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El Ejército como atracción turística

Ada Colau es el penúltimo chivo expiatorio de los promotores del referéndum del 1 de octubre, más fanatizados cuanto más cerca del colapso.

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Ada Colau | EFE

Ada Colau, patrona del excelentísimo colegio de manteros y lateros de Barcelona, es el penúltimo chivo expiatorio de los promotores del referéndum del 1 de octubre, más fanatizados cuanto más cerca del colapso. Puigdemont y Mas exigen adhesiones inquebrantables, fidelidad perruna, prietas las filas y sin chistar en el frente separatista, prohibido pensar. Que Colau albergue dudas en público sobre la eficacia jurídica del #unocero es un delito de alta traición. La alcaldesa anticapi, okupa, bolivariana y lo que haga falta es tachada de falaz, falsaria y felona por Puigdemont, Rufián y Llach, las tres gracias del Procés.

El primero ha titulado con su gracejo de plumilla en excedencia: "Los comunes son antisistema que están por sistema con Felipe, Aznar y Zapatero". El segundo, que el proyecto de Colau es "estatal y no catalán". El tercero no entiende nada y afirma que quiere que se proclame de una puñetera vez la independencia para volverse al Senegal. Es de notar que Junqueras calla y delega en su criatura suburbial el reparto de carnés de catalán. Rufi aspira al ministerio de Interior de la futura república en forma de república, pero ese cargo ya está pillao por la CUP, nen.

Colau sostiene que hará todo lo posible por facilitar el 1-O, que ella misma participará en el referéndum como hizo el 9-N para votar dos veces a romper España, que sus huestes fomentarán la agitación y la propaganda contra el Estado malayo y que defenderán las urnas con las uñas. Nadie es más partidaria del derecho a decidir que ella, exclama; ella, que está por todas las soberanías y por todas las autodeterminaciones.

Pues hasta a ella la quieren achicharrar por bruja los puigdemontes y rufianes. Y sólo por subrayar lo obvio, que aún no hay convocatoria, que no se sabe si habrá urnas y que el resultado sólo lo reconocerá el invertebrado Estado de Somalilandia, en el cuerno de África.

Colau y los comunes se suben al carro del referéndum. Están por el alboroto, pero no han cruzado la barrera entre el entendimiento de la realidad y el delirio mesiánico de los convergentes en su penosa retirada, dispuestos a incendiar Barcelona para electrocutar a Junqueras. El 1 de Octubre es para los comunes una carroza del pride LGTBI, una fiesta de la democracia de calentamiento, un paso más en la erosión de la soberanía nacional, pero no el definitivo. Son calendarios distintos. Puigdemont tiene demasiada prisa y es incapaz de ver la enorme pista de aterrizaje que le ha preparado la izquierda para que baraje otro.

La decrépita y corrupta Convergencia agoniza mientras Colau y Junqueras surfean la ola buena. El fruto de la España pluriperroflauta todavía no está maduro. No se puede proclamar la independencia por que los pedecatos tengan un mayúsculo problema electoral y un sombrío panorama judicial por el 3%, cosa que, por cierto, los ideólogos de Colau y los sepultureros del delito de ERC atribuyen al autonómico café para todos. Falta poco para la carga final, pero aún no es el momento.

Si estamos a principios de julio del 17 y esto es Springfield, es muy probable que el 1 de octubre desemboque en unas elecciones autonómicas que deriven en un Gobierno tripartito de izquierdas. Dicho Govern fijará la consulta para dos o tres años después, a más tardar el domingo 13 de septiembre de 2020. Y seguimos para bingo.

Eso sí, el Gobierno todavía no ha explicado cómo va a frenar el 1-O, y hay algunos ciudadanos que se preguntan si será prudente negarse a presidir por sorteo una mesa electoral en el pintoresco municipio de El Prat de les Trompetes de la Mort, la típica villa donde se conocen todos y gobierna el batasuni del pueblo. Puigdemont dice que el "cargo" es obligatorio y en Barcelona Colau se lo toma a broma, pero irá a votar aunque ir para nada sea tontería.

El drama de Puigdemont no son los ángeles de Rajoy, la brigada Aranzadi de Soraya y el V Ejército de la Costa Brava de Cospedal, sino las chuflas de Colau, que la alcaldesa le diga que no va a ningún lado y huele a bacalada. El finis hispaniae es cosa suya, de ella, Junqueras y el PSC, supremacista en Blanes y de la AMI y antimilitar en La Escala.

Por cierto, el concejal del PDeCAT que le pidió al Ejército que montara una performance para los clientes de su camping ha sido fulminantemente dimitido. Martí Guillem se llama el inconsciente, otro que se creía que Mas iba de broma y Puigdemont de farol. Bienvenido al club y ten cuidado con el negoci. A una familia de Balaguer, en Lérida, le jodieron la vida y el chiquipark que regentaba por pedir una clase de castellano para sus hijos. Y si eso es un "hecho aislado" es porque los padres apóstatas están advertidos y el Estado, desaparecido.

No estaría de más que alguien en Defensa explicara si entre las funciones del Ejército consta la de prestarse a animar la programación veraniega de un camping a mayor abundamiento propiedad de un concejal de un partido separatista. Yo es que estaba pensando en montar un evento de cumpleaños (para un amigo) con un destacamento de legionarios.

Por cierto, la portavoz de la Generalidad, Neus Munté, ha participado junto al Rey y la ministra Cospedal del ramo militar en la entrega de despachos de suboficial a los cadetes de la academia militar de Talarn, en Lérida. Munté ha sido la encargada de entregar una supuesta réplica de la espada de Jaime I el Conquistador al número 1 de la promoción, tradicional reconocimiento reservado al representante de la Generalidad del Estado en Cataluña. ¿Puigdemont? ¿Qué? ¿No te vas a cargar a Munté? ¿Doble rasero? Que te pidió permiso, dices. ¿A ti? Vale.

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