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Columna publicada el 28-12-2003
Comenzamos nuestra andadura por esos pequeños escaparates de información y opinión en Internet también llamados weblogs, visitando FrontPage Magazine, fuente inagotable de ideas y de análisis de la actualidad políticamente incorrectos.
Myles Kantor, en su artículo "Oscar Biscet: un año después" llama nuestra atención sobre el destino de uno de los varios miles de presos políticos de Cuba, encarcelado por el grave delito de haber creado diversas asociaciones de "amigos de los derechos humanos" a lo largo de la isla-cárcel. "Los italianos pueden criticar a Silvio Berlusconi; los británicos pueden criticar a Tony Blair; los argentinos pueden criticar a Néstor Kichner; los estadounidenses pueden criticar a George W. Bush. Todos ellos pueden crear organizaciones y asambleas para protestar por sus políticas. Pueden publicar artículos y libros, y hacer programas apoyando diferentes ideas. Si esos ciudadanos encuentran a sus gobernantes intolerables, pueden trasladarse a otro país. Los cubanos no tienen esos derechos. Es un crimen criticar a Fidel Castro y a sus funcionarios, un crimen criticar el comunismo, y un crimen dejar Cuba sin permiso". Quizá por eso los marxistas españoles se limitan a manifestar su apoyo al régimen cubano desde la distancia, para no correr riesgos innecesarios.
Pero dejemos las hazañas de un tirano de profesión para acercarnos a un totalitario de vocación, Michael Moore, estrella del firmamento izquierdista y uno de los autores más celebrados por la progresía occidental, cuya obra se puede contemplar (e incluso adquirir) en nuestras librerías junto a las habituales diatribas anticapitalistas de Ramonet, Sontag o el inefable Noam Chomsky —que inexplicablemente, dicho sea de paso, no ha recibido todavía el premio Príncipe de Asturias. Lowell Ponte escribe un magnífico artículo, también en FrontPageMagazine.com, a cuenta del reciente libro de Moore "Dude, Where’s My Country?. En su último Best-seller, Moore utiliza diversas encuestas centro-izquierdistas sobre cuestiones brumosas o genéricas como los derechos humanos y el medio ambiente, para dibujar una Norteamérica escasamente creíble, en la que la inmensa mayoría de sus ciudadanos apoyaría fervientemente el ideario progresista. Sin embargo, para desgracia de Moore, las últimas encuestas muestran que el porcentaje de "los que se autodenominan conservadores ha crecido del 30 al 34%", es decir, "más de la tercera parte del electorado". "Más importante aún, el número de los autoidentificados como" liberals" disminuyó en 2002 hasta el 17%".
"Moore muestra lo que Carlos Marx llamaba contradicciones internas", prosigue Ponte. Efectivamente, Michael Moore afirma en su libro que la probabilidad de que un estadounidense se convierta en millonario es "alrededor de una entre un millón". "El problema —añade Ponte— para este mensajero nacido hace 49 años en una familia de clase trabajadora en Flint, Michigan, es que él SI es ese uno entre un millón de los que, en la jerga del discurso izquierdista, resultaron ganadores en la lotería de la vida".
En efecto, como Ponte destaca en su artículo "este estudiante fracasado y ex-editor de la revista izquierdista Mother Jones se ha hecho muy, muy rico jugando a ser el payaso de la clase para la frustrada generación progre del baby boom". Por cierto, en respuesta al título del libro, Moore afirma que su país ideal es Alemania. Debe ser que aún no conoce Francia.

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