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La luz del Mediterráneo en el "año Gaudí"

Nacho G. Mostazo

Nacho García Mostazo
Barcelona celebra por todo lo alto el 150 aniversario del nacimiento del arquitecto Antonio Gaudí (1852-1926). Bañada por la luz del Mediterráneo, esta ciudad atesora las realizaciones más espectaculares de un genio cuya capacidad de seducción aumenta a medida que el tiempo pasa. Se han organizado cientos de actos y decenas de exposiciones para rendir homenaje al artista cuyas obras han hecho de Barcelona un lugar admirado en todo el mundo. El admirador ocasional que quisiera contemplar en su totalidad lo realizado por Gaudí, además de acercarse a otros puntos de Cataluña también debería viajar a Santander, León y Astorga.

Con motivo del aniversario, se acaba de publicar una de las últimas biografías del artista y arquitecto, titulada "Gaudí, el arquitecto de Dios". Su autor, el periodista e investigador Juan José Navarro Arisa, afirma que la personalidad del hombre que embelleció Barcelona fue irrepetible. En su libro que reflejado lo que tenía de visionario y de revolucionario, de ambicioso, perfeccionista y muy religioso. Todo ello se puede comprobar paseando por Barcelona y contemplando sus edificios y el Park Güell.

Nacido en 1852 en Reus (Tarragona), en 1868 ingresó en la escuela de Arquitectura de Barcelona, dominada entonces por tendencias neoclásicas y románticas. No fue un alumno brillante. Era heterodoxo y quizá demasiado original para que sus profesores entendieran sus procupaciones. "Nos encontramos en presencia de un genio o de un loco", dijo sobre Gaudí el director de la Escuela de Arquitectura, Elías Rogent.

Diez años después, obtuvo el título de arquitecto y conoció al conde Eusebio Güell, un descendiente de emigrantes enriquecidos en Cuba y ennoblecidos a su regreso. Su primer proyecto fue un mueble-vitrina para la Exposición Universal de París, donde Eusebio Güell la contempló y quedó prendado de su creatividad. Desde entonces, la relación entre el mecenas y el artista fructificó en edificios y proyectos. La munificencia del conde financió obras majestuosas, como el Palacio Güell (1885-1890) o el Capricho de Comillas (1883-1885), una pequeña pero espectacular construcción en una localidad cercana a Santander para el descanso veraniego de la familia del marqués de Comillas, suegro de Eusebio Güell.

Gaudí alcanzó sus mayores cotas de creatividad en algunas de las obras civiles que edificó en Barcelona durante el cambio de siglo. La casa Batlló, la casa Calvet y, por encima de todas ellas, la Pedrera (1906-1910), una mansión construida por encargo de Pere Milá y Rosario Segimón, otro matrimonio de multimillonarios barceloneses. Querían vivir en un palacio espectacular en la calle más importante de la ciudad por aquellos tiempos: el Paseo de Gracia. Gaudí construyó para ellos una metáfora del viento, un edificio majestuoso y ligero a pesar de estar hecho en piedra, donde no existe la línea recta.

Diseñar la Pedrera inspiró a Gaudí una idea majestuosa que, desgraciadamente, no tomó cuerpo. Basándose en los mismos principios, el arquitecto diseñó un gran rascacielos para un hotel en Nueva York. Sólo se conserva un boceto de aquel proyecto, aunque con motivo del "año Gaudí" que se celebra en Barcelona se instalará una exposición en octubre próximo para mostrar maquetas y dibujos de aquel rascacielos que nunca se llegó a construir.

Sin duda, la obra más importante de la carrera artística de Antonio Gaudí fue la basílica de la Sagrada Familia. El proyecto fue iniciado por el arquitecto Francisco de Villar, pero pasó a manos de Gaudí por decisión de sus promotores, la Asociación de Devotos de San José. En 1883, cuando recibió el encargo, Gaudí sólo era un joven arquitecto que empezaba a destacar. Dedicó cuarenta años de su vida a la Sagrada Familia, su sueño.

Planteada bajo los cánones neogóticos, Gaudí remodeló el diseño íntegramente, aplicándole una vocación monumental y una decoración espectacular. La Sagrada Familia expresa su profunda fe católica, pero también combina signos mitológicos chinos o persas, así como símbolos de la naturaleza. El autor quería hacer un templo espectacular, una metáfora de la creación del universo a manos de Dios. Sin embargo, en cuarenta años de trabajo sólo consiguió terminar una tercera parte. Actualmente, las obras continúan en la basílica, tratando de interpretar lo que se ha perdido del proyecto de Gaudí. Muchos opinan que debería dejarse así, inacabada, pues eso no impide que desde hace tiempo sea el edificio más admirado de Barcelona.

Con motivo del "año Gaudí" que ahora se inicia, los visitantes tendrán disponen de un autobús turístico que hace un recorrido permanente por los edificios más destacados del artista. Además, se han organizado una serie de exposiciones que han de ser visitadas para conocer mejor la obra y la figura del arquitecto. La organizada por el Museo de Historia de Barcelona versa sobre los secretos del constructor; la instalada en el Palacio Güell relata las fructíferas relaciones entre Gaudí y su mecenas. Asimismo, en la Fundación Joan Miró de Montjuïch se expondrán veintidós aguafuertes de Miró sobre la obra de Gaudí.

Antonio Gaudí trabajaba sin planos. Prefería los bocetos y las maquetas y no renunciaba a la inspiración momentánea. Buscar otro arquitecto en el mundo que se parezca a él es imposible. Asociar su obra al modernismo es un tópico, guarda un indudable parentesco con las preocupaciones de otros artistas de este movimiento, pero su figura lo desborda por su singularidad. Sus contemporáneos no manifestaron mucha comprensión por su obra, que fue objeto de todo tipo de chistes basados en sus excentricidades. El movimiento cultural catalán más importante de su tiempo, el novecentismo, propugnaba un conjunto de valores cívicos y estéticos opuestos a los gaudinianos. La generación posterior, la de las vanguardias, y en especial Salvador Dalí, lo reivindicará por su desbordante rareza.

El 7 de junio de 1926 un tranvía atropelló a un anciano de 74 años. El hombre quedó tendido en el suelo sangrando por los oídos. Cabellos y barba blancos, pantalones sujetos con imperdibles y zapatos de esparto. En los bolsillos llevaba 25 céntimos, dos puñados de nueces y un devocionario con sus oraciones. Según la compañía del tranvía de Barcelona, se trataba "un vagabundo borracho que no miraba por dónde iba". Falleció tres días después. Era Antonio Gaudí. Vivía encerrado en su estudio de la Sagrada Familia, obsesionado con su sueño: ser el arquitecto de Dios.

Más información :

http://www.gaudi2002.bcn.es/