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Al Gore, como todo el mundo sabe, fue vicepresidente de los Estados Unidos durante el mandato de Bill Clinton, el presidente norteamericano de toda la Historia con más problemas para mantener los pantalones en su sitio, con permiso de Kennedy. Después de su trompazo en las últimas elecciones presidenciales, ganadas por Bush a pesar de que la SER había dictaminado unas horas antes lo contrario (el muy insolente), Gore ha dejado un tanto de lado los asuntos de la política cotidiana para dedicarse full time a predecir catástrofes planetarias, que es una cosa muy progre a la par que rentable en términos de popularidad.
Según el mensaje que el líder demócrata repite incansablemente cada vez que le acercan un micrófono, el fin de la raza humana está muy próximo a menos que Washington haga algo para impedir que los americanos sigan provocando el cambio climático. En los prolegómenos de la última campaña presidencial, Al Gore dio una conferencia apocalíptica en New York sobre los peligros del calentamiento global. Fuera del local había 18 grados bajo cero sin contar el chill effect pero, ¿qué es la física frente a la doctrina sagrada del progresismo?
Primero, no está demostrado que la Tierra se esté calentando de forma anormal; de hecho entre 1988 y 1997, lapso de tiempo utilizado en sus simulaciones informáticas por el progenitor intelecual del protocolo de Kioto, el planeta no sólo no se calentó, sino que su temperatura media descendió 0,24 grados. Segundo, aunque la temperatura realmente estuviera elevándose, la responsabilidad de la acción humana en ese incremento sería insignificante (el efecto invernadero tiene una incidencia de 153 watios por metro cuadrado, de los que 150 tienen origen natural). Tercero, una mínima elevación de la temperatura media global no sólo no sería peligrosa para el ser humano sino que, en realidad, tendría efectos más positivos que el enfriamiento, por su capacidad de mitigar los extremos climáticos.
Pero la vulgata marxista -ecologistas radicales, antiglobalizadores, anticapitalistas de todo pelaje y modelos de alta costura, éstas últimas más preocupadas por las profecías cataclísmicas que por engordar unos saludables kilitos- es inmune al debate científico. Como en cualquier otra secta, el ideario es consecuencia de los dogmas trascendentes que imponen sus dirigentes como una cuestión de fe. El ecologismo apocalíptico es sólo un mecanismo de cohesión grupal con ribetes estéticos, como ir enseñando los calzoncillos o cagarse en la madre de Bush. De hecho, si fuera coherente, toda esta tropa debería apoyar el calentamiento terrestre. Con un par de grados más de temperatura, quizás en un par de décadas acabaría la glaciación cerebral que les atenaza de forma tan cruel.Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.
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