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Columna publicada el 14-10-2005
En el día de la Fiesta Nacional (con perdón) de este año, acompañaban al Rey de España en la tribuna principal varios presidentes de naciones extranjeras, entre ellos José Luis Rodríguez Zapatero, natural de Libertad. según su propia confesión. Tras las construcciones teóricas del presidente y las consecuencias prácticas de la acción institucional de los políticos periféricos, lo cierto es que resulta un gran anacronismo celebrar con toda la pompa y el boato el día de una nación que, al parecer, no existe.
El presidente sonriente, un Adán de la Historia que tiene en su agenda como primer asunto desvelar la verdadera condición de los que nos creíamos españoles, debería adoptar medidas severas para actualizar el ritual del 12 de octubre a nuestra realidad plurinacional y de paso despojar estas celebraciones de su caspa militarista, algo que se da de bruces con la política pacifista, humanitaria y de fraternidad universal que inspira su acción de gobierno.
Nada de carros de combate, que en un mal tiro pueden hacer pupa a algún aliancista civilizatorio con turbante. Si acaso un par de ellos, pero despojados de la inaceptable pieza artillera y decorados con la leyenda “Haz la alianza, no la guerra”. La infantería debería colocar también en la boca de cada fusil una rosa –roja, por supuesto–, y sustituir el anodino uniforme militar, de claras reminiscencias reaccionarias, por unos conjuntos mucho más multiculturalistas diseñados por Jean Paul Gaultier. Y en lugar de condecoraciones y distintivos de honor, un clavel rojo reventón en la solapa, que en Madrid también da mucho juego.
En los desfiles tendrían que tomar parte principal las organizaciones humanitarias. Este año, por ejemplo, abanderados por el pendón de la Trujillo –un estandarte alusivo a las doscientas mil actuaciones prometidas en vivienda– debiera haber encabezado el desfile la ONG que, según denuncia la propia policía, ha conseguido la increíble plusmarca de alojar administrativamente en una única solución habitacional a más de trescientos inmigrantes ilegales, para permitirles obtener su regularización.
La patrulla Águila debiera sustituir también en sus tanques reactores los colores de la enseña «estatal»», que ofenden innecesariamente a las sensibilidades periféricas, y en su lugar expeler los colores del arco iris, mucho más acordes con esa vía de escape y con el país plural y moderno proyectado por nuestro socialismo. Y por supuesto nada de marchas militares; a partir de ahora se impone desfilar bajo los sones majestuosos del «Viva la gente», que eso sí pone los vellos de punta.
Y el hijo de «Pepe el de la tienda», en lugar de repartir insignias con la bandera imperialista –¿Le daría una también a Maragall?–, que se centre de una vez en el ramo de la relojería, que parece ser lo que mejor se le da, pues una vez que ya no sea necesario un ministro de Defensa de alguna forma habrá que seguir llevando el caviar a casa.
Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.
Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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