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Blanco, ETA y el origen del 'Procés'

Recuerdo cero, memoria borrada, modo referéndum. ¿Miguel Ángel qué?

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EFE

El 4 de enero de 2004 Josep Lluís Carod Rovira se reunió con Mikel Antza y Josu Ternera en algún lugar cercano a Perpiñán. Carod Rovira era vicepresidente de la Generalidad y acordó con los dos criminales de la banda terrorista ETA una tregua parcial para Cataluña. Los asesinos se comprometieron a no matar más en un territori gobernado por sus colegas en la idea a cambio del lavado político de sus asesinatos y la aplicación de su catecismo. Las nueces de Arzalluz habían caído en la Cataluña del Tripartit, cuyos gobernantes enviaron a los terroristas el nítido mensaje de que compartían los fines.

Dos terroristas con una ikurriña y una estelada anunciaban pocos días después de la cumbre una tregua restringida a Cataluña de la que quedaban excluidos sus objetivos ya marcados a fin de evitar que Barcelona se convirtiera en una especie de santuario de perseguidos, señalados, amenazados o piezas en potencia.

El escándalo le costó el cargo a Carod. Poca cosa. Pasó a diputado en Madrid y con el segundo tripartito de Montilla recuperó la vicepresidencia regional. Diez años después del encuentro se mostraba orgulloso de su iniciativa y recordaba detalles como el magnífico chuletón que le sirvieron los asesinos.

Hace unos días, con ocasión del trigésimo aniversario de la matanza de Hipercor, las autoridades catalanas se mostraron muy condolidas en el recuerdo de las víctimas. Lágrimas de cocodrilo. Ni una maquinaria propagandística tan bestia como la del nacionalismo puede tapar el asesinato de 22 personas de un bombazo. En cambio, ni Ortega Lara ni Miguel Ángel Blanco han merecido la más escueta nota a pie de página de los políticos catalanes, como si aquello hubiera pasado antes de la Guerra Civil y no ya en otro país, sino en la galaxia más lejana.

Aquellos días de julio de 1997 las calles de toda Cataluña se llenaron de ciudadanos que imploraban por la vida de Miguel Ángel Blanco y maldecían a los etarras, igual que en Salamanca, Madrid, Cádiz o Bilbao. Fingir que no ocurrió es peor que discutir la colocación de una pancarta con el rostro de Miguel Ángel Blanco en la fachada del Ayuntamiento de Madrid. Veinte años después de la liberación por la Guardia Civil de José Antonio Ortega Lara (532 días en un ataúd) y del secuestro y asesinato del concejal del PP en Ermua, la política en Cataluña no registra ni una sola mención a ambos casos. Recuerdo cero, memoria borrada, modo referéndum.

Es uno de los efectos secundarios de aquella reunión de Carod con los matarifes que dio pie al proceso separatista catalán. El planteamiento del líder republicano no dejaba lugar a dudas. El catalanismo no sólo asumía de cabo a rabo el programa político de la banda criminal, sino que lo iba a poner en práctica sin escatimar en medios. Ese parásito sanguinario etarra en vías de extinción en el País Vasco tras el crimen de Miguel Ángel Blanco encontró acomodo entre los nacionalistas catalanes y germinó en el proceso separatista. De ahí que a un tipo como Otegui se le reciba en el Parlamento catalán como si fuera una celebridad de la democracia mientras que en el vasco se le tiene pánico.

Al menos esta vez las bombas son de humo y para camuflar el significativo detalle de que los proetarras son aliados de primera hora de Esquerra, padrinos de la CUP y guardaespaldas de lo que resta de Convergencia. Podemos se ha subido al carro después. El sector negocios del PNV ha optado, de momento, por exprimir al Gobierno, ya que paga el pueblo. ¿Miguel Ángel qué?

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