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¿De qué va eso de ETA?

La derrota de ETA tiene que ser, si queremos eludir el peligro para la libertad, no sólo su final armado, también su final político e ideológico.

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EFE

Después de lo de la entrega de armas y del aquelarre subsiguiente, con exigencias de libertad para los presos y de aquí paz y después gloria incluidas, tengo la sensación de que cada vez hay menos gente, sobre todo entre los políticos, que sabe a ciencia cierta de qué va eso de ETA. O sea, de qué va esa organización que hace años desarrolló, durante más de cuatro décadas, una campaña terrorista con una finalidad de naturaleza política cuyos dos objetivos principales fueron obtener la independencia de Euskal Herria –sea lo que sea lo que ello conlleve en cuanto a su extensión territorial– y hacer una revolución de ingredientes difusos de los tipos comunista, libertario y anticapitalista. La campaña se vio definitivamente interrumpida en 2010, aunque no sería hasta el año siguiente cuando esa organización lo reconociera; y siete años más tarde se ha declarado desarmada, aunque seguramente esto no sea estrictamente cierto y tenga un valor más bien eufemístico, a la búsqueda de una legitimidad que se le escapa de las manos, con la que quiere perpetuarse como un actor reconocido dentro de eso que suele denominarse con la expresión izquierda abertzale –que, por cierto, no es sino un movimiento que reúne a una multiplicidad de organizaciones formales y grupos informales cuyo acervo incluye, en su esencia, el reconocimiento y adhesión a un hecho fundacional que no es otro que el de la constitución de la propia ETA allá por el año 1959 durante la festividad de San Ignacio de Loyola–.

¿De qué va eso de ETA? De terrorismo, dirán algunos; de asesinatos, dirán otros; y ellos, los de ETA, nos hablarán de un conflicto irresuelto durante siglos que, al parecer, lo justifica todo, pues las responsabilidades no son nunca de los hombres –de los de ETA, se entiende– sino del contexto. Por nuestra parte –me refiero a los que defendemos la democracia a la vez que la patria española–, creo que el mayor error que hemos cometido ha sido el de negarle a ETA su carácter político, como si su campaña de violencia fuera el resultado sólo de su maldad y no tuviera nada que ver con la naturaleza del proyecto independentista y totalitario que siempre ha propugnado. Parecía que reconocer esa naturaleza política era darle a ETA un toque de legitimidad, como si todas y cualquiera de las ideas políticas fueran igualmente defendibles dentro de nuestro sistema, aunque sin advertir que, como escribió hace muchos años Sebastián Castellio, en su Contra libellum Calvini, "matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre". En otras palabras, había miedo a que, como se había hecho durante el franquismo, se confundiera la política con las convicciones morales y se pudiera decir que los de ETA, cuando resultaban encarcelados, eran presos de conciencia.

De aquella negación vendría todo lo de después, en un proceso que tardó años en decantarse, pues había que superar el miedo y los complejos. Y lo de después no fue otra cosa que la idea de que la lucha contra ETA, contra el terrorismo, era un combate contra la sinrazón, contra la locura, contra la maldad de quienes no saben hacer otra cosa que matar, cuya máxima justificación estaba en la solidaridad con las víctimas. Éstas, después de muchos años de soledad, de apartamiento, de ser ignoradas, por su propio esfuerzo asociativo y reflexivo habían alcanzado un nuevo estatus que les daba un papel en la sociedad. Además, consiguieron constituirse como una especie de grupo de presión que reclamaba constantemente justicia y pugnaba por el reconocimiento de sus aspiraciones en la conducción de la política antiterrorista.

El papel central de las víctimas del terrorismo en el discurso político de los demócratas contra ETA es el que facilitó a los que gobernaron la eliminación de cualquier referencia pública a la naturaleza política de esta organización, aunque, por supuesto, no era lo mismo cuando se negociaba o se pactaba con ella. Sin embargo, no fueron sólo los gobiernos los que lucharon contra ETA. También lo hicimos muchos otros desde distintas organizaciones de la sociedad civil, en confluencia muchas veces con las asociaciones de víctimas, pero sin confundirnos con ellas. Y lo hicimos, sobre todo en el País Vasco, no sólo porque albergamos sentimientos de solidaridad con las víctimas –e incluso porque algunos de nosotros también éramos víctimas de ETA–, sino porque veíamos que día a día, minuto a minuto, se iba desvaneciendo la libertad en favor de una dictadura nacionalista que sofocaba con todos los medios a su alcance nuestra capacidad para pensar y expresar lo que deseábamos. Lo dijo así magistralmente el bertsolari Pello Urkiola al clausurar la manifestación que se celebró en San Sebastián el 19 de Octubre de 2002 contra el nacionalismo obligatorio:

Zein naizen yakin nahi bedezue
ni naiz Pello Urkiola.
Leitzaldekit eldu naiz eta
hau da nere matrikula.
Sortzez euskaldun garbia naiz
Naparra eta Española.
Askatasunik gabe bizi naiz
ezindot nik iraun hola.

Si queréis saber quién soy yo
me llamo Pello Urkiola.
Vengo desde Leiza
y esta es mi identidad.
Soy vasco desde la cuna
Navarro y Español.
Vivo sin libertad
y no puedo seguir así.

Por lo que nosotros luchamos fue por la libertad. Contra ETA sí, pero también contra los que, primero desde el Gobierno vasco, cuando lo presidía Ibarretxe y, después desde el Gobierno de España, cuando Zapatero se abrazó a los terroristas, le dieron un aura de legitimación que no sólo acabó confundiendo a muchos –incluso entre nosotros–, sino que culminó con el reconocimiento del partido que reintrodujo a los epígonos de ETA, cuando ésta había dejado de matar, en las instituciones políticas. Queríamos y seguimos queriendo ver derrotada a ETA no porque pensemos que, con ello, se alcanzará la justicia para con sus víctimas –porque, lamentablemente, la verdadera justicia no llegará nunca, pues nunca habrá restauración plena del daño causado–, sino porque lo que aún sigue en juego es el valor supremo de la libertad. Contra él siguen pugnando ETA y su partido, que en ningún momento han renunciado a sus pretensiones totalitarias. Y además han encontrado nuevos aliados en Podemos, siempre presto a debilitar el sistema democrático, mientras otros, como el PNV o el Partido Socialista de Euskadi, les dan un apoyo difuso, creyendo que así obtendrán algún rendimiento futuro. La derrota de ETA tiene que ser, si queremos eludir el peligro para la libertad, no sólo su final armado, también su final político e ideológico, de manera que veamos conjurado para siempre el riesgo totalitario.

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