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Lecciones de educación con la izquierda tuitera

La basura en las redes sociales es hoy por hoy un fenómeno inagotable.

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La izquierda es pacifista, demócrata y defensora de los animales. La gente de izquierdas, como es bien sabido, ama a la Humanidad, está en contra de la guerra y rechaza cualquier tipo de violencia, salvo que se ejerza contra alguien de derechas, en cuyo caso se disculpa o se apoya de manera entusiasta, según el nivel de compromiso ético de cada cual. Lo vimos con el accidente de la delegada del Gobierno en Madrid, que finalmente pudo salvar la vida para desolación de los varios miles de superdemócratas que le deseaban una muerte dolorosa por no pensar como ellos, y lo vemos ahora con el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, motivo muy celebrado también en los ambientes concienciados de internet, desde donde se han proferido los insultos más graves contra la víctima y sus familiares, despliegue de elegancia sólo al alcance de verdaderos progresistas.

Las redes sociales sacan lo peor de cada uno con independencia de colores políticos, pero en los progres el fenómeno se agudiza porque ya vienen de casa con una enfermiza superioridad moral que les faculta para perpetrar cualquier disparate. Los medios de comunicación de izquierdas fomentan en gran medida esta egolatría ideológica con su manera de tratar asuntos tan delicados. En el caso del asesinato de Isabel Carrasco, con el cadáver todavía tirado en el asfalto, un reportero de La Sexta detallaba a la audiencia los casos de corrupción en los que estaba implicada y lamentaba que, "por desgracia", ya no pueda sentarse en el banquillo. Sobran las palabras.

Las redes sociales han sustituido a los graderíos de los campos de fútbol como espacio para el insulto y la agresión al amparo del anonimato de la masa. Los aficionados volvían antes del campo afónicos tras pasarse hora y media injuriando a un señor de negro al que no conocían de nada y retomaban sin mayores problemas su vida ordinaria, intachable en la inmensa mayoría de los casos. Ahora hacen lo propio tecleando barbaridades en sus cuentas de Facebook o Twitter, que además de ser más baratos que ir al fútbol tienen la comodidad añadida de que se pueden manejar desde el sofá de casa. Los estadios ya no gozan de su antigua impunidad gracias a la vigilancia electrónica, y algo parecido está empezando también a pasar en internet gracias a las unidades especializadas de la Policía, pero, dados los propios condicionamientos del medio, la basura en las redes sociales es hoy por hoy un fenómeno inagotable.

Decía Einstein que el Universo y el número de cretinos eran las únicas dos magnitudes infinitas conocidas. Twitter y Facebook son la prueba de que, al menos en lo segundo, el célebre sabio tenía razón.

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