar o cualquier otro artilugio, sus tardes de somnolencia.

Y es que los planificadores que desde sus poltronas ministeriales pretenden conducir la ciencia hacia objetivos conocidos y bien definidos, en los que los futuros resultados se conviertan en promesas de progreso, de sanación o de grandeza, prescinden completamente de esa incómoda incertidumbre que todo lo complica. En vez de dejar a los científicos que conduzcan su pensamiento hacia horizontes insospechados, doblegan sus investigaciones con el propósito de hacer promesas electorales o de satisfacer las esperanzas frustradas de un público al que se ha hecho creer que la ciencia tiene respuestas para todo. Claro que no faltan los científicos que aprovechan esa situación para arrimar el ascua de los recursos a su sardina, halagando los oídos de burócratas y políticos, y obtener de esa manera los dineros que a otros no les aprovechan. Recordemos aquel episodio de 1989 en el que cuatro profesores de la Universidad Autónoma de Madrid pretendieron haber logrado la fusión fría –emulando el experimento de Stanley Pons y Martin Fleischmann, hoy en día claramente desacreditado– y, de paso, que esta materia acabara convirtiéndose en una de las prioridades del Plan Nacional de la ciencia española.

Haría falta más modestia en todo este asunto de la conducción de la ciencia, alejando la financiación de la investigación en las universidades o en los laboratorios públicos de la arrogancia de quienes creen saber cómo será el futuro y de los intereses espurios de los que, sin suficientes avales académicos, se aprovechan de ellos. Porque tenemos la certeza de que, como señaló el que fuera durante más de dos décadas editor de la revista Nature, Sir John Maddox, aunque

los nuevos conocimientos surgen siempre de lo que ya se conoce, (…) lo más apasionante de los próximos años nacerá de preguntas que aún no podemos plantearnos porque no sabemos lo suficiente.

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