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CUP: ¿terrorismo o 'Kristallnacht'?

Los nacionalistas han conseguido quebrar la convivencia y dividir a la sociedad catalana en dos facciones difícilmente reconciliables.

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El separatismo catalán, cuidadosamente labrado durante décadas en la enseñanza, en los medios y en las instituciones y entidades políticas, económicas y sociales, ha cambiado de marcha. Ahora trabaja a martillazos una vez constatada la ausencia de réplica. En el plano legal, se la pela el Tribunal Constitucional. En el práctico, las juventudes de la CUP han empezado el campamento de verano con el ataque a un autobús turístico. Unos encapuchados amenazaron al conductor y a los pasajeros a punta de cuchillo y les conminaron a desalojar el vehículo, al que pincharon las ruedas y decoraron con la pintada "El turisme mata els barris" en la luna frontal. Mediodía de un jueves al lado del estadio del F. C. Barcelona.

Por un defecto de percepción tal vez provocado por alguna derivada del síndrome de Estocolmo, algunos medios han dado en calificar el asunto como un ataque terrorista una vez trascendido y reivindicado por Arran, la facción acné del conglomerado cupero. ¿Terrorismo?, se asombran políticos y propagandistas soberanistas. Estos fachas no tienen ni puta idea, concluyen en el consell executiu y en el govern paralelo de Mas, Madí y el exterrorista de Terra Lliure Vendrell, que debe de saber de lo que se habla cuando se habla de terrorismo, pues no en balde confesó en la Audiencia Nacional haber colocado en sus años mozos un par de artefactos.

Terrorismo sería si la Generalidad y el Ayuntamiento condenaran y denunciaran los hechos, si los partidos separatistas exigieran a la CUP que renunciara a la violencia y ordenase a sus juventudes que se abstuvieran de emular a sus héroes etarras. Sin embargo, la alcaldesa Colau se alivió de comentar el particular hasta que no le quedó más remedio, cuatro días después, cuando los katxorros de la CUP se ufanaron en el Twitter de la hazaña. Igual que el consejero del ramo en la Generalidad, el flexible Santi Vila (Ana Pastor, la presidenta del Congreso, estuvo en su boda), para quien asistimos a un meridiano caso de mero "vandalismo". En el juzgado de guardia aún esperan la denuncia.

Lo sucedido no es terrorismo, sino las prácticas para jóvenes aspirantes a guardianes de la catalanidad. El turismo, esa chusma extranjerizante, es la pista americana para ejercitar las habilidades propias de los exterminadores de plagas, sean de guiris o de "unionistas". Se distingue y se nota porque que no hay ninguna instrucción policial para detener a los autores del ataque, porque el Ayuntamiento pasapalabra y los mojigatovergentes miran para otro lado mientras en ERC hacen la goma y se les hace el culo gaseosa. "Osti tu, quina passada!". Vía libre para romper cristales.

Los nacionalistas han conseguido quebrar la convivencia y dividir a la sociedad catalana en dos facciones difícilmente reconciliables. Puede que haya referéndum o puede que no. Es lo de menos. La fractura es un hecho insoslayable. La cuerda se ha roto. Una mayoría parlamentaria, que no electoral, impone su dictado con un aparato propagandístico de trazo grueso. Germinan las semillas de la inmersión lingüística, el odio a España, la manipulación mediática, el supremacismo catalanista; el pujolismo, en suma. Quienes no comulgan con el independentismo son parte del problema, españolazos irrecuperables, seres con tara, especímenes de difícil encaje en el Estado catalán.

En su infinita magnanimidad, los dirigentes del proceso, referentes morales de la envergadura de Junqueras, compendios de virtudes patrióticas como Mas y los Pujol, encarnaciones del macizo de la raza catalana tal que Puigdemont i Casamajó, abren los brazos a todo el mundo. En una primera fase, el nivel C de catalán no es indispensable. Ni mucho menos la cuestión de los apellidos. Ahí está el amigo Rufián, qué pasa, nen, pedazo de mirlo blanco entre rulls, turulls, tardás y llachs a capazos. En el barco a Ítaca los charnegos son polizones de conveniencia. Necesitan gente que propague la patraña en español. Lo que pase después, en la república en forma de república, ya se verá. A los nacionalistas gourmet todavía les pica cuando se les recuerda que un tal Montilla fue president. Y eso que no pronunció ni una sola palabra en español durante lo que duró de honorable.

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