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Cuando la derecha se pone podemita

La izquierda extrema quiere exterminar (de momento solo políticamente) a la derecha, y esta se lo agradece poniendo en práctica su agenda política.

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PP

El gran ZP estableció a lo largo de sus casi ocho años de Gobierno las cuatro virtudes cardinales del progresismo, a saber: diálogo, talante, mestizaje y tolerancia. Con estos cuatro principios básicos la izquierda ahormaba sus discursos, impregnaba los mensajes de los medios y fijó en la mentalidad colectiva que la defensa de valores innegociables o una visión del mundo sujeta al rigor de unos principios morales no podían más que ser fruto de una mentalidad típicamente fascista.

La izquierda dedicó su última etapa al frente del Gobierno a seguir deformando las mentes, ante la completa pasividad de la derecha, cuya única preocupación ha sido siempre esperar respetuosa en el banquillo a que su rival deje el poder para gestionar la economía con mentalidad de subsecretario.

Si usted era de los que se quejaba de que la derecha no intervenía en el debate ideológico, pierda cuidado. Al menos en algunas regiones de España, los populares han entrado a fondo en estas cuestiones que determinan la mentalidad de la mayoría de los votantes. El único problema es que lo ha hecho para apuntalar la basura ideológica del populismo ultraizquierdista, porque, ya puestos a avergonzar a sus votantes, mejor hacerlo con todas sus consecuencias.

La perspectiva de género, la discriminación positiva de kolectivos minoritarios apradrinados por la izquierda o la financiación pública de organizaciones marxistas no tienen en estos momentos defensores más aguerridos que las falanges del Partido Popular, cuya labor legislativa en las comunidades autónomas ha situado como máxima prioridad poner el Boletín Oficial al servicio de su rival político más encarnizado.

La transparencia es otro de estos mantras absurdos que los dirigentes izquierdistas han puesto en circulación, conscientes de que el PP lo iba a asumir como propio en cuanto el mensaje sonara lo suficiente en Twitter y La Sexta. Naturalmente, así ha sido. En el caso de Murcia, la táctica ha tenido tanto éxito que los dirigentes populares van de vez en cuando a Europa a poner como ejemplo de transparencia su gestión a tal efecto desde las últimas elecciones autonómicas. Hasta tenemos un Consejo de la Transparencia –presidido por un socialista, qué tontería–, que acaba de reunirse para debatir sobre la ejecución política de su aconsejado, el presidente murciano, Pedro Antonio Sánchez. Finalmente, sus miembros han despachado el tema con un pescozón dialéctico, pero el asunto está aún muy lejos de haber acabado.

Y el caso es que la derecha que vota no quiere que sus empleados –los políticos– dediquen el tiempo a hacerse los transparentes y demás chorradas podemoides, sino a acabar con la dictadura ideológica de la chusma y a gestionar con eficacia nuestro dinero. Visto el fervorín con que los populares defienden a sus verdugos, pueden perder toda esperanza.

La izquierda extrema quiere exterminar (de momento solo políticamente) a la derecha, y esta se lo agradece poniendo en práctica su agenda política. Han empezado con la transparencia, pero pronto seguirán con el cogobierno, la mayoría social y el empoderamiento de los de abajo. La cosa va a tal velocidad que el programa electoral del PP en las próximas elecciones autonómicas va a ser para ponerle un marco. Transparente, faltaría más.

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